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Los cien años del vampiro

Written by John Doe on miércoles, 11 de enero de 2012 at 1:37 p.m.

por Guillermo Cabrera Infante (Clarín, 19-6-1997)
Si en 1896 se hubiera pronunciado la palabra Drácula nadie habría entendido. Excepto si usted fuera rumano, idioma en que significa hijo del dragón. Su terminación femenina hizo creer a muchos que Drácula era una mujer. Pero en 1897 se publicó una novela con ese nombre, su autor un imperfecto desconocido, Bram Stoker. Se llamaba en realidad Abraham y adoptó el chiqueo familiar para firmar el libro. Hoy, Bram Stoker es tan conocido como muchos autores de ese siglo (Jane Austen, Charles Dickens, las hermanas Bronte) y es más famoso que Thackeray por ejemplo, quien se colocó en su Vanity Fair a la altura de Dickens. Drácula es, también, la culminación del género, tan inglés, del cuento gótico. Se inició al final del siglo XVIII con El castillo de Otranto, de Horace Walpole, publicada en 1764. Luego siguieron las historias de Mrs. Radcliffe y una obra maestra, El monje de Monk Lewis, y Frankenstein, de Mary Shelley, al que el cine hizo universal en 1931, con Boris Karloff en una emocionante aparición que tenía poco que ver con la novela original. El cine también popularizó en ese mismo año a Drácula. La diferencia entre las otras novelas góticas es que fueron escritas por escritores profesionales. Bram Stoker estaba lejos de serlo.

Un hombre alto y robusto que de niño había sido enclenque, Stoker hizo que su idolatría por el actor sir Henry Irving le consiguiera un puesto de gerente en su compañía. Los ingleses que iban al teatro Lyceum, en el Strand, al salir de la función se encontraban con este hombre taciturno y oscuro pero poco sabían que se hallaban ante un autor que sería conocido mucho más que el actor Irving por haber escrito la mejor y más famosa novela de su género y a su vez creado una de las obras maestras de la literatura inglesa. Como sus pares, Robert Louis Stevenson, que escribió El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, Stoker no era inglés, era irlandés. Pero, al revés de Stevenson y Conan Doyle, escritores escoceses, no había escrito nada que se semejara siquiera a Drácula.
Para mayor asombro hay que decir que Stoker, que nació y se educó en Dublin para ingresar en la carrera civil, era un burócrata y su primera publicación fue Los deberes de un funcionario de una magistratura menor. (Aquí Drácula, desde Hungría entonces y hoy en Rumania, lanza una carcajada con colmillos.)
Sirviendo de gerente a sir Henry Irving entre su entrada en escena hasta la salida del público, Stoker, el gigante amable como lo llamaban, se encerraba en su despacho encima de la taquilla y después de revisar las cuentas de cuánto se había hecho esa noche, se dedicaba a escribir, tanto que publicó 15 obras de ficción que aparecen ocultas como vampiros a la luz del día. También tuvo tiempo después de cerrado el teatro de compartir con sir Irving, que no sólo fue el primer actor armado caballero, sino que dominó la escena inglesa bajo el reino de Victoria. Decir que dominó es decir bien pues Irving era una personalidad dominante, bueno para controlar una compañía, pero a veces detestable. Se dice que si Drácula tuvo un modelo no fue el vampiro húngaro o el tirano rumano, sino Henry Irving. (Por favor, llámenle sir.)
Pero Stoker (cuyo nombre, de acuerdo con su físico, quiere decir fogonero) era un hombre metódico y hubo método en su locura, una obsesión con el vampiro al llegar a escribir: “El Nosferatu”, otro nombre rumano para el vampiro, "no puede morir”. Stoker no puede morir, más bien no puede morir su historia. No la dejan sus lectores, sus espectadores, sus productores.
Hecha de diarios, cartas, noticias y telegramas (Drácula es notable por hacer uso temprano del telégrafo y la máquina de escribir como vehículos de la trama) es la historia de un vampiro. Es decir, un no-muerto (y la palabra undead es otra invención de Stoker) que para permanecer inmortal debe alimentarse de la sangre fresca de un mortal (preferiblemente una mujer, para evitar intimidades que puedan parecer toqueteos de pederastas victorianos), evadir la cruz, el olor del ajo y los espejos (en los que no se refleja: Drácula tiene todos los defectos pero vanidoso no es. De este lado del espejo la hostia le es hostil y el agua bendita se le hace maldita y un crucifijo bien blandido es un arma enemiga, ya que el vampiro es inmune a las balas, siempre que no sean de plata). Para borrarlo de la faz de su tierra (Drácula siempre viaja en ataúdes llenos de su tierra) hace falta una estaca clavada en el pecho, siempre que se aguce antes y se sorprenda al vampiro durmiendo al mediodía. (Una de las faltas de Drácula es que, al revés de su autor, no hace horas de oficina.)
He aquí la historia inmortal:
Se abre el libro con un diario y es de las grandes novelas la que tiene peor inicio. El diario pertenece a Jonathan Harker, un abogado inglés que va de visita a Transilvania a complacer los antojos de un cliente llamado Drácula, conde húngaro. Harker, que se felicita por estar en contacto con un conde ("I am Dracula”, le dice a su cliente en la película un verdadero húngaro, Bela Lugosi, con un inglés bárbaro entre entonaciones melifluas y guturales) que le ofrece todos los manjares y tres bellezas nocturnas. El conde no come, no bebe y el único contacto sexual que se permite no es vaginal sino yugular. Harker que da atrapado en el castillo mientras Drácula, que lo ha hecho venir de Inglaterra, decide, curiosa conducta, irse solo a Londres. El abogado queda presa de las mercedes vespertinas (una de ellas, por cierto, se llamaba Mercedes) que se dedican al único deporte permitido en Transilvania: chupar cuellos. (Chupones, que hacen a Drácula la gran novela erótica victoriana.) Mientras tanto, el conde llega a Inglaterra, a Whilby, puerto borrascoso, en un barco a cuatro velas con veinticuatro cajas de muertos, estado en que está toda la tripulación del velero llamado Demeter, que como Stoker sabía no se refería a la tenebrosa diosa griega sino a un barco ruso llamado Dimitri.
Prosigue la trama -esta vez contada por Mina Murray, la novia de Harker-, su amiga Lucy Westenra (a punto de convertirse en la primera vampira: triunfo del feminismo inglés), el doctor John Seward y penúltimo pero no último, el doctor van Helsing, vampirólogo mayor, que solía pasar por allí y enseguida reconoce que los dos puntos de sangre en el cuello de Mina son obra del vampiro, que nunca se ha aventurado por estas islas tan lejos de Transilvania, que quiere decir del otro lado del bosque.
Después de varios pugilatos con el conde acudiendo al ojo en flor, la cruz ambulante y clavar la estaca esta vez en Lucy (que se ha dedicado a chupar sangre de bebés, haciéndose además de vampira, pedófila), Drácula se codea con la otra flor, la flor y nata de la sociedad victoriana y se pasea, populista que también es, por todo Piccadilly. Drácula, ya que la reina Victoria no lo armará caballero sino a van Helsing, decide volver a casa temprano y se va a Transilvania, más allá del paso Borgo. Los ingleses y el holandés errado van Helsing lo persiguen hasta su castillo, morada de vileza. Fue allí que Harker, como una visión de la fiebre, vio a Drácula bajar por una pared cabeza abajo, la capa extendida como las alas de un gigantesco murciélago, de esos que se llaman justamente vampiros. Entre Jonathan Harker y van Helsing hacen huir primero y destruyen luego a Drácula, en las palabras finales de Harker: “Era como un milagro; pero ante nuestros mismos ojos y casi como en un suspiro, todo su cuerpo se desmoronó hasta hacerse polvo y desapareció de nuestra vista”.
Pero el vampiro, como los mitos, no muere, solamente se transforma. Ha habido, ahora lo sabemos, incontables versiones de la vida, pasión y muerte de Drácula: en películas, en libros, en el teatro. Si hay algo inmortal en el siglo es el vampiro. Hasta las versiones en dos dimensiones y en blanco y negro se han hecho inmortales. No hay más que ver a Bela Lugosi, que moribundo se le ve en el cine, morfinómano y arruinado, pero inmortalizado y de paso arrastrando consigo hacia una forma de inmortalidad, a su amiso Ed Wood, torturado por el vicio, torturando al inglés: "I am Dracula".
A Bram Stoker, cuya casa cerca del Támesis goza de la inmortalidad de una placa (Stoker, Abraham -1747-1912- 18 St Leonard's Terrace, SW3 - Autor de Drácula), cuando le preguntaban cómo concibió la novela, siempre declaraba: "Fue una pesadilla que tuve después de comer demasiado marisco".
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Cine y teatro

Antes de morir en 1912 Bram Stoker hizo la primera versión de su visión. Drácula había vendido antes de 1900 más de un millón de ejemplares, pero su versión teatral fue un rotundo fracaso. Fue el cine que hizo un terror universal del vampiro alemán con Nosferatu, de 1922, dirigida por F.W. Murnau. La película originalmente se llamaba Drácula, es considerada una obra maestra y servía a la novela tan bien que la viuda le puso pleito a los productores y lo ganó. Nosferatu dio lugar a muchas variaciones del vampiro sin su maldito nombre protegido por las leyes de copyright: Count Alucard, Count Yorga, Barón Latoes, Blácula, etcétera. Su traslado a Broadway tuvo en el rol de Drácula a un desconocido actor húngaro cuya pronunciación del inglés era más oscura que sus intenciones. Se llamaba, se llamará siempre, Bela Lugosi. La Universal compró los derechos y se llevó a Lugosi a Hollywood. La productora quería como vampiro a Lon Chaney, el gran maestro del horror del cine silente. Pero Chaney contrajo cáncer de garganta y, literalmente, quedó mudo. Lugosi tomó su lugar (incluyendo su extraña voz, daba en el cine algo turbador y exótico y peligroso, seductor y cruel). En una palabra, fue el perfecto vampiro.


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Drácula no debe volver de la tumba

Written by John Doe on lunes, 9 de enero de 2012 at 3:26 p.m.

