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La floración de la extraña orquídea

Written by John Doe on lunes, 6 de febrero de 2012 at 11:40 a.m.

H.G. Wells

La compra de orquídeas siempre conlleva cierto aire especulativo. Uno tiene delante el marchito pedazo de tejido marrón, y por lo demás debe fiarse de su criterio o del vendedor o de su buena suerte, según se inclinen sus gustos. La planta puede estar moribunda o muerta, o puede que sea una compra respetable, un valor justo a cambio de su dinero, o quizá -pues ha sucedido una y otra vez- lentamente se despliegue día tras día ante los encantados ojos del feliz comprador alguna nueva variedad, alguna nueva riqueza, una rara peculiaridad del Labellum, una sutil coloración o un mimetismo inesperado. El orgullo, la belleza y la ganancia florecen juntos en una delicada espiga verde y puede que incluso la inmortalidad. Porque el nuevo milagro de la naturaleza puede andar necesitado de un nuevo nombre específico, y ¿cuál tan conveniente como el de su descubridor? ¡Juangarcía! Nombres peores se han puesto.
Fue quizá la esperanza de un descubrimiento feliz de ese género la que hizo a Wedderburn asistir con tanta asiduidad a esas subastas, esa esperanza y también, quizá, el hecho de que no tenía ninguna otra cosa más interesante que hacer. Era un hombre tímido, solitario, bastante ineficaz, con ingresos suficientes como para mantener alejado el aguijón de la necesidad y sin la suficiente energía nerviosa que le impulsara a buscar cualquier ocupación exigente. Podía haber coleccionado sellos, monedas o traducido a Horacio o encuadernado libros o descubierto alguna nueva especie de diatomeas. Pero de hecho cultivaba orquídeas y disponía de un pequeño pero ambicioso invernadero.
-Tengo la sensación -dijo tomando el café- de que hoy me va a suceder algo.
Hablaba, igual que se movía y pensaba, despacio.
-¡Oh!, no digas eso -dijo el ama de llaves, que era también prima lejana suya. Pues suceder algo era un eufemismo que para ella sólo significaba una cosa.
-No me has entendido bien. No quiero decir nada desagradable... aunque apenas si sé a lo que me refiero.
»Hoy -continuó después de una pausa-, en casa de Peter van a vender un lote de plantas procedentes de las islas Andamán y las Indias. Me acercaré a ver lo que tienen. Quizás haga una buena compra sin saberlo, puede que sea eso.
Le pasó la taza para que se la llenara de café por segunda vez.
-¿Es eso lo que coleccionaba ese pobre joven del que me hablaste el otro día? -preguntó su prima mientras le llenaba la taza.
-Sí -respondió, y se quedó pensativo mientras sostenía un trozo de tostada.
»Nunca me pasa nada-observó al poco tiempo, empezando a pensar en voz alta-. Me pregunto por qué. A otros les pasan bastantes cosas. Ahí está Harvey. Sin ir más lejos, la pasada semana, el lunes encontró seis peniques, el miércoles todos sus pollos tenían la modorra, el viernes su prima volvió a casa desde Australia, y el sábado se rompió el tobillo. ¡Qué torbellino de emociones comparado conmigo!
-Por mi parte preferiría pasar de tanta excitación -dijo el ama de llaves-. No puede ser bueno para uno.
-Supongo que es molesto. Con todo... ya sabes, nunca me pasa nada. De niño nunca tuve ningún accidente. Siendo adolescente nunca me enamoré. Nunca me casé... Me pregunto qué se sentirá cuando te pasa algo, algo realmente notable.
»Ese coleccionista de orquídeas sólo tenía treinta y seis, veinte años más joven que yo, cuando murió. Se había casado dos veces y divorciado una. Había tenido malaria cuatro veces y una vez se fracturó el fémur. En una ocasión mató a un malayo y otra le hirieron con un dardo envenenado. Finalmente lo mataron las sanguijuelas de la jungla. Debe de haber sido todo muy molesto, pero también debe de haber sido muy interesante, sabes, excepto quizá, las sanguijuelas.
-Estoy segura de que no fue bueno para él -dijo la señora con convicción.
-Puede que no.
Entonces Wedderburn miró su reloj.
-Las ocho y veintitrés minutos. Voy a ir en el tren de las doce menos cuarto, así que hay mucho tiempo. Creo que me pondré la chaqueta de alpaca -hace bastante calor-, el sombrero gris de fieltro y los zapatos marrones. Supongo...
Miró por la ventana al cielo sereno y al soleado jardín, y, después, nerviosamente, a la cara de su prima.
-Creo que sería mejor que llevaras el paraguas si vas a Londres -dijo con una voz que no admitía negativa-. A la vuelta tienes todo el trayecto desde la estación hasta aquí.
