La floración de la extraña orquídea
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Los cien años del vampiro
por Guillermo Cabrera Infante (Clarín, 19-6-1997)
Si en 1896 se hubiera pronunciado la palabra Drácula nadie habría entendido. Excepto si usted fuera rumano, idioma en que significa hijo del dragón. Su terminación femenina hizo creer a muchos que Drácula era una mujer. Pero en 1897 se publicó una novela con ese nombre, su autor un imperfecto desconocido, Bram Stoker. Se llamaba en realidad Abraham y adoptó el chiqueo familiar para firmar el libro. Hoy, Bram Stoker es tan conocido como muchos autores de ese siglo (Jane Austen, Charles Dickens, las hermanas Bronte) y es más famoso que Thackeray por ejemplo, quien se colocó en su Vanity Fair a la altura de Dickens. Drácula es, también, la culminación del género, tan inglés, del cuento gótico. Se inició al final del siglo XVIII con El castillo de Otranto, de Horace Walpole, publicada en 1764. Luego siguieron las historias de Mrs. Radcliffe y una obra maestra, El monje de Monk Lewis, y Frankenstein, de Mary Shelley, al que el cine hizo universal en 1931, con Boris Karloff en una emocionante aparición que tenía poco que ver con la novela original. El cine también popularizó en ese mismo año a Drácula. La diferencia entre las otras novelas góticas es que fueron escritas por escritores profesionales. Bram Stoker estaba lejos de serlo.
Un hombre alto y robusto que de niño había sido enclenque, Stoker hizo que su idolatría por el actor sir Henry Irving le consiguiera un puesto de gerente en su compañía. Los ingleses que iban al teatro Lyceum, en el Strand, al salir de la función se encontraban con este hombre taciturno y oscuro pero poco sabían que se hallaban ante un autor que sería conocido mucho más que el actor Irving por haber escrito la mejor y más famosa novela de su género y a su vez creado una de las obras maestras de la literatura inglesa. Como sus pares, Robert Louis Stevenson, que escribió El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, Stoker no era inglés, era irlandés. Pero, al revés de Stevenson y Conan Doyle, escritores escoceses, no había escrito nada que se semejara siquiera a Drácula.
Para mayor asombro hay que decir que Stoker, que nació y se educó en Dublin para ingresar en la carrera civil, era un burócrata y su primera publicación fue Los deberes de un funcionario de una magistratura menor. (Aquí Drácula, desde Hungría entonces y hoy en Rumania, lanza una carcajada con colmillos.)
Sirviendo de gerente a sir Henry Irving entre su entrada en escena hasta la salida del público, Stoker, el gigante amable como lo llamaban, se encerraba en su despacho encima de la taquilla y después de revisar las cuentas de cuánto se había hecho esa noche, se dedicaba a escribir, tanto que publicó 15 obras de ficción que aparecen ocultas como vampiros a la luz del día. También tuvo tiempo después de cerrado el teatro de compartir con sir Irving, que no sólo fue el primer actor armado caballero, sino que dominó la escena inglesa bajo el reino de Victoria. Decir que dominó es decir bien pues Irving era una personalidad dominante, bueno para controlar una compañía, pero a veces detestable. Se dice que si Drácula tuvo un modelo no fue el vampiro húngaro o el tirano rumano, sino Henry Irving. (Por favor, llámenle sir.)
Pero Stoker (cuyo nombre, de acuerdo con su físico, quiere decir fogonero) era un hombre metódico y hubo método en su locura, una obsesión con el vampiro al llegar a escribir: “El Nosferatu”, otro nombre rumano para el vampiro, "no puede morir”. Stoker no puede morir, más bien no puede morir su historia. No la dejan sus lectores, sus espectadores, sus productores.