Artículo de Mario Pérez Colman (revista El Mundo)
Bucarest. El domin­go último eligieron gobierno los rumanos y por ser día de votación han de haber resultado más inha­llables que nunca el vodka Drácula; el vino Vampiro, de subido color escarlata, y la palinca Vlad, bebida tradicional hecha por destilación de frutas fermentadas, que alcanza los 80º de graduación alcohólica. ¡El primer trago es como una tarascada en la garganta!
Cualquier otro día el forastero buscará inútilmente esas bebidas por los almacenes de Bucarest. Pero más tarde descubrirá, inesperadamente, que todas se venden en los free shops de Ostopeni, el aeropuerto internacional. No podrá hacer la compra quien pretenda pagar en dólares con un billete dañado, aunque fuere mínimamente en un borde. Será un mal trago partir sin poder llevarse unos licores tan pintorescos. Pero ni siquiera los hoteles internacionales, que son una novedad social e ideológica en un país que fue comunista, aceptan dólares más o menos averiados.
Cabe suponer que fue minuciosamente revisado el billete de un dólar que pagó cierto inversor extranjero por una fábrica estatal de maquinaria pesada, cuando empezaron hace 10 años las privatizaciones en la Rumania poscomunista. El comprador -que luego hizo negocio vendiendo a terceros el activo físico de su adquisición- había ofertado saldar la formidable deuda deficitaria de la empresa y pagar por añadidura aquel dólar. ¡Uno solo! En la emergencia, el gobierno aceptó. Ha de haber sido irresistible la tentación de examinar a fondo, ostensiblemente, aquel irrisorio y simbólico billete para exacerbar hasta el delirio la veta surrealista de la compraventa.
En su determinación de hacer de Rumania un país industrializado donde la ocupación fuese plena, el dictador comunista Nicolás Ceaucescu había instalado fábricas concebidas como pequeñas ciudades, cuyas dotaciones fácilmente se componían de 15.000 personas. Pero, al cabo, la tecnología se volvió obsoleta y la variada producción industrial fue perdiendo mercados externos. Hasta la refinación de petróleo proveniente de terceros países se enfrentó con serios problemas como consecuencia de la política mundial de Rusia. El pleno empleo rumano comenzó entonces a sostenerse a costa de un déficit progresivo de las empresas estatales.
Derrocado el comunismo, la economía liberal que sucedió a la economía dirigista fue sentando sus reales, pero quizá con demasiada lentitud en procura de que el proceso de transformación causara el menor perjuicio posible al pueblo rumano. Consecuentemente, la etapa de las privatizaciones llegó demorada y los grandes déficit acumulados hasta entonces determinaron ventas a precios irrisorios, como aquél de un dólar.
Volviendo sobre el pequeño drama aeroportuario de la compra frustrada de bebidas, éste acontece, como es natural, a la salida de Rumania, cuando el final feliz de una discusión por la validez de un billete es improbable.
Raro sería que a la entrada el forastero que visita el país por primera vez estuviera al tanto del horror local a los dólares polutos y supiese, además, de la existencia de aquellas bebidas que constituyen casi todo el escaso merchandising nacional del rumano más popular del orbe: Drácula o Vlad Drácula III o Vlad Tepes o Vlad el Empalador, como se quiera llamarlo.
Vulgarmente, el resto del mundo identifica a ese personaje histórico del siglo XV con el vampiro de la novela de Bram Stoker, el conde de ojos enramados, atractivo villano de numerosas películas, siempre sediento de sangre -en especial si mana de la yugular de una mujer bonita- y siempre macilento a causa de sus calavereadas de criatura nocturna, de moroi (muerto vivo) al que únicamente se puede matar con cualquiera de media docena de artimañas. La menos conocida consiste en aprovecharse de su compulsiva afición a las semillas de amapola, arrojándolas de a puñados a su paso para que la luz mortífera del día lo sorprenda empeñado en recogerlas y comérselas. El más célebre de los trucos para despachar a un moroi es el de la estaca de pino o de fresno, que debe ser clavada en su helado corazón de monstruo.
"Patrañas", dice un rumano, y agrega: "Vlad era quien clavaba estacas y no precisamente en el corazón". En efecto, Tepes, palabra que se pronuncia Chepesh y significa empalador, es el apodo más vulgar del Drácula histórico. Drácula es también un apelativo. Significa "hijo de Dracul". Y Dracul, que antaño significaba dragón y más tarde designó al diablo quizá por la relación iconográfica entre el diablo y el dragón, era, a la vez, un título honorífico.
El padre del Drácula histórico, Vlad Dracul -príncipe que murió apaleado como consecuencia de una conspiración boyarda- pertenecía a la orden del Dragón (Dracul), dedicada a combatir a los turcos otomanos. Su hijo, en quien está inspirado el vampiro de Stoker, heredó el título y el compromiso de la orden.
Pero el título de Drácula ya no correspondió a los hijos del controvertido héroe nacional rumano. Uno de ellos, también llamado Vlad como su padre y su abuelo, fue apodado Tepelus, diminutivo del Tepes paterno; es decir, se lo conoció como Vlad el Empaladorcito. La historia no aclara si el diminutivo obedecía al hecho de que el hijo empalaba menos que el padre -el Drácula histórico empaló a decenas de miles de sus enemigos- o sencillamente a su condición de astilla de aquel terrible palo, lo cual parece más plausible.
Si bien las atrocidades del Drácula verdadero eran moneda corriente en la justicia del siglo XV, la discrecionalidad y la prodigalidad con que él las perpetró lo situaron a la cabeza de los hombres crueles de su época. No solo mandó empalar; en ocasiones ordenó hervir a sus enemigos y mutilar a las mujeres que avivaban su sensible cólera.
El terror ha de haber sido la herramienta que el Drácula histórico encontró más idónea -y afín con sus inclinaciones- para implantar desde Valaquia, su principado, una autoridad nacional centralizada como la que ejercían los sultanes, sus enemigos naturales en la guerra librada por el Occidente cristiano contra el Oriente musulmán. Ese centralismo le daba al Reino Otomano una apreciable ventaja operativa sobre las potencias cristianas, organizadas con menos éxito sobre la base del feudalismo y del vasallaje.
El Drácula histórico había entendido bien cuál era entonces el talón de Aquiles de Occidente, y pretendía corregir esa debilidad en un país que, bajo su mando, fue a veces una frontera ambigua entre el cristianismo y el islamismo, pero, esencialmente y a fin de cuentas, la punta de lanza que Occidente oponía al avance musulmán. Los rumanos de hoy sugieren que podrían volver a cumplir ese mismo servicio.
Mucho mortifica a los rumanos que afuera se tome al Drácula histórico por un vampiro. Algunos ven que esa identificación peca de liviandad tanto como la que afectaba a toda la nación cuando su comunismo era tenido por el más crudo de Europa. Empeñados en poner las cosas que atañen al Drácula histórico y al comunismo rumano en los términos que consideran verdaderos, señalan que ese Drácula no era un "chupasangre de opereta romántica", sino un voivoda (señor de la guerra) y un patriota nacionalista. Y por otro lado, argumentan que si Ceaucescu fue el cruel autócrata que tuvo bien merecido el paredón en Navidad (la de 1989), también supo ser un comunista amigo de Occidente. ¿Acaso no declaró en 1966 que el futuro de su país estaría determinado por el interés nacional y por una total independencia? ¿No honró en numerosas ocasiones lo declarado? ¿No se opuso a la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia? ¿No mandó ejecutar al general Ion Serb por pasar información militar rumana a Rusia? ¿No consiguió que Estados Unidos le diese a Rumania el status de nación más favorecida en el intercambio comercial? ¿No criticó duramente la intervención soviética en Afganistán? ¿No fue condecorado por Isabel II de Inglaterra...?
Ceaucescu se encargó, además, de enjugar las sanguinolentas manos del Drácula histórico en 1978, durante una charla con periodistas norteamericanos en Washington. Describió al Empalador como "fiero guerrero de la libertad, y dirigente bueno y tolerante con su pueblo". ¡Demasiado maquillaje!
Ese mismo año, Ceaucescu cumplió 60 y fue comparado con el Drácula histórico en algunos discursos encomiásticos. Tales comparaciones bien podían considerarse peligrosamente zalameras.
En esos años, también el periodismo -al que ahora se le critica sotto voce no tener una deontología para el uso de su novedosa libertad- cantó loas al Empalador. Pero ya derrumbados a tiros el tirano y su régimen comunista, los rumanos arrumbaron la figura histórica de Drácula. No obstante, la levantan y agitan si acaso precisan oponerla a la otra, a la literaria del besador hematófago imaginado por el irlandés Stoker.
La curiosidad de los extranjeros por el Drácula de la ficción se les antoja a los rumanos algo así como un intento banal de abrir el féretro de un vampiro para echarle un vistazo... a Rumania. Les resulta difícil digerir el hecho de que la figura de la ficción novelesca y cinematográfica sea vulgarmente considerada lo más interesante de un país que ha dado al mundo al dramaturgo Eugene Ionesco, al filósofo de las religiones Mircea Elíade, al renovador de la escultórica moderna Constantin Brancusi, al poeta nacional Mijail Eminescu, a Nadia Comaneci, ya en el terreno de las proezas físicas, y aun a la moldava María Cantacucena -después Madame Puvis de Chavannes-, cuyo bello rostro inspiró el de la imagen de la Protectora de París, Santa Genoveva, si es verdad lo que afirma en uno de sus libros otra rumana célebre, la princesa Bibesco.
Frustra a los rumanos que el brillo de tales nombres resulte opacado por la fama mundial y popular de un mítico vampiro. Las abominaciones del Drácula novelesco serían percibidas por ellos como una especie de embarazosa alegoría de la Rumania roja de Ceaucescu, de inoportuna memoria cuando quieren verse aceptados por la Comunidad Europea, conquista que prevén para 2007. En ese empeño intentan arrojar una última y definitiva palada a la fosa donde han puesto su pasado nazi y su pasado comunista.
De su experiencia comunista, a menudo dicen los rumanos que, "a fin de cuentas, nos fue impuesta por la ocupación rusa" como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De su pasado nazi, arranca un episodio histórico que se diría marcado por la estirpe draculiana.
A poco de ser distinguido con la Orden del Dragón por Segismundo, emperador del Sacro Imperio Romano, Vlad Dracul, príncipe de Valaquia, duque de Transilvania, de Almas y de Fagaras, y padre del Empalador que cautivó la imaginación de Bram Stoker, perpetró su primera bellaquería política: firmó una alianza con el sultán Murad II, que a la sazón había aplastado a serbios y a búlgaros, calculaba un golpe definitivo contra los griegos y parecía hallarse a un paso de roer el hueso representado por los húngaros. Dracul no quiso estar con los vencidos y dio una oportuna prueba de simpatía a los otomanos, tomando prisionero a un regente de Hungría, Juan Hunyadi, cuando éste pretendía hallar refugio junto a él para escapar de las huestes del sultán que acababan de vencerlo en la batalla de Warna. Su hijo, el Drácula histórico, nacido hacia 1431 en Sighisoara, ciudad transilvana fortificada donde se conserva su casa natal, habría de ser a su turno prisionero del rey húngaro Matías Corvino -hijo de Hunyadi- durante la friolera de 12 años, a causa de haber conspirado en perjuicio de Hungría con el sultán Mehmed II y también, probablemente, por haber actuado contra el monopolio comercial de los influyentes sajones de Transilvania, una región que estuvo 1000 años en poder de Hungría hasta que los rumanos -quienes la consideran ancestralmente propia- consiguieron por fin obtenerla tras la Primera Guerra Mundial.
El Drácula histórico cambió de bando en repetidas ocasiones, según necesitara resistir las presiones húngaras con ayuda de los turcos o las presiones turcas con ayuda de los húngaros, unas y otras demasiado fuertes para que su país las soportara sin necesidad de saltar alternativamente de una lealtad geopolítica a otra. Bandazos como aquellos protagonizados por el Drácula histórico y su padre, también los ha habido en el presente siglo. Rumania se alineó con la Alemania de Hitler en contra de los aliados y, poco más tarde, aunque tal vez con afinidad aun menos auténtica, combatió a los alemanes nazis codo a codo con los comunistas rusos.
El Drácula histórico no sólo cambió de bando en más de una oportunidad (a veces por razones de Estado y otras por cuestiones más bien venales), sino que también cometió apostasía. Nació en la fe cristiana ortodoxa -la fe de Rumania-, se convirtió al islamismo durante una larga estada bajo la férula de Murad II, de quien fue rehén para garantizar la fidelidad de su padre a los otomanos y, ¡qué remedio!, también se vio en la necesidad política de abrazar la fe católica en el acto de abrazar conyugalmente a una hermana de Matías Corvino, el mismo rey húngaro que lo mantuvo largamente preso. Esa unión matrimonial, que no fue la única legal entre algunas otras ilegales, le significó recobrar el trono principesco de Valaquia, circunstancialmente perdido en una de las tantas vueltas y revueltas de su vida.
El Drácula histórico tampoco se limitó a blandir la espada contra húngaros, alemanes y turcos. Cuando su poder fue disputado por los boyardos valacos, no se privó de arrojarse junto con los turcos sobre sus propios compatriotas, doblegándolos a sangre y fuego, y tomando a saco sus bienes. En ocasiones como ésa, a su orden se formaban bosques de estacas donde ululaban los empalados, en tanto los incendios coloreaban apropiadamente el espectáculo.
En resumidas cuentas, aquel Drácula no les resulta a los rumanos mucho más presentable que el Drácula novelesco, y dan la impresión de preferir un discreto olvido para los dos. Dígaseles que el Drácula héroe de su historia nacional, campeón de la cristiandad en la lucha contra el turco otomano, merecería siquiera un retrato en cualquiera de los billetes del leu, la moneda del país. Contestarán que otros personajes históricos, mucho más importantes que el Empalador, no lo tienen tampoco.
Al pie del castillo Bran, que responde aproximadamente a la descripción que Bram Stoker hace de la morada del vampiro y donde el Drácula auténtico fue alguna vez huésped del regente Juan Hunyadi, se venden variadas artesanías rumanas, y, entre éstas, muñecos y tallas que representan al Empalador. Son objetos grotescos y cómicos, razón por la cual es posible suponer que hay en su hechura un toque despectivo.
De todos modos, no es mucho lo que pueden hacer los rumanos a fin de abrogar la representación nacional con que se inviste inopinadamente el vampiro de Stoker. Como si la criatura literaria hubiese terminado por tomar posesión de la figura histórica, el país lleva, quiera que no, una pátina de su misterio novelesco. Se advierte en el aura enigmática de los gitanos -servidores de Drácula en la novela- que recorren Rumania en astrosos carromatos cuya forma sugiere la de un tosco ataúd . También se nota en los bosques umbríos donde abundan el sanguinario oso pardo y los grandes murciélagos que los campesinos temen porque su mordida puede contagiar la rabia. Y hay bastante de esa misma pátina en la llamativa belleza de las mujeres rumanas, mórbidas al estilo de las actrices que acompañan en su entretenida bóveda a Christopher Lee, el Drácula de las terroríficas películas del sello Hammer. Las rumanas tienen, en efecto, aire de vampiresas, pero las adorna, por añadidura, el simpático atractivo de no estar vampirizadas.
"Las francesas -filosofa de sobremesa un rumano que admira los frutos de Francia como todos los rumanos- no son nada del otro mundo, pero saben vestirse tan bien que consiguen verse encantadoras. ¡Si las nuestras pudieran arreglarse así...!" La pátina de misterio se extiende aun más. Por las noches, la elegante y romántica Bucarest aúlla a la luna llena con la voz de medio millón de perros cimarrones, sombra de los lobos que el Drácula novelesco domina a su antojo y a los cuales el Drácula histórico se parece por temperamento. Son flacos canes sin amo, que vagan en absoluta libertad por calles y paseos, y suelen seguir silenciosamente a los caminantes. Parecen ofrecerles su compañía, pedirles la adopción; pero a veces han mordido, y, en alguna ocasión, matado. "Ande con un paraguas o un palo en la mano, y no se le acercarán", aconsejan los bucarestinos al forastero. También le recomiendan dar "una voz fuerte, enérgica, un grito de amenaza", expediente que los repelería.
La gente ampara de toda acción violenta a esos perros vagabundos y puede verse que se apiada de ellos cuanto puede: uno de sólo tres patas duerme -en horario de vampiro- bajo el último sol de la tarde; la cuarta extremidad le ha sido amputada limpiamente, a la altura del codo, sin duda por alguien con pericia quirúrgica. No hay explicación del todo satisfactoria acerca del origen de la perrada de Bucarest, pero una, parcial aunque insoslayable, sería el empobrecimiento general operado a partir de la caída del tiránico régimen de Ceaucescu, que llevó a la gente del común a desprenderse de sus perros porque significaban otra boca que alimentar. La mayoría de los rumanos gana algo menos que el equivalente a 100 dólares mensuales. Con esa cantidad no se puede hacer gran cosa en un medio donde el desempleo es del 12 por ciento y la inflación, el año último, del 54,8 por ciento.
Durante el comunismo hubo sueldos para todo el mundo, aunque la contraprestación fuera de dudosa utilidad. Si bien distaban de ser espléndidos, aquéllos eran sueldos seguros y se sumaban varios en cada familia. En la actualidad se observa un remedo bastante misterioso de la pasada situación de pleno empleo donde cobraban todos, no sólo el que trabajaba, sino también el que holgaba en su trabajo porque era un supernumerario. En efecto, es normal que si se llama al pintor, al plomero, al gasista, el convocado llegue en compañía de media docena de personas dedicadas a deambular por la casa sin propósito evidente, mientras que el patrón del oficio es el único de la troupe que hace el trabajo.
En ciertas estructuras gubernamentales, cuyo tamaño estaba justificado en la época comunista, se ha preferido sostener el nivel de empleo a ultranza. Uno de esos casos es el de los servicios de inteligencia, un resorte del Estado que parece haber sufrido un incalculable perjuicio estructural.
Cuando se desmoronó el régimen de Ceaucescu, la infiltración desde terceros países por las fronteras rumanas, entonces repentinamente expeditas, habría sido tan fácil como enorme el consecuente daño a la seguridad nacional: quienes aprovecharon aquellas circunstancias para penetrar en Rumania, no salieron de allí sin antes haber armado prolijamente sus nidos de espías.
La resistencia de Ceaucescu a la perestroika y al glasnost, cuya práctica le reclamó inútilmente Gorbachov, resultó fatídica. Hoy, puestos a la tarea de integrarse con Occidente, con méritos que incluyen la triplicación de las reservas en divisas del Banco Central y la disminución de la deuda externa -deben sólo 8000 millones de dólares-, llevándola a un 24 por ciento del PBI, los rumanos protestan que no tienen nada que ocultar a los ojos del mundo democrático. Algunos aseguran que, de cualquier manera, serían imposibles los ocultamientos debido al colapso del contraespionaje.
Se estima que el Drácula histórico también tuvo a su servicio una maquinaria de espionaje bien aceitada que, al fallarle una sola vez, le causó un daño definitivo. A manos del sultán Mehmed II -artífice militar de la caída de Constantinopla-, llegó en 1477 la cabeza del desinformado Empalador, precariamente conservada en miel dentro de una botija. Durante una batalla contra los turcos librada ese año, el Drácula histórico habría sido asesinado a traición por sicarios de los boyardos valacos.
Aquél y éstos se adeudaron mútuamente numerosas cuentas. Pero las del voivoda fueron mucho más abultadas: para vengar el fatal apaleamiento de su padre y la muerte por enterramiento de su hermano favorito, Mircea, había empalado o condenado a morir cumpliendo trabajos forzados a cuanto boyardo quiso inculpar. Aquellos a los que hizo sus esclavos, murieron en la empresa de construir para él un castillo en Transilvania, sobre la orilla más escarpada del río Arges, empleando en la obra los restos de otro castillo, el de Poenari, levantado a su turno sobre las ruinas de la antigua fortaleza de Decidava.< Del castillo de Drácula nada queda, excepto esas referencias que pueden serle de utilidad a un viajero. Y en cuanto a los restos del castellano -es decir, lo que restó de Drácula sin cabeza-, fueron sepultados en la iglesia del convento insular de Snagov, bajo un piso de losas sobre el cual pasan los monjes infinidad de veces al día. Existe la creencia de que el ir y venir de hombres santos sobre una sepultura consigue finalmente desembarazar de sus faltas, por espantosas que fueren, al pecador sepultado. "El Empalador no será perdonado hasta que las sandalias de los monjes hayan convertido en polvo las losas de la tumba", opina un rumano, igual que otros muchos de este siglo. "Pero Alá es misericordioso", dirían, acaso, los turcos otomanos del siglo XV, que tuvieron, en ocasiones, al Empalador por aliado. Y los cristianos de esa misma época, aun con mayor razón que los musulmanes, harían también otra protesta de esperanza en la infinita misericordia divina, porque, en definitiva, ellos contaban a Drácula entre sus campeones de la fe.