Cuando volvió se encontraba en un estado de suave excitación. Había hecho una compra. Era raro que lograra decidirse con la rapidez suficiente para comprar, pero esta vez lo había hecho.
-Hay Vandas -explicó-, un Dendrobio y algunas Palaeonophis.
Repasó las compras amorosamente al tiempo que tomaba la sopa. Estaban extendidas delante de el sobre el impoluto mantel y le estaba contando a su prima todo sobre ellas mientras se demoraba lentamente con la comida. Tenía la costumbre de revivir por la tarde todas sus visitas a Londres para entretenimiento propio y de ella.
-Sabía que hoy pasaría algo. Y he comprado todas esas cosas. Algunas, algunas de ellas, estoy seguro, ¿sabes?, de que algunas serán notables. No sé cómo, pero lo siento con tanta seguridad como si alguien me lo hubiera dicho. Ésta -apuntó a un marchito rizoma- no fue identificada. Quizá sea una Palaeonophis o puede que no. Quizá sea una especie nueva o incluso un género nuevo. Fue la última que recogió el pobre Batten.
-No me gusta su aspecto -dijo el ama de llaves-. Tiene una forma tan fea...
-Para mí que apenas si llega a tener forma alguna.
-No me gustan esas cosas que asoman -dijo el ama de llaves.
-Mañana estará fuera en una maceta.
-Parece -continuó el ama de llaves- una araña que se hace la muerta.
Wedderburn sonrió e inspeccionó la raíz ladeando la cabeza.
-Ciertamente no es que sea un bonito pedazo de material. Pero nunca se pueden juzgar estas cosas por su apariencia cuando están secas. Desde luego puede que termine siendo una orquídea muy hermosa. ¡Qué ocupado estaré mañana! Esta noche tengo que ver exactamente lo que hago con ellas y mañana me pondré a la obra.
»Encontraron al pobre Batten, que yacía muerto o moribundo en un manglar, no recuerdo cuál -continuó de nuevo al poco rato-, con una de estas mismas orquídeas aplastadas bajo su cuerpo. Había estado enfermo durante algunos días con cierto tipo de fiebre nativa y supongo que se desmayó. Esos manglares son muy insalubres. Dicen que las sanguijuelas de la jungla le sacaron hasta la última gota de sangre. Puede que se trate de la mismísima planta que le costó la vida.
-Eso no mejora mi opinión de ella.
-Los hombres tienen que trabajar aunque las mujeres puedan llorar -sentenció Wedderburn con profunda gravedad.
-¡Mira que morir lejos de todas las comodidades en un pantano! ¡Anda que enfermar de fiebre con nada que tomar más que específicos y quinina, y nadie a tu lado más que horribles nativos! Dicen que los nativos de las islas Andaman son unos desgraciados de lo más repugnante, y de todas formas, a duras penas pueden ser buenos enfermeros sin haber tenido la preparación necesaria. ¡Y sólo para que la gente en Inglaterra disponga de orquídeas!
-No creo que fuera agradable, pero algunos hombres parecen disfrutar con ese tipo de cosas -continuó Wedderburn-. En todo caso los nativos de su grupo eran lo suficientemente civilizados para cuidar toda su colección hasta que su colega, que era un ornitólogo, volvió del interior, aunque no conocían la especie de orquídea y la habían dejado marchitarse. Eso hace a estas plantas más interesantes.
-Las hace repugnantes. A mí me daría miedo que tuvieran restos de malaria adheridos. ¡Y sólo pensar que un cuerpo muerto ha estado extendido sobre esa cosa tan fea! No había pensado en eso antes. ¡Se acabó! Te digo que no puedo comer ni un bocado más de la cena.
-Las quitaré de la mesa si te parece y las pondré en el hueco de la ventana. Allí las puedo ver igual.
Los días siguientes estuvo, desde luego, especialmente ocupado en el pequeño invernadero lleno de vapor yendo de acá para allá con carbón vegetal, trozos de teca,, musgo y todos los demás misterios del cultivador de orquídeas. Pensaba que disfrutaba de un tiempo maravillosamente lleno de acontecimientos. Por la tarde hablaba de las nuevas orquídeas a los amigos y una y otra vez insistía en sus expectativas de algo extraño.
Varias de las Vandas y los Dendrobios fenecieron bajo sus cuidados, pero pronto la extraña orquídea empezó a dar señales de vida. Estaba encantado y tan pronto como lo descubrió hizo que el ama de llaves abandonara la elaboración de mermelada para verlo de inmediato.
-Ése es un brote -explicó-, pronto habrá muchas hojas ahí, y esas cositas que salen por aquí son raicillas aéreas.
A mí me parecen deditos blancos asomándose del tejido marrón -opinó el ama de llaves-. No me gustan.
-¿Por qué no?
-No lo sé. Parecen dedos intentando agarrarte. Lo que me gusta, me gusta, y lo que no me gusta, no me gusta; no puedo remediarlo. -No lo sé seguro