Hecha de diarios, cartas, noticias y telegramas (Drácula es notable por hacer uso temprano del telégrafo y la máquina de escribir como vehículos de la trama) es la historia de un vampiro. Es decir, un no-muerto (y la palabra undead es otra invención de Stoker) que para permanecer inmortal debe alimentarse de la sangre fresca de un mortal (preferiblemente una mujer, para evitar intimidades que puedan parecer toqueteos de pederastas victorianos), evadir la cruz, el olor del ajo y los espejos (en los que no se refleja: Drácula tiene todos los defectos pero vanidoso no es. De este lado del espejo la hostia le es hostil y el agua bendita se le hace maldita y un crucifijo bien blandido es un arma enemiga, ya que el vampiro es inmune a las balas, siempre que no sean de plata). Para borrarlo de la faz de su tierra (Drácula siempre viaja en ataúdes llenos de su tierra) hace falta una estaca clavada en el pecho, siempre que se aguce antes y se sorprenda al vampiro durmiendo al mediodía. (Una de las faltas de Drácula es que, al revés de su autor, no hace horas de oficina.)
He aquí la historia inmortal:
Se abre el libro con un diario y es de las grandes novelas la que tiene peor inicio. El diario pertenece a Jonathan Harker, un abogado inglés que va de visita a Transilvania a complacer los antojos de un cliente llamado Drácula, conde húngaro. Harker, que se felicita por estar en contacto con un conde ("I am Dracula”, le dice a su cliente en la película un verdadero húngaro, Bela Lugosi, con un inglés bárbaro entre entonaciones melifluas y guturales) que le ofrece todos los manjares y tres bellezas nocturnas. El conde no come, no bebe y el único contacto sexual que se permite no es vaginal sino yugular. Harker que da atrapado en el castillo mientras Drácula, que lo ha hecho venir de Inglaterra, decide, curiosa conducta, irse solo a Londres. El abogado queda presa de las mercedes vespertinas (una de ellas, por cierto, se llamaba Mercedes) que se dedican al único deporte permitido en Transilvania: chupar cuellos. (Chupones, que hacen a Drácula la gran novela erótica victoriana.) Mientras tanto, el conde llega a Inglaterra, a Whilby, puerto borrascoso, en un barco a cuatro velas con veinticuatro cajas de muertos, estado en que está toda la tripulación del velero llamado Demeter, que como Stoker sabía no se refería a la tenebrosa diosa griega sino a un barco ruso llamado Dimitri.
Prosigue la trama -esta vez contada por Mina Murray, la novia de Harker-, su amiga Lucy Westenra (a punto de convertirse en la primera vampira: triunfo del feminismo inglés), el doctor John Seward y penúltimo pero no último, el doctor van Helsing, vampirólogo mayor, que solía pasar por allí y enseguida reconoce que los dos puntos de sangre en el cuello de Mina son obra del vampiro, que nunca se ha aventurado por estas islas tan lejos de Transilvania, que quiere decir del otro lado del bosque.
Después de varios pugilatos con el conde acudiendo al ojo en flor, la cruz ambulante y clavar la estaca esta vez en Lucy (que se ha dedicado a chupar sangre de bebés, haciéndose además de vampira, pedófila), Drácula se codea con la otra flor, la flor y nata de la sociedad victoriana y se pasea, populista que también es, por todo Piccadilly. Drácula, ya que la reina Victoria no lo armará caballero sino a van Helsing, decide volver a casa temprano y se va a Transilvania, más allá del paso Borgo. Los ingleses y el holandés errado van Helsing lo persiguen hasta su castillo, morada de vileza. Fue allí que Harker, como una visión de la fiebre, vio a Drácula bajar por una pared cabeza abajo, la capa extendida como las alas de un gigantesco murciélago, de esos que se llaman justamente vampiros. Entre Jonathan Harker y van Helsing hacen huir primero y destruyen luego a Drácula, en las palabras finales de Harker: “Era como un milagro; pero ante nuestros mismos ojos y casi como en un suspiro, todo su cuerpo se desmoronó hasta hacerse polvo y desapareció de nuestra vista”.
Pero el vampiro, como los mitos, no muere, solamente se transforma. Ha habido, ahora lo sabemos, incontables versiones de la vida, pasión y muerte de Drácula: en películas, en libros, en el teatro. Si hay algo inmortal en el siglo es el vampiro. Hasta las versiones en dos dimensiones y en blanco y negro se han hecho inmortales. No hay más que ver a Bela Lugosi, que moribundo se le ve en el cine, morfinómano y arruinado, pero inmortalizado y de paso arrastrando consigo hacia una forma de inmortalidad, a su amiso Ed Wood, torturado por el vicio, torturando al inglés: "I am Dracula".