Por la ruta de Drácula

Written by John Doe on domingo, 8 de enero de 2012 at 4:02 p.m.

Por Laura García (Clarín, 5-3-00)
En este mundo no debe existir nadie más conocedor de los avatares de un viaje que aquel joven abogado inglés que en 1897 partió desde su Londres previsible y segura hacia la enigmática Transilvania. Su destino era el Paso de Borgo y, más allá, el castillo de un conde solitario. Jonathan Harker se llamaba el viajero y, hasta ese momento, no era más que un personaje ideado por el escritor irlandés Bram Stoker para su novela Drácula.
Aquella travesía y el encuentro de Harker con el vampiro dieron comienzo a uno de los grandes mitos contemporáneos. Dracula trascendió las páginas de la novela y ganó su lugar en el cine, en teatro y en nuevas versiones literarias. Luego ocurrió lo inevitable: el público quiso conocer el castillo del conde y muchos se lanzaron a buscarlo siguiendo la hoja de ruta que Stoker había trazado en su novela. Para mayor precisión, algunos emularon al propio escritor, que se había documentado en la biblioteca del Museo Británico antes de darle forma a su criatura y sin jamás haber pisado Transilvania, esa región maravillosa de Rumania enmarcada por los montes Cárpatos cuyo mágico paisaje es de por sí un must del viajero curioso.
A partir de lo años 60 cuando Rumania se abrió al turismo internacional, empezaron nuevas búsquedas. Para ese momento, Drácula ya era un nombre legendario en el mundo occidental, pero los rumanos seguían sin conocer la historia del vampiro que bebía la sangre de sus víctimas, a las que atraía con un poder hipnótico que combinaba erotismo y espanto. Sólo un pequeño grupo de guías de turismo e investigadores del folclore conocían esa versión de la historia, ya que la novela fue traducida al rumano recién en 1992.

¿Un héroe nacional?
“En Rumania crecimos viéndolo como ejemplo de orden y disciplina. Fue un héroe nacional, porque repelió las invasiones turcas”, dice Gabriela Muresan, una profesora nacida en Transilvania que vive en la Argentina desde 1990 y ahora está a cargo de los cursos de idioma rumano en la Universidad de Buenos Aires.
Vampiro y héroe nacional. ¿En qué quedamos? Ocurre que Bram Stoker basó su novela en un personaje real de la historia rumana. Inspirado en otra de vampiros -Carmilla, del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu-, originariamente ubicó su historia en Estiria, Austria, y pensó titular su libro The Undead (Los no muertos). El nombre del conde era, simplemente, Wampyr. Pero luego se enteró de la existencia de los llamados panfletos negros, escritos por mercaderes transilvanos que narraban las atrocidades cometidas por el príncipe de Valaquia Vlad Dracula, que había vivido entre 1431 y 1476. Como la descripción del personaje -también llamado Vlad Tepes, el Empalador, debido al tormento que aplicaba a sus víctimas- se ajustaba al personaje que tenía en mente, decidió conferirle inmortalidad para traerlo de nuevo a la vida. Y así la pura invención literaria se mezcló con la historia de un país que hasta entonces nada sabía de vampiros.
A pesar de los propios rumanos - muchos de los cuales se ofenden por la deformación que sufrió la figura de su prócer-, el imaginario occidental concibió a Transilvania como un mundo irreal, demoníaco, acechado por dragones y murciélagos. Pero lejos de generar temor, el cruce de ficción y realidad se tornó irresisible para los turistas. Pero muchos de les que se acercan con el solo propósito de seguir las huellas de Drácula descubren finalmente que la provincia es bellísima, tan atractiva en sí misma que no requiere la excusa de una fábula para ser disfrutada.
En las.últimas décadas, los rumanos la consideraron una región de avanzada, receptora de los aires del "oeste” que soplaban desde Austria y llegaban a través de Hungría. Más allá del punto de vista local, Transilvania es la región más romántica y pintoresca de Rumania. Su propio nombre -deriva del latín y significa “más allá del bosque”- sugiere paisajes de picos montañosos, valles arbolados y arroyos. Rodeada por el gran arco que forman los Cárpatos, tiene parques nacionales, áreas protegidas, glaciares, iglesias de madera, aldeas aisladas y una excelente producción artesanal de vinos. Es decir, un producto concreto y excelente para el turismo.
Sin embargo, los visitantes siguen obsesionados con el castillo habitado por el hombre alto de tez amarillenta, bigote blanco y dientes filosos. Todo por obra de Stoker. Y allá van a la caza de emociones fuertes y de encuentros con el mismísimo diablo. Una vez allí, el mito cede ante la realidad y algunos se decepcionan. No es para menos: una cosa es conocer los lugares asociados con Vlad Tepes, el personaje real, y otra muy distinta es pretender toparse con Nosferatu en persona.

A comer con Drácula
Todos los circuitos sobre Drácula empiezan en la antigua corte de Bucarest, la capital rumana, donde se conservan ruinas del palacio que funcionó en el siglo XV durante el dominio de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia. Pero lo mejor del viaje empieza al atravesar las llanuras del Danubio en dirección a los Cárpatos.
La primera escala es el castillo de Bran, conocido como el ‘falso castillo de Drácula'- cuyo único propósito -según los guías- es distraer a los turistas para que no lleguen a los genuinos donamos del Conde. Igual vale pena conocer esta fortaleza construida en 1378, aunque no esté relacionada con el personaje de la novela ni con Vlad Tepes. Al menos tiene su valor histórico: en la década del 20 fue transformada en residencia de verano de la familia real rumana y recién fue abierta al público en la era comunista. Es, además, la imagen típica en las postales de Transilvania.

Se sigue luego a Brasov y a Sighisoara, dos ciudades medievales perfectamente conservadas en medio de un paisaje de montaña. Sighisoara es uno de los puntos más bellos de Rumania, ya que conserva intactas once torres de sus murallas originales, calles empedradas, casas burguesas del siglo XVI, una iglesia gótica de 1345 -la Bergkirche- y hasta un reloj de 1648 que todavía marca la hora.
Para los seguidores de Drácula es una escala fundamental, porque en la parte alta de la ciudad está la casa donde en 1431 nació Vlad Tepes, hoy convertida en restaurante.
Otros puntos del circuito son el monasterio de Snagov -donde la leyenda ubica la tumba de Vlad Tepes- y Targoviste, la antigua capital de Valaquia, donde una estatua recuerda que Drácula vivió aquí. En realidad, los tours son una buena guía para conocer este rincón del antiguo imperio austrohúngaro que, a diferencia de Viena, Praga y Budapest, todavía no recibe un turismo masivo.
Pero no hay sólo influencias austríacas en Rumania. De las antiguas, la más duradera es la de los romanos: de ellos los rumanos heredaron su idioma, que deriva del latín. Después, siguieron mil años de invasiones esporádicas y de agresión turca, que fue resistida por nobles como Vlad Tepes. Hoy en cambio, los rasgos más visibles son los que dejaron más de cuatro décadas de comunismo, que culminó con la revolución de 1989 y la muerte del dictador Ceaucescu.

Cazadores de vampiros
Un legado de lo más diverso, pero de vampiros, ni rastros. “La historia del vampirismo no es nuestra, pero si la gente quiere ir a buscar eso a Transilvania no la rechazamos”, advierte el consejero de la Embajada rumana en Buenos Aires, Ion  Mirica. Es que Rumania no se agota en Drácula. Los pilares del turismo -que además tiene la ventaja de ser accesible al bolsillo- son los Cárpatos, el delta del Danubio, las playas del mar Negro y Bucarest. El castillo tan buscado es sólo uno entre cientos de fortalezas impactantes y monasterios repletos de tesoros artísticos, como el de Bucovina, del siglo XVI.
Para calmar la ansiedad de los que sólo van tras los pasos del rey de las tinieblas, los operadores de turismo ofrecen algunas actividades relacionadas con él o que, al menos, remiten a la novela. Por ejemplo, la escala en el hotel Corona de Oro, en Bistritz, donde Jonathan Harker paró por  recomendación del propio conde en su camino al castillo. Ahí, desde ya, el menú que más sale es el mismo que probó el abogado: trozos de carne, con una guarnición de panceta, cebollas y paprika. Desde el hotel de Bistritz empieza el tramo decisivo del circuito, el mismo que emprendió Harker en dirección al Paso de Borgo para llegar al castillo de Drácula. En el camino, donde hay tan pocas casas que cada una tiene su propio cementerio, conviene recordar lo que el abogado anotó en su diario, al comienzo de la novela: “En ningún atlas pude hallar la menor indicación sobre el lugar donde se alzaba el castillo del conde Drácula, porque lo cierto es que tampoco existía un mapa detallado de aquella zona”. Harker finalmente encontró el lugar, pero los turistas se quedarán con las ganas. Al menos, la vista del paso de montaña es inolvidable. Por lo demás, habrá que apelar a la fantasía, porque la verdadera fortaleza de Tepes, hoy en ruinas, está en otra parte.
“Todo lo que podemos imaginar existe.” La frase podría proceder de un diálogo platónico, pero es en realidad el lema de la Sociedad Transilvana de Drácula, una entidad creada en 1991 con el fin de guiar a los que buscan el castillo. De acuerdo con el ente, el folclore de los rumanos no contiene vampiros y su rol lo cumplen los strigoi, fantasmas que sólo atacan a los que quiebran las leyes de una comunidad.
Pero tanto la Sociedad como el gobierno saben bien que el mito ahora genera negocios. Aunque los rumanos reivindiquen a su héroe nacional en desmedro del vampiro, no ignoran que los turistas pagan hoteles, excursiones y comidas, y compran cristalería transilvana, joyas, relojes, vinos e indumentaria con la “D” del dragón.
Sí, la imaginación todo lo puede. Pero si se la ayuda con hechos, mejor. Aunque en pocos lugares del mundo los inviernos son tan crudos como en Transilvania, para evocar al Conde habrá que tomar valor y hacer en esos meses el recorrido que Stoker trazó para su abogado inglés. Los árboles desnudos y la bruma que cubre los valles serán propicios para ponerse a tono con la historia. Luego, a falta de castillo, habrá que elegir una posada en un paraje bien agreste, porque es allí y no en la ciudad donde a los lobos les gusta aullar.
Una vez cruzado el umbral de las tinieblas invernales de los Cárpatos, sólo queda esperar una noche de luna llena. Rumania pone el paisaje. Los ajos detrás de la puerta y el crucifijo de madera corren por cuenta de uno.



TIPS
Cuándo viajar. Los mejores meses para visitar Transilvania son los de la primavera y el verano (marzo a setiembre). Hay que tener en cuenta que en los Cárpatos la temperatura media anual es de 2 grados C.
Dónde alojarse. Hay alojamiento de distintas categorías, pero los de mayor nivel se concentran en Bucarest. Salvo que se viaje con espíritu aventurero, conviene hacer reservas antes de llegar y averiguar las comodidades que ofrece el lugar.
Circuitos. La Sociedad Drácula organiza un tour que incluye seis pruebas de caballería. A quienes las pasan se les otorga la Orden de los Caballeros Transilvanos. Y si tiene suerte quizá hasta le ofrezcan el cargo de embajador de la entidad en la Argentina. 
Idioma. El Idioma oficial es el rumano, que deriva del latín. También se habla alemán, inglés y francés.
Documentación. La visa de turismo, que permite una estadía máxima de 60 días, se tramita en la Embajada de Rumania.
Dónde informarse. En Internet hay centenares de sitios dedicados al conde Drácula y a Transilvania. Sociedad Drácula, 47 -Primaverii blvd., teléfono (401) 231-4022, fax (401) 679-5742, e-mail cdt@art.ro. En Buenos Aires, Embajada de Rumania, Arroyo 962/970, teléfono 4326 5888, fax 4322


Monasterio donde está enterrado Drácula
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La creación de Drácula (3 parte)

Written by John Doe on at 12:05 p.m.