A Bram Stoker, cuya casa cerca del Támesis goza de la inmortalidad de una placa (Stoker, Abraham -1747-1912- 18 St Leonard's Terrace, SW3 - Autor de Drácula), cuando le preguntaban cómo concibió la novela, siempre declaraba: "Fue una pesadilla que tuve después de comer demasiado marisco".
Leer otro artículo similar
Cine y teatro
Antes de morir en 1912 Bram Stoker hizo la primera versión de su visión. Drácula había vendido antes de 1900 más de un millón de ejemplares, pero su versión teatral fue un rotundo fracaso. Fue el cine que hizo un terror universal del vampiro alemán con Nosferatu, de 1922, dirigida por F.W. Murnau. La película originalmente se llamaba Drácula, es considerada una obra maestra y servía a la novela tan bien que la viuda le puso pleito a los productores y lo ganó. Nosferatu dio lugar a muchas variaciones del vampiro sin su maldito nombre protegido por las leyes de copyright: Count Alucard, Count Yorga, Barón Latoes, Blácula, etcétera. Su traslado a Broadway tuvo en el rol de Drácula a un desconocido actor húngaro cuya pronunciación del inglés era más oscura que sus intenciones. Se llamaba, se llamará siempre, Bela Lugosi. La Universal compró los derechos y se llevó a Lugosi a Hollywood. La productora quería como vampiro a Lon Chaney, el gran maestro del horror del cine silente. Pero Chaney contrajo cáncer de garganta y, literalmente, quedó mudo. Lugosi tomó su lugar (incluyendo su extraña voz, daba en el cine algo turbador y exótico y peligroso, seductor y cruel). En una palabra, fue el perfecto vampiro.
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Lovecraft y Borges
Hace unos días publiqué una entrada sobre Lovecraft en la que hablaba de la relación entre Buenos Aires y el Necronomicón. Bueno, hay otro vínculo y se llama Jorge Luis Borges (1899). Borges es contemporáneo de Lovecraft y, como deben saber, trabajó durante años en la Facultad de Filosofía y Letras en calidad de docente (si leyeron la otra entrada saben por qué este dato es relevante). También fue bibliotecario -y en ese rol lo representa Umberto Eco en El nombre de la Rosa: el ciego habitante del laberinto libresco, Jorge de Burgos- además de uno de los más importantes escritores argentinos del siglo XX. Lovecraft y Borges tienen muchas características en común, desde la crianza privilegiada en una familia de estirpe hasta la relación ¿simbiótica? con su madre. Más allá de lo biográfico, sus textos - con citas reales y fingidas - también tienen puntos de contacto.
¿Qué dice Borges de Lovecraft?
No mucho. A simple vista pareciera no muy interesado en su obra. Sin embargo, el mismo escritor que lo critica por imitar "el patético estilo de Poe" (?), redacta un gran cuento lovecraftiano en su homenaje. El cuento se llama "There are more Things" (sí, el título está en inglés) y pertenece a El libro de arena (1975).
tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente.
Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos
hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que
conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin
invocar un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la
Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para
iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para las paradojas
eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere demostrar la
realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir mediante
complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y pirámides que
erigimos en el piso del escritorio.
Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el Ferrocarril decidió
establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la
cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo
Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la
manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o, mejor dicho,
agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de
Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía
un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Johnson en memoria de
Lichfield, su lejano pueblo natal.
La Casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos.
Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de
azoteas había tejados de pizarra a dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que
parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades
como se aceptan esas cosas incompatibles que sólo por razón de coexistir llevan el
nombre de universo.
Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un
forastero, Max Preetorius, que abonó el doble de la suma ofrecida por el mejor postor.
Firmada la escritura, llegó al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no
lejos del Camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres
de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran
esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones,
que éste rechazó con indignación. Ulteriormente, una empresa de la Capital se encargó
de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un
tal Mariani, de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante
una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche
que se instaló en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron,
pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el
ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias.
Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.
Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Sé que mi rasgo más notorio es la
curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí,
sólo para saber quién era y cómo era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del
láudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a
referir. Fatalmente decidí indagar el asunto.
Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una
flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba
era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi
tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor
William Morris.
El diálogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante,
que el cargado té de Ceylán y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y
enmantecaba como si yo aún fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista,
dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un
largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario.
Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir
habló.
—Muchacho (Young man) —dijo—, usted no se ha costeado hasta aquí para que
hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita
el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también.
Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho.
Al rato, prosiguió sin premura:
—Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura
párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían
bien mi trabajo. Les contesté en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo
cometer la abominación de erigir altares para ídolos.
Aquí se detuvo.
—¿Eso es todo? —me atreví a preguntar.
—No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar
pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.
Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie.
Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se
conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron
los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén más o menos apócrifos y
brutales, pero me resigné y acepté. Era casi de noche. Al divisar desde unas cuadras la
Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió. Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la
que yo esperaba.
—Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel
mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches
pasadas, yo venía de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me
espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento.
Lo que vi no era para menos.
Muy enojado, agregó una mala palabra.
Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que
no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era
un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No
había ni puertas ni ventanas, pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas.
Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el
monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el
cuerpo humano, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?
Esa tarde pasé frente a la Casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrotes
retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa
hondura y los bordes estaban pisoteados.
Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no sólo por sentirla del todo
vana, sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.
Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y
rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me bastó verlo para descartar las
estratagemas que había urdido la víspera. Le entregué mi tarjeta, que deletreó
pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor. Le dije
que me interesaba el moblaje fabricado por él para la propiedad que fue de mi tío, en
Turdera. El hombre habló y habló. No trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas
palabras, pero me declaró que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por
estrafalarias que fueran, y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de
hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el
elusivo Preetorius. (Sin duda me tomó por un abogado.) Al despedirnos, me confió que
por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa.
Agregó que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius
estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.
Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.
Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del
ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones
resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo
rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la Casa Colorada.
Algunas veces divisé arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el
diecinueve de enero.
Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no sólo maltratado y
ultrajado por el verano, sino hasta envilecido. Serían las once de la noche cuando se
desplomó la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando
un árbol. A la brusca luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si
con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado
por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba
a medio abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.
Adentro habían levantado las baldosas y pisé pasto desgreñado. Un olor dulce y
nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no sé muy bien, tropecé con
una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave
de la luz. El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared medianera,
una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos,
porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré.
Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus
articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un
vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el
mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez
lo entenderíamos.
Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura
humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí
una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no
pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era
comprensible y de algún modo me alivió. Apagué la luz y aguardé un tiempo en la
oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me
perturbaba. Al fin me decidí.
Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla
que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos
o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria,
muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el
lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la
de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y
olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por
cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía
en la tiniebla superior.
¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que
él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué
antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y
esta precisa noche?
Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con
asombro que eran casi las dos. Dejé la luz prendida y acometí cautelosamente el
descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes que el habitante
volviera. Conjeturé que no había cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.
Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por
la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los
ojos.
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El horror de Lovecraft
Ayer terminé de leer El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft y encontré que, aunque no trata específicamente de vampiros, sí hace referencias:
"...repugnantes casos de vampirismo (...) Fueron atacadas personas que regresaban tarde a casa o que dormían con las ventanas abiertas, y las que vivieron para contarlo hablaban unánimemente de un monstruo alto, delgado, de ojos ardientes, que clavaba sus dientes en la garganta o en el hombro y chupaba vorazmente."
Hay que tener cuidado con lo que uno invoca.... Especialmente si a uno se le da por la necromancia...
Es probable que algunos hayan visto la película The Evil Dead (y sus secuelas) de Sam Raimi. Allí aparece el famoso Necronomicón o Libro de los Muertos creado por Lovecraft. Según el propio autor, una copia de este libro maldito estaría en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Voy a traducir un fragmento del texto original de Lovecraft que pueden consultar aquí:
"El trabajo tanto en latín como en griego fue prohibido por el Papa Gregorio IX en 1232... El texto en árabe original se perdió en la época de Wormius...Una traducción inglesa hecha por el Dr. Dee nunca se imprimió y existe solamente en fragmentos que se recuperaron del manuscrito original. De los textos latinos que hoy existen, uno del siglo XV está en el Museo Británico bajo candado y llave, mientras que otra del siglo XVII está en la Biblioteca Nacional de París. Una edición del siglo XVII está en la biblioteca Widener en Harvard y en la biblioteca de la Universidad Miskatonic de Arkham. Asimismo en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires"...