Ultima parte del artículo de Bill Warren.
«El período de finales de siglo es el amanecer de la tecnología. Es la época en que se inventaron el telégrafo, el cine, el dictáfono, y otros muchos aparatos, y pensé que sería interesante rodar la película al estilo de finales de siglo -dice el director-. Mi hijo Román siempre ha sido un gran fan de la magia, y cuando empecé a trabajar con él descubrimos que al comienzo el cine era una especio de juguete mágico porque se consideraba parte de la industria de la ilusión.
»En ciertas escenas llegamos a usar la vieja cámara Pathé accionada a mano. Intentamos resolver todos los efectos especiales tal y como se habrían hecho en aquella época desde las dobles exposiciones hasta los espejos pasando por toda la gama de efectos ingenuos, y ni tan siquiera se nos ocurrió adentrarnos en el campo de los modernos efectos especiales generados mediante ordenador.»
Alison Savitch, el supervisor de efectos especiales, pasó de la alta tecnología de Terminator 2: Judgment Day a Bram Stoker' s Dracula y dio el salto de los métodos más modernos de efectos especiales a los «efectos ingenuos» deseados por Coppola.
«Empecé a colaborar en el proyecto cinco semanas antes de. que finalizara el rodaje - explica Savitch-, Francis adoptó el enfoque de emplear lodos los viejos efectos especiales que pudieran sernos útiles, y esos maravillosos efectos especiales ingenuos no son nada caros: espejos, colocar la cámara detrás de teloneras [cortinas de muselina muy delgada sobre las que se proyectan imágenes] en las que hay anotaciones de diarios... ese tipo de cosas. Quería sacarles el máximo provecho posible, no tal y como se habría hecho en una producción de bajo presupuesto sino utilizando la información que poseemos hoy para mejorar los efectos especiales más ingenuos.»
Coppola no considera que la película necesite efectos especiales excesivamente espectaculares o impresionantes.
«Las películas son una ilusión —dice—. Si la historia funciona y si el público entra en ella, quizá acabe dándose cuenta de que los efectos especiales de esta película son distintos a los de otras. En el fondo, todo se reduce a que la historia  funcione, todo se convierte en un plus añadido, incluyendo los efectos especiales.  Obviamente sigo creyendo que cuando van al cine los espectadores quieren ver algo nuevo, y espero no equivocarme.»
La novela de Stoker está escrita en lo que se conoce como «estilo epistolar» y toda la acción es narrada mediante entradas en diarios, periódicos, cartas, artículos y otras fuentes similares. Eso no sólo dificultó el que Hart la adaptara, sino que presentaba un auténtico desafío a Coppola. Salvo en unas breves secuencias del Dracula de la Hammer esas cartas, diarios, etc, jamás habían aparecido en ninguna película basada en la novela de Stoker, y el director quería incluirlas.
«Hay que reconocer que Francis encontró formas muy elegantes y altamente cinematográficas de incluir las entradas en el diario-se entusiasma Hart-. Por ejemplo, un tren atraviesa los Cárpatos viajando por encima del diario de llarker, y el cuaderno de bitácora del Dcmctcr [el barco que lleva a Drácula hasta Inglaterra] es proyectado sobre las velas.»

Y Coppola no sólo utilizó la tecnología de finales del siglo XIX (un personaje mecanografía sus cartas), sino que llega a sugerir que el mismísimo Drácula se siente atraído hacia el mundo moderno porque le interesan sus innovaciones técnicas. Por ejemplo, en el guión Drácula se encontraba con Mina en las calles de Londres e iban al cine juntos. Habia dos razones que justificaban la escena: ayudaba a describir la aparición de la nueva tecnología (Drácula representaba el puente entre el mundo antiguo y el mundo moderno), y también estaban los motivos presupuestarios.
«No podíamos permitirnos el lujo de construir lodo el zoo de Londres -explica Hart-, y Francis quería que Drácula estuviera al corriente de los últimos adelantos científicos, como si su mente se encontrara años por delante de su época, por lo que deseaba que Drácula fuera al cine. La escena entre él y Mina es realmente conmovedora.»
Las películas llevaban muy poco tiempo siendo proyectadas en locales especiales (antes eran vistas en máquinas accionadas a mano), y los espectadores se impresionaban ante cualquier cosa que apareciese en la pantalla.
«Hemos utilizado un "tren fantasma”, un aparato usado para proyectar negativo en los primeros tiempos del cine -dice Savitch-, También hemos utilizado metraje antiguo en el que aparece la reina Victoria, y unos cuantos trucos con espejos.»
El guión original de Hart incluía una escena en la que Drácula se convertía en lobo, pero Coppola acabó decidiendo incluir unas cuantas transformaciones más -una niebla verde, una llama azul y una extraña criatura parecida a un murciélago-, en parte por las innovaciones que le ofreció el maquillador Greg Cannom.
«Una de las peores discusiones que tuvimos empezó porque Francis no paraba de preguntarme si no podíamos convertirle en murciélago -explica Hart-. Yo no paraba de repetirle que si rodábamos una escena en la que un murcielaguito saliera por una ventana el público se moriría de risa, y un día me dijo: "De acuerdo, ¿y si fuera un murciélago muy grande?” Acabamos creando un bicho al que bautizamos como “el murciélago sigiloso", y Francis concibió una nueva faceta tic Drácula que se parece mucho a un alma atrapada. No es humano y no es un murciélago, sino algo a medio camino entre una cosa y otra. No sólo es horrible, si no que resulta patético y digno de compasión: es como ver la maldición bajo la que vive Drácula. Es una escena asombrosa, y me sigue haciendo sentir deseos de llorar cada vez que la veo.»

«Savitch siempre estaba ofreciéndome  ideas y variaciones sobre lo que teníamos, y estas acababan convirtiéndose en planes detallados y listos para utilizar añade - Coppola -. La novela dejaba bien claro que Drácula podía adoptar varias formas. En el guión original aparte de Drácula estaba el lobo y una especie de monstruo lobuno, pero el murciélago gigante y otras formas son fruto de la creatividad de los maquilladores y de su capacidad para conseguir efectos creibles.»
Savitch no había trabajado con Coppola anteriormente, y quedó muy impresionado. «Sabe dar forma a las escenas -dice-. No se limita a trabajar con los actores, y utiliza todos los elementos como si fuesen arcilla para realzar la secuencia al máximo tanto si es una proyección muy sutil en la pared del fondo como las escenas que se desarrollan en los aposentos de las novias, donde empleó grandes cantidades de proyecciones y decorados muy extraños. Hay partes de la película muy, muy estilizadas -sigue explicando-, pero ver algo hecho con un enfoque distinto resulta tan original y refrescante y le da un aspecto tan poco corriente que no puedes evitar el que te fascine. Francis es uno de los pocos directores que no teme al color. Ya sabe, la típica protesta de que algo no debería ser así, el ciclo no tiene que ser anaranjado o del color que sea... eso no le asusta. La película es Drácula en toda su pureza, pero con la maravillosa visión estilizada de Francis Ford Coppola afirmando que valía la pena hacer otro Drácula. Es una forma muy pura de sensualidad mezclada con terror que acaba creando algo así como una película de Drácula para puristas.»
Coppola está de acuerdo con esa definición de la película.
«Cuando era pequeño, la novela me atraía porque me asustaba, pero toda la historia se origina en la sexualidad y el fenómeno ciútico -explica-. Creo que el mito del vampiro establece una comunicación directa con esa fascinación latente que hay dentro de todos nosotros.
»Ya he dicho que creo que los espectadores van al cine porque quieren ver algo nuevo, y cuando te enfrentas a un clásico como Drácula intentas aportarle algo personal, un poco de tu propia visión. Quería hacer algo que se saliera de lo corriente. Lo que verán es el libro tal y como era para Francis cuando lo leía en voz alta a esos niños de ocho años. Francis el ex estudiante de artes dramáticas filmando Drácula... eso es lo que hemos estado haciendo.


La creación de Drácula (2 parte)

Written by John Doe on at 10:20 a.m.

Segunda parte del artículo de Bill Warren.
...Coppola examinó y descartó muchas ideas sobre la película. Al principio quería hacerla a pequeña escala usando telones proyectados en vez de decorados, y había otros conceptos argumentales muy imaginativos pero que quizá habrían resul­tado un poco excesivos para el espectador promedio. Steranko revela que Coppola pensó en rodar partes de la película en 3-D y que acabó descartando la idea. Una vez terminado el guión y aprobados los diseños de Ishioka y los otros artistas Steranko preparó storyboards muy completos para toda la película. Los storyboards no sólo estuvieron a disposición de lodos los que trabajaban en el proyecto durante cada día del rodaje, sino que Coppola llegó a rodarlos.
«Llegó a crear todo un lar­gometraje de animación con voz, música y banda sonora basándose en las imágenes de los sloryboards -dice Steranko-, y eso le permitió decidir cómo sería la película antes de empezar el rodaje.»
Coppola siempre había tenido la intención de utilizar un reparto lo más joven posi­ble con la única excepción del actor que interpretaría a Van Helsing, el personaje que más ha cambiado en la transición de la novela a la película. En el libro de Stoker Van Helsing es un anciano educado y afable que habla con un ridículo acento holandés; en la película es un intelectual que ha visto el lado oscuro de la vida y ha escogido la luz. Coppola quedó encantado cuando Anthony Hopkins aceptó interpretar el papel, y a Hopkins le encantó que se lo ofrecieran.
Naturalmente, el papel de Mina fue adjudicado a Ryder, quien ya llevaba algún tiempo buscando un personaje que le permitiera alejarse de los papeles adolescentes que llevaba interpretando desde su primera película, Lucas.
«Winona acababa de cumplir veintiún años-explica Coppo­la-, por lo que había pasado de ser una adolescente a ser una mujer joven. La película es una historia de amor con escenas muy apasionadas, y le ofrecía la ocasión de demostrar que no sólo podía interpretar a una mujer victoriana, sino también a una enamorada. Winona se ha esforzado al máximo y ha conseguido una gran interpretación.»
Jonathan Harker, el personaje cuyo viaje al castillo de Drácula pone en marcha la cadena de acontecimientos, fue confiado a Keanu Reeves. Lucy, la amiga de Mina y la primera víctima de Drácula en Inglaterra, es interpretada por Sadie Frost, un descubrimiento de Coppola que debuta en el cine norteamericano con este papel. Los pretendientes de Lucy, tres jóvenes que han compartido varias aventuras, son el doctor Seward, el director de un asilo para lunáticos interpretado por Richard E. Grant (Warlock); Arthur Holmwood, un noble interpretado por Cary Elwes (The Princess Bride) y Quincey Morris, un vaquero tejano interpretado por Bill Campbell (Rocketeer).
El loco Renfield, un personaje tan exuberante y aparatoso como importante en la acción, es interpretado por el actor, músico y cantante Tom Waits. «Fue una gran experiencia-dice Waits-, Lo pasé en grande, y acabó teniéndome, miedo a mí mismo. Pude gritar en rumano, recibir duchas con manguera en ese asilo tenebroso... Fue fascinante, y muy difícil de explicar.»
Las tres novias de Drácula que intentan seducir a Harker en el castillo del Conde son interpretadas por la actriz, italiana Monica Belluci, la modelo israelí Michaela Bercu y una autén­tica transilvana, Florina Kendrick, quien se encargó de enseñar a las otras novias -y al mismísimo Drácula-, los diá­logos en rumano que Coppola quería que pronunciaran.
Dar con el actor que inter­pretaría a Drácula resultó bas­tante difícil, y entre los consi­derados estuvieron Daniel Day-Lewis y Jeremy Irons, ambos galardonados con el Oscar de la Academia. Acto­res que Coppola creía habrían sido perfectos para el papel no estaban disponibles, como suele ocurrir; otros se acerca­ban bastame a la imagen de Drácula que se había formado, pero no lo suficiente.  «Cuando me he metido en un lío y no encuentro a nadie que encaje perfectamente con los requisitos fijados tiendo a buscar el actor más brillante que haya disponible -dice el director-. Cuando rodamos The Godfather (El padrino) empezamos con italianos de sesenta anos que pudieran ser el Padrino, pero no había nadie convincente,' así que me dije “Contratemos al mejor actor del mundo, contratemos a Laurence Olivier o a Marlon Brando’’, y con Drácula he usado el mismo método.» ", Y acabó escogiendo a Gary Oldman (JFK), una elección un tanto sorprendente, ya que Oldman no es el prototipo de apostura y corpulencia masculina que se suele asociar con el papel,-.<«Lo que me gustaba de Gary eran sus recursos técnicos de gran actor y el que fuese capaz de vérselas con todas las facetas de Drácula -explica el direc­tor-, Básicamente le escogí por sus dotes interpretativas.»

Coppola no sólo es un firme partidario de los ensayos cuanto más prolongados mejor, sino que llega al extre­mo de hacer vivir durante una temporada al reparto en el lugar donde se rodará para que los actores se conozcan entre sí y puedan ir desarrollando sus personajes mediante la improvi­sación continuada; y el reparto pasó algún tiempo en el rancho del norte de California propiedad de Coppola, lo que Ryder asegura ha sido una de las mejores experiencias de su vida.Una de las razones para esta preparación tan concienzuda era que Coppola cree que eso permite que los actores vayan creando el pasado de sus personajes. Coppola explica su método de trabajo haciendo una comparación entre las perso­nas de carne y hueso y los personajes cinematográficos.



«Recuerdas que conociste a alguien hace diez años o que estabas enamorado de esa chica... la gente tiene recuerdos-dice el director-, pero los actores se enfrentan a los personajes sin tener ningún recuerdo, y por eso utilizo la improvisación para conseguir algo que casi podría llamarse "programación del actor". A veces les hago improvisar una escena en la que dos personajes se conocen a pesar de que no esté incluida en el guión. Las personas siempre llevan consigo un montón de equipaje emocional del que no suelen ser conscientes -sigue explicando-; pero cuando ocurre algo inesperado todo eso sale a la luz, y ésa es la razón de que prepare a los actores mediante improvisaciones y juegos teatrales y les proporcione el recurso de todos esos ejercicios que refuerzan la memoria. Cuando llegue el momento de rodar el guión, si todo ha ido bien eso les permitirá obtener una interpretación mucho más rica, y los actores serán mucho niás parecidos a personas de carne y hueso que reaccionan dejándose guiar por sus instintos.»
Coppola también utilizó una de las técnicas más empleadas por los directores de los tiempos.del cine mudo: la música en el plató para que los actores comprendan mejor la época en que se desarrolla la historia. El director no pudo contar con los servicios de Vittorio Storaro, su cámara habitual, pero quedó muy satisfecho de Michael Ballhaus, quien acabó asumiendo las tarcas de director de fotografía. Ballhaus apoyó entusiásticamente el enfoque experimental deseado por Coppola, y descubrió que trabajar con el vídeo de alta definición era tan interesante como útil. Ballhaus había trabajado en varias ocasiones con Rainer eWerner Fassbinder en su Alemania natal; más recientemente se ha encargado de la fotografía en cinco películas de Martin Scorsese, incluyendo Age of Innocence, que está a punto de estrenarse y donde también trabaja Ryder. Otros títulos famosos de su historial son Dirty Rotten Scoundrels (Un par de seductores), Working Girl (Armas de mujer) y Los fabulosos Baker Boys, por la que fue nominado al Oscar.
Naturalmente una película como Bram Stoker's Dracula exigía un asocio visual muy cuidado, pero cuando Coppola retrasó el reloj para contar su historia victoriana también escogió un enfoque retro para los efectos especiales.(...)
                                       

La creación de Drácula (1 parte)

Written by John Doe on martes, 3 de enero de 2012 at 7:06 a.m.

Escrito por Bill Warren

Es muy probable que el Conde Drácula de Bram Stoker haya protagonizado o aparecido en más películas que cualquier otra criatura de ficción. El vampiro, y espe­cialmente la imagen de el inmortalizada por Bela Lugosi -acento húngaro, traje de etiqueta, capa para ir a la ópera-, ha fascinado la imaginación del mundo durante décadas, pero ha ido evolucionando lentamente hasta convertirse en una figura entre cómica y anticuada.

Por otra parte, la novela continúa reeditándose -nunca ha estado agotada desde que fue editada por primera vez en 1897-, y sigue acumulando lectores año tras año pese a su ya algo polvorienta ambientación victoriana.
Hay algo muy poderoso en esa novela, algo que parece ir mucho más allá de la imagen cinematográfica habitual de Drácula tanto si es interpretado por Lugosi, Christopher Lee, Frank Langclla o cualquier otro actor.
Stoker dio con un auténtico manantial oculto de emociones y miedos primigenios. Hubo historias de vampiros anteriores a Drácula y no cabe duda de que ha habido muchas después, pero únicamente Interview with a Vampiro de Anne Rice y sus secuelas posteriore han conseguido acercarse a lo que hizo Stoker... y Stoker dio en el blanco sin ser muy cons­ciente de el lo. Después de todo, su novela es básicamente una historia de acción e intriga combinada con elementos de los relatos de aventuras y las novelas románticas victorianas. Los temas ocultos están ahí, pero es muy probable que el escritor irlandés pasara por alto su presencia.
Los temas tratados por Sto­ker son tan complejos como intemporales: la soledad de la inmortalidad; el atractivo del amor que no termina nunca; la lucha entre el mal más retorci­do y la virtud más pura; el poder y el control sexual; la sensualidad de las mujeres; el miedo a la muerte y a lo que hay más allá de ella... Prácti­camente ninguna de las pelí­culas que han utilizado a la creación más famosa de Sto­ker ha tratado estos temas... hasta que Francis Ford Coppola decidió convenir el guión de James V. Hart en una pelícu­la titulada Bram Stoker's Dracula. Tal y como Coppola contó a los asistentes a la Comic Con celebrada en San Diego el mes de agosto de 1992, cuando era joven trabajó como instructor teatral en un campamento veraniego. No podía ir al campamen­to cercano en el que estaba su novia hasta que los chicos confiados a su vigilancia estuvieran dormidos, y se le ocurrió que leerles una novela antes de la  hora de acostarse quizá le ayudaría a ganar un poco de tiempo. «El libro que escogí fue Drácula -dice el director-. Les leía un rato antes de que se fueran a acostar, me escuchaban, se morían de miedo y se iban a dormir enseguida.»
El Conde volvió mucho tiempo después para obsesionar al director de una forma distinta. Coppola había escogido a Winona Ryder para que interpretara uno de los papeles prota­gonistas de The Godfather, Part III, pero la actriz tuvo que abandonar el proyecto por razones de salud. Coppola seguía queriendo trabajar con ella, y la invitó a que le llevara guiones que le parecieran interesantes. A comienzos de 1991, Ryder le trajo el guión de Hart, que originalmente había sido concebido como una adaptación televisiva de la novela. Coppola decidió llevarlo al cine. «Leer la novela a esos chicos en voz alta antes de que se acostaran hizo que acabara teniendo la sensación de saber algo que quienes no habían leído el libro ignoraban -explica Coppola-. Todos habíamos visto las películas, que son muy distintas las unas de las otras.»
I.a versión de Tod Browning y Bela Lugosi se basó en la adaptación teatral escrita por Hamilton Deane y John L. Balderston, la cual también sirvió como base de la versión John Badham/Frank Langella. El famoso Drácula de la Hammer contaba con un guión original que aún se alejaba más de la novela; las dos adaptaciones televisivas más conocidas -protagonizadas respectivamente por Jack Palance y Louis Jourdan-, eran un poco más fieles, pero seguían estando muy lejos de Stoker.
Coppola había visto muchas deesas películas y guardaba un buen recuerdo de ellas, especialmente de La mansión de Drácula (1945), protagonizada por John Carradine. Cuando la vio era muy pequeño, y la película tuvo el inesperado efecto de acabar llevándole a la revelación de que Drácula había existido realmente.
« Vlad el Empalador fue un príncipe de la zona de Transilvania -observa Coppola-, Cuando los turcos invadieron la Europa cristiana después de haber derrotado a los cristianos en Constantinopla, Vlad el Empalador frenó su avance. Era un hombre tan implacable que empalaba incluso a sus súbditos.
Los turcos entraron en sus tierras, vieron miles de cuerpos empalados que aún se retorcían, y quedaron tan horrorizados que decidieron retirarse.»
Hart decidió escribir un guión sobre Drácula después de haber leído la novela y de haber tomado ia decisión de abandonar la producción de películas de bajo presupuesto para dedicarse a escribir guiones.
A mediados de los años 70 leyó The Annotated Dracula, de Leonard Wolf (reeditado hace poco como The Essential Dracula), un volumen que incluye la novela de Stoker y las fascinantes notas y comentarios de Wolf. El guionista quedó especialmente impresionado por el final de la novela, en el que se explica que Mina lleva a su hijo al sitio en el que Drácula fue destruido por Van Helsing y sus colaboradores. Hart pensó que aquello era muy extraño, y eso le llevó a concebir la teoría de que el chico quizá fuese hijo de Drácula. El guionista combinó esa idea con una historia real sobre una mujer de la que el Drácula histórico estuvo enamorado.
«Vlad tenía una esposa o una concubina-dice Coppola-. En aquella época era bastante corriente tener muchas esposas. Durante una batalla, la mujer recibió una flecha turca con un mensaje diciendo que Vlad había muerto en el campo de batalla, y la noticia la afectó hasta tal extremo que se suicidó sallando a un río.»
Hart incorporó esta historia a sus sospechas sobre la auténtica identidad del hijo de Mina y adaptó fielmente la novela de Stoker, pero incluyó su aportación particular: Mina era la reencarnación de la amante de Drácula que se había suicidado.
«Después de leer The Annotated Dracula -explica Hart-, quedé convencido de que contenía el germen de una película increíble que jamás se había hecho. Decidí concentrarme en el aspecto más erótico de Drácula y las cualidades más épicas de la novela de Stoker, e intenté escribir el guión de una película «femenina» en el sentido opuesto a lo que se considera una película «de hombres». Utilicé el punto de vista de Mina en vez de emplear el de Jonathan Harker o Drácula. Por aquel entonces -sigue explicando-, unas cuantas personas apostaron grandes sumas de dinero a que no lo conseguiría, porque ya había varios guiones con vampiros en distintas etapas de producción. ¿Quien iba a ser lo bastante loco para interesarse por una antigualla como el Drácula de Stoker? El tiempo dio la respuesta: Coppola, evidentemente.
«Mi relación con la historia era personal -dice Coppola-, Lo que me atrajo fue la idea de hacer una película que tratara realmente a fondo el tema de la pasión y que estuviera basada en la novela de Stoker con los personajes tal y como él los describió, incluido un vaquero, un norteamericano llamado Quincey que no ha aparecido en ninguna de las películas de Drácula hasta ahora.» Aparte de eso, Coppola y Fred Euchs, la otra mitad de American Zoetrope (la productora de Coppola], querían fortalecer su presencia en Hollywood y un gran estudio como la Columbia se mostró dispuesto a financiar la película. La decisión se produjo en el momento justo, y ambas partes no tardaron en llegar a un acuerdo. Coppola empezó a reunir el equipo técnico a comienzos de 1991, y empezó por las personas que creía podían ayudarle a resolver los problemas de diseño y aspecto visual: uno de los reclutados fue Jim Steranko, quien quedó tan sorprendido como complacido.
Actualmente, Steranko es editor y director de la revista Prevue (para la que escribió un artículo dividido en dos partes explicando su participación en el proyecto), pero antes ganó fama internacional como dibujante de cómics e ilustrador de portadas. Es conocido tanto por su inmensa imaginación como por su dominio de una amplia gama de técnicas, por lo que pensándolo un poco resulta lógico que Coppola acudiera a él.
«Francís me contrató para que fuese algo así como su «hombre de las ideas» - explica Steranko -. Quería aportar nueva vida a la leyenda de Drácula porque le preocupaba que en los últimos veinticinco años se hubieran hecho más de cuarenta películas sobre el personaje. Buscaba nuevos enfoques, y contrató a mucha gente que apenas había tenido relaciones anteriores con el cine.»
Coppola también se puso en contacto con Eiko Ishioka, quien ya había diseñado los trajes para el segmento del Faerie Tale Theater de Shelley Duval dirigido por Coppola.
«Eiko ha trabajado en teatro tanto aquí como en Japón -revela Steranko-, y su labor principal fue visualizar la indumentaria de los personajes. Supongo que habría debido imaginarme que Francis se interesaría mucho por cosas como peinados, telas, arquitecturas, etcétera. Ahora que le conozco bien, creo que no hay ningún arte que no le interese.»
Hart, Steranko, Ishioka y otros talentos se congregaron en los cuarteles generales de la American Zoetrope en San Francisco, donde Coppola intentaba concretar sus ideas visuales para la película. «Francis tiene una biblioteca inmensa - revela Steranko-, y mientras trabajábamos en el proyecto, hacíamos que su bibliotecario nos enviara libros para poder examinar ilustraciones de ese período. Acabamos repasando casi todo e1 arte de la época, por ejemplo los cuadros de Bocklin y otros artistas de aquel entonces cuya obra poseía una cualidad decorativa muy especial.»
Román Coppola, el hijo de Francis y el director de la segunda unidad y supervisor de los efectos especiales en la película, enfatiza todavía más el papel jugado por el arte en el aspecto visual de Bram Stoker's Dracula.
«No cabe duda de que la película es muy estilizada -dice el  más joven de los Coppola-. Los decorados y los trajes eran creaciones originales, y eso nos permitió utilizar la imaginación al máximo. El aspecto visual en la película es muy original, y un término muy importante a la hora de describirlo es que utiliza un estilo simbolista. El arte de la época victoriana estaba dominado por los cuadros simbolistas en los que pirámides, plumas de pavo real u otras imágenes representaban distintas ideas. Puedo asegurar que ese tema está esparcido por toda la película.
Algunos de los artistas cuya obra fue examinada por Coppola para la película pertenecen a épocas muy diversas, y van desde Gustav Klimt, el diseñador/pintor de los siglos XIX y XX hasta el poeta y artista prerrafaelista Rosetti pasando por Botticelli, el genio del Renacimiento.
Mientras tanto, Hart y Coppola trabajaban en el guión, que Hart calcula sufrió más de cincuenta recscriluras. El guionista quedó especialmente complacido con las innovaciones visuales de Coppola, casi todas relativas al problema de «cómo presentar a ese horrible monstruo que chupaba sangre, cómo conseguir que la imagen cine te habías hecho de él hubiera cambiado radicalmente al final de la película. Las transiciones visuales que aportó al guión crean una experiencia literaria cinematográfica, un mundo en el que la mente sueña despierta y los pensamientos cobran vida». Los métodos de los pintores simbolistas también jugaron un papel importante en este proceso, pues Coppola ha utilizado tanto las imágenes (serpientes, por ejemplo) como ciertos colores (especialmente el verde absenta) para reforzar y desarrollar los significados ocultos en la película.
Cuando el guión ya casi había cobrado su forma definitiva, Coppola tuvo una idea para evaluar las reacciones del público.
«Francis seleccionó a unos cuantos actores de teatro de San Francisco -revela Steranko-, y les hizo leer/representar el guión. Todos nosotros estuvimos allí tomando notas sobre las escenas, que tal funcionaban, qué hacía reaccionar al público de una forma o de otra, de qué se reían, qué les asustaba, qué les aburría... La primera representación duró dos horas y quince minutos.»  (...)