Como todo el que haya cursado en la UBA debe saber, no existe una biblioteca central sino que cada facultad tiene sus propias bibliotecas. El rumor indica que el Necronomicón aparecía en los ficheros de la Facultad de Filosofía y Letras. Se dice que en 1978 la copia estaba en los estantes de la donación Dobranich de la biblioteca. Por si no lo saben, "la sección Dobranich reúne la colección donada por Baldmar F. Dobranich, nacido en Gibraltar en 1853. Baldmar Dobranich se radicó desde joven en la Argentina y estudió y ejerció la docencia en nuestro país. Se especializó en Filología, en momentos en que esta disciplina no había alcanzado aún un desarrollo entre nosotros, razón por la cual se lo ha considerado como un ”precursor de la filología moderna en la Argentina”. Su especialización se caracterizó por el análisis filológico textual y comparado, por la reconstrucción etimológica de inscripciones y papiros. Esta tarea le insumió tanto tiempo que no realizó obra escrita. Ello explica las características de su biblioteca: verdadero gabinete de estudio filológico. Diccionarios, vocabularios y léxicos de los idiomas a que pertenecían los textos evangélicos, gramáticas, traducciones y ediciones acotadas de las principales fuentes, la Biblia políglota, —300 Biblias incluye la biblioteca— ediciones críticas del Nuevo Testamento, ediciones raras, versiones en los idiomas más apartados del indogermánico, una variada bibliografía en inglés, alemán, francés e italiano.
El caso de Charles Dexter Ward no habla de vampiros, pero sí de ocultismo. Lovecraft es famoso por haber creado una mitología compleja de dioses cósmicos malignos, entre los que se hallan Cthulhu (dios primigenio) y Yog-Sothoth (este último aparece nombrado en el libro aunque el autor no especifica aún que se trata de un dios exterior).
En definitiva, es un texto interesante que añado a la zona de descargas y un autor al que vale la pena investigar.
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| Lovecraft's Introduction |
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| Fishing at Pawtuxet River |
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El vampiro en la literatura latinoamericana
—¡Jordán! ¡Jordán! –clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
(ibid.)
La figura del médico de este relato (en este caso la ciencia), no tiene respuesta a esta enfermedad, circunstancia similar en todos los relatos de vampiros: “No sé –le dijo a Jordán en la puerta de la calle, con la voz todavía baja-.Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana despierta como hoy llámeme enseguida” (p. 35).
El cuento nos va entregando la vida de Alicia. El lector en su afán de saber la verdad, va ayudando al ser monstruoso a ir devorando poco a poco a su víctima, se hace cómplice de ese desconocido. Horacio Quiroga da más de una pista para darle credibilidad a este relato vampírico: “Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida... parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre” (pp. 35 - 36). Recordemos textos como "El Horla" de Maupassant y "El vampiro estelar" de Robert Bloch, y de este último un ejemplo para ilustrar dicha comparación: “Dominado por el vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentinamente e inconscientemente? ¿Qué era aquel monstruoso vampiro que yo no podía ver?”. (1999:478)
Observemos ahora en "El Horla" el ataque a un ser humano por un ser que está más allá de lo incomprensible:
-¡Rosales! –exclamé en cuanto estuvimos un momento solos-. ¡Si conserva usted un resto de amor a la vida, destruya eso! ¡Lo va a matar a usted!
-¿Ella? ¿Está usted loco, señor Grant?
-Ella, no. ¡Su amor! Usted no puede verlo, porque está bajo su imperio. Yo lo veo. La pasión de ese... fantasma, no la resiste hombre alguno.
-Vuelvo a decirle que se equivoca usted, señor Grant.
-¡No; usted no puede verlo! Su vida ha resistido a muchas pruebas, pero arderá como una pluma, por poco que siga usted excitando a esa criatura.
-Yo no la deseo, señor Grant.
-Pero ella, sí lo desea a usted. ¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle! ¿Comprende usted?”. (1981:292)
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Algunos cuentos:
- "El último de nosotros" de Sandra Huerta (mexicana)
- "El testigo" de Claudio Biondino (argentino)
- "Ser polvo" de Santiago Dabove (argentino)
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