En busca del auténtico Drácula

Written by John Doe on lunes, 2 de enero de 2012 at 8:01 a.m.

Artículo de Raymond McNally
Conseguí una beca del gobierno de los Estados Unidos para que fuese a Rumania y averiguase todo lo posible sobre Drácula. Creo que es la única vez en que un gobierno ha financiado una investigación sobre los vampiros, pero no me sentí muy culpable. ¡Después de lodo, el dinero del gobierno se ha gastado en cosas mucho peores que los vampiros!
Fui a Rumania en 1969, y pasé un año en ese país haciendo investigaciones sobre el Drácula real. Allí era más conocido por su apodo de «El Empalador», que se había ganado gracias a su gran afición por ese método de ejecución. El empalamiento es un arle perdido, por lo que se impone una breve explicación. Empalar a alguien significa básicamente que lo atraviesas con una estaca convirtiéndolo en algo parecido a un chupachups humano. Hay muchas formas de hacerlo, como clavar la estaca en el pecho o, incluso, introducirla por la boca; pero el método clásico era colocar a la víctima en el suelo con los miembros extendidos al máximo y atar un caballo a cada pie. Después se preparaba una gigantesca eslaca o poste lo bastante sólido para sostener a un ser humano. Era aconsejable que la estaca tuviese una punta redondeada, pero no puntiaguda porque de lo contrario la víctima moriría rápidamente. La estaca ideal también debería estar untada de aceite para que pudiera ser insertada fácilmente en el ano de la víctima. Los caballos avanzaban lentamente mientras se iba insertando la estaca, y en cuanto ésta había quedado asegurada dentro del cuerpo de la víctima se corlaban las cuerdas que unían los pies a los caballos. Después de esto, la infortunada víctima era levantada junto con la estaca, y se iba hundiendo gradualmente en ella muriendo poco a poco por la exposición a los elementos.
No cabe duda de que existen métodos más rápidos y sencillos de matar a alguien, pero este método de tortura tiene un propósito secundario aparte del de provocar la muerte. Al igual que la crucifixión, el empalamiento proporciona un ejemplo duradero de lo que le puede ocurrir al desobediente dando un motivo de reflexión a los que siguen con vida, y apenas hará falla decir que en tiempos de Drácula, la ley y el orden reinaban en lodo el país.
Hay una clara conexión histórica entre Drácula y Transilvania. Vlad Drácula nació allí el año 1431 en el hernoso pueblo de Sighisoara; y aunque posteriormente gobernaría el sur de Rumania, Drácula mantuvo intacta su relación y contactos con los pueblos y ciudades transilvanos durante toda su vida hasta 1476, el año en el que murió. Firmó como «Drácula» de forma muy clara y legible dos manuscritos entregados a los ciudadanos del pueblo de Sibiu (Transilvania).
El nombre «Drácula» liene sus orígenes en la Orden del Dragón, que fue conferida al padre de Vlad por Segismundo, el Sacro Emperador Romano, en el castillo de Nuremberg el año 1431. El padre de Vlad acabó siendo conocido como «Dracul», y Vlad se sentía tan orgulloso del codiciado honor conferido a su padre que se proclamó a sí mismo «Drácula», lo cual significa «hijo de quien poseía la Orden del Dragón». Pero «Dracul» también es uno de los nombres de Satanás en rumano, y posteriormente Vlad sería considerado «el hijo del diablo». La insignia de la Orden era el dragón o la serpiente alada, que también es un símbolo muy usado para representar al diablo tanto en el folklore como en el arte rumano. La orden no era maligna, pero cuando el padre de Drácula volvió a Rumania después de haber estado en Oriente llevando el símbolo del Dragón sobre su capa y su escudo, los campesinos creyeron que había vendido su alma al diablo, y el padre de Drácula es conocido en la historia rumana como Vlad «el Diablo».
Mucho tiempo antes de que naciera Stoker, el Drácula histórico ya fue protagonista de historias de terror que se convirtieron en auténticas superventas de la época. A finales del siglo XV la gente estaba tan interesada por el terror como hoy, y los monjes contaban esas historias y las copiaban para entretener a otros durante las frías noches de los monasterios. Una de esas historias afirma que Drácula tenía la costumbre de cenar rodeado de muertos y agonizantes; lo cual establece una conexión entre el Drácula histórico y el vampiro. El príncipe rumano era lo que los médicos de hoy en día llaman un «vampiro viviente», un término clínico aplicado a los pacientes que beben sangre humana. No cabe duda de que Drácula disfrutaba mojando su pan en la sangre de sus víctimas, que recogía en cuencos para tenerla disponible en su mesa. Después engullía el pan ensangrentado, una parte básica de su dieta saturada de proteínas.
En una ocasión, unos embajadores extranjeros fueron a visitarle y no se quitaron el sombrero delante de él. «¿Por qué me habéis deshonrado así? -les reprochó Drácula-. Nadie puede llevar la cabeza cubierta en mi presencia.» «Sefior-replicaron los embajadores-, es costumbre nuestra no descubrimos nunca delante de nadie, sea quien sea.» «Muy bien -respondió Drácula- Sed valientes. Deseo reforzar la fe que tenéis en vuestras costumbres». Y mandó llamar a sus esbirros y les ordenó que les unieran los sombreros a la cabeza con clavos. «Volved a vuestro hogar -les gritó después-, y decid a vuestro señor que hace bien protegiendo las costumbres de su tierra, pero que cuando me envíe embajadores será mejor que se dobleguen a mis costumbres.»
A veces, Drácula demostraba poseer un sentido del humor bastante negro. Un noble que estaba cenando con él entre sus víctimas empaladas no podía soportar el olor de los cuerpos en descomposición, y se tapó la nariz con la mano. Drácula se percató de esa imperdonable falta de educación y le preguntó por qué se tapaba la nariz, a lo que el noble respondió que porque no podía soportar la pestilencia de los cadáveres putrefactos. «Muy bien -replicó Drácula-, voy a resolver tu problema.» Mandó traer una estaca muy alta y ordenó que empalaran a su invitado en ella, con lo que el hombre clavado en la estaca quedó muy por encima de las otras víctimas. «¡Ya está! -le gritó Drácula-, Ahora estás suspendido entre las brisas más frescas y limpias, y ya no tienes que soportar la pestilencia de estos cadáveres que se pudren aquí abajo.»

En otra ocasión, Drácula mandó colocar una hermosa copa de oro en un sitio muy visible junto a un arroyo de agua fresca, y muchas personas la cogieron para beber en ella. Cada persona devolvió la copa obedientemente a su sitio después de haber bebido, y nadie se atrevió a robarla porque lodos sabían que Drácula haría empalar al ladrón inmediatamente. Fue un acérrimo defensor de la ley y el orden, y durante su reinado nadie osaba robar, porque fuera cual fuese su importancia, Drácula castigaba todos los delitos con la pena de empalamiento. Su razonamiento era que si se permitía que los pequeños delitos quedaran impunes la gente poco a poco se iría animando a cometer crímenes más serios.
Drácula noquería tener alrededor ningún heredero en potencia que pudiera desafiar su poder absoluto. En una ocasión en que estaba de muy mal humor, su amante cometió la imprudencia de creer que podría animarle di-ciéndole que estaba embarazada porque daba por sentado que Drácula se alegraría de oír esa buena noticia.
Drácula no se alegró. «No puede ser», le dijo, cogió un cuchillo y la abrió en canal para que «todo el mundo pudiera ver dónde se encontraba su fruto». Drácula utilizó todo tipo de procedimientos para eliminar a cualquier joven rival al trono: el padre de Drácula había sido ilegítimo y consiguió reinar, por lo que Drácula procuró librarse tanto de los hijos legítimos como de los ilegítimos.

La infancia de Drácula fue muy difícil, lo cual quizá sea una de las claves de su extraña conducta posterior. Fue educado como cristiano en Transilvania, pero su padre le dejó como rehén entre los turcos cuando sólo tenía trece anos, y de repente el joven Drácula se encontró rodeado de personas cuyo lenguaje y religión no comprendía. El padre y la madre de Drácula volvieron a casa dejando abandonado al chico en Turquía, y el sultán le retuvo allí como una especie de seguro humano que le garantizaba que el padre de Drácula no le atacaría. El joven Drácula fue enviado en barco hasta el castillo de Egrigoz, una fortaleza que se encontraba a gran altura en las inaccesibles montañas del Asia Menor. (Una serie de pistas que encontré en las antiguas crónicas turcas me permitieron averiguar dónde se hallaba el castillo: fue la primera vez que un erudito lograba situarlo aunque sólo fuese en un mapa. Me desplacé hasta allí para contemplar las ruinas del castillo-prisión donde había estado cautivo Drácula, y las vi con mis propios ojos.)
Drácula estuvo prisionero allí desde 1444 hasta 1448, cuando le llegó la horrible noticia de que su padre había violado la promesa hecha al sultán y había declarado la guerra a los turcos... siendo plenamente consciente de que obrando así ponía en peligro la vida de su hijo. El padre llegó al extremo de hablar de ello en una carta dirigida a varios pueblos y ciudades de Transilvania. Esta terrible traición debió enseñar a Drácula que la vida 110 vale gran cosa. Por suerte -pero no gracias a su padre-, el sultán decidió no replicar matando a Drácula, y siguió utilizándole como peón en sus planes y negociaciones diplomáticas.
Vlad Drácula acabó consiguiendo hacerse con el poderen el sur de Rumania gracias al apoyo de los turcos en 1456 y gobernó hasta 1462, un reinado relativamente breve. Pero en ese tiempo se las arregló para matar a unas cien mil personas, según el obispo de Erlau (un testigo bastante imparcial). Considerando que toda la población del reino sólo ascendía a quinientas mil personas, no cabe duda de que Vlad fue uno de los peores asesinos de masas de toda la historia, y que se le puede comparar con Hitler y Stalin. Pero Drácula encabezó una cruzada contra los turcos durante esos seis años de reinado, y eso hizo que muchos de sus crímenes fueran excusados. Algunos decían que era cruel porque la época también era cruel, e incluso el papa Pío II le admiró, y apoyó a Drácula por considerar que era un gran guerrero que luchaba contra los infieles turcos; pero todos los datos disponibles apuntan a la innegable conclusión de que el Drácula histórico era un sádico asesino tan peligroso como Charles Manson o Jeffrey Dahmer, y habría tenido que ser denunciado como tal. Incluso después de 1462 cuando estaba cautivo, Drácula no consiguió renunciar a su fea costumbre de empalar gente: estar dentro de una celda le impedía echar mano a seres humanos, pero capturaba ratones, los torturaba y los empalaba en palitos. Sobornó a sus carceleros para que compraran pájaros en el mercado y se los trajeran, después de lo cual les arrancaba las plumas y veía cómo revoloteaban frenéticamente por su celda. Cuando se hartaba de ese entretenimiento Drácula los empalaba.
El causante de que Drácula fuera capturado y encerrado en una celda de Budapest fue el rey húngaro Matías, quien dio esa orden no para castigarle por sus crueldades sino para ocultar sus propios pecados. Matías se había gastado las cuarenta mil monedas de oro que el papa Pío n le había confiado para que se las entregara a Drácula con el fin de que las utilizara en su cruzada contra los turcos. El rey ordenó rcdactar cartas falsas en las que Drácula juraba lealtad al sultán, y eso le permitió declararle traidor a la causa cristiana y le dio un pretexto para justificar el que se hubiera embolsado las cuarenta mil monedas de oro que habrían debido ir a parar a las manos de Drácula.
En 1476, Matías decidió volver a colocar a Drácula en el trono del sur de Rumania. Durante una batalla con los turcos que tuvo lugar a finales de esc año, Drácula se puso el uniforme de un soldado turco para poder inspeccionar mejor el campo de batalla. Se encontró con unos cuantos soldados suyos, y se supone que éstos no le reconocieron n causa del disfraz de turco y le dispararon flechas. Drácula mató a cinco o seis soldadós con su lanza, pero la inferioridad numérica era abrumadora: los soldados dispararon más flechas y le mataron. Después le cortaron la cabeza y se la entregaron a los turcos como trofeo de victoria porque los soldados turcos seguían teniendo un miedo terrible al hombre a quien llamaban el «Príncipe Empalador». El sultán exhibió la cabeza de Drácula en las murallas del Castillo Topkapi de Estambul, pero el folklore rumano afirma que Drácula no llegó a morir, y que volverá a gobernar-el país en tiempos de gran necesidad.

La leyenda del Drácula histórico fue muy popular a finales del siglo XV y durante el XVI, pero después cayó en el olvido hasta el siglo XIX. Fue entonces cuando el escritor irlandés Bram Sloker decidió resucitar al príncipe rumano conviniéndolo en el Conde Drácula vampírico. Al principio, Stoker pensaba llamar «Conde Wampyr» a su protagonista... lo que, naturalmente, habría sido como poner las cartas sobre la mesa desde el principio y habría despojado a la novela de todo su suspense. Afortunadamente, mientras estaba de vacaciones,
Stoker leyó un libro de William Wilkinson que describía las hazañas del Drácula histórico. El príncipe le fascinó, y decidió cambiar el nombre del protagonista de su novela. Stoker pensó que si el Drácula histórico había sido tan aterrador cuándo vivía, lo sería mucho más después de haberse convertido en un no muerto.
La novela hace referencias históricas a la campana militar contra los turcos emprendida por Vlad Drácula, su decisión de seguir luchando hasta el fin, la traición de quienes le rodeaban, etcétera, pero la mayoría de lectores no eran conscientes de que fuesen hechos reales. La ironía está en que Stoker no inventó ninguna de esas referencias, y en cuanto al folklore vampírico del libro, Sloker lo desarrolló basándose en The Land Beyond the Forest, un estudio antropológico de Emily Gerard. Lo que utilizó en su novela son mitos en los que la población de Transilvania sigue creyendo, como el de que los ajos y la cruz pueden repeler a los chupadores de sangre, que los vampiros no se reflejan en un espejo, etcétera. La única auténtica invención de Stoker fue relacionar al Drácula histórico con el auténtico folklore rumano. Las creencias en los vampiros siguen estando muy extendidas por toda Transilvania, como demuestran las siguientes experiencias personales. Al pie del castillo Drácula, que localicé por primera vez en el pueblo de Poenari (Rumania), conocí a una joven gitana llamada Tinka que me contó que su padre era un vampiro. Treinta años antes había muerto y fue expuesto en un velatorio que duró tres días, pero al final de ese período de tiempo los aldeanos se dieron cuenta de que el rigor mortis aún no so había producido: la piel seguía estando flexible y las mejillas tenían un saludable color sonrosado... las dos señales por las que se reconoce al vampiro, el no muerto. Tinka me dijo que ella sabía lo que era preciso hacer, pero que no se sintió capaz de destruir el cuerpo de su querido padre. Los aldeanos no fueron tan melindrosos: cogieron una estaca de madera, la hundieron en el corazón del cadáver e hicieron que atravesara el fondo del ataúd de madera hasta dejarla clavada en el suelo para impedir que el-cadáver pudiera incorporarse. (De hecho, no basta con clavar la estaca en el cadáver tal y como se ve en algunas películas de Hollywood: la estaca debe atravesar todo el cuerpo y quedar clavada en el suelo por debajo de él uniéndolo a la tierra e inmovilizándolo como hacen los coleccionistas de mariposas con sus presas. Una vez hecho eso, si le sigue preocupando que años después aparezca algún idiota que quite la estaca, lo que debería hacer es quemar el cadáver.)
Mientras recorría Transilvania, me encontré con un cortejo fúnebre en el pueblo de Rodna, cerca del Paso Borgo. Me quedé a presenciar la ceremonia, naturalmente, y un campesino de la localidad me informó de que iban a enterrar el cadáver de una joven que se había suicidado. Yo sabía que en Transilvania quien se suicida es un candidato a convertirse en vampiro (al igual que lo son las personas muy crueles, las brujas, los licántropos, los que mueren sin haber sido bautizados y los bebés que nacen envueltos en la placenta de su madre. El séptimo hijo de un séptimo hijo también está condenado a convertirse en vampiro). Los aldeanos de Rodna colocaron el ataúd dentro de una tumba muy poco profunda, apenas medio metro de hondo. Al principio no entendí el porqué hacían eso, pero descubrí la razón después de que hubiese terminado la ceremonia religiosa oficial. Los aldeanos volvieron al cementerio, sacaron el ataúd de aquella tumba tan poco profunda e introdujeron una estaca de madera a través del corazón hasta clavarla en el suelo por debajo de la joven difunta.

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John Doe

Blogger. Ex estudiante de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Mis "héroes" son James Frazer,Mircea Eliade, Joseph Campbell y Vladimir Propp.

 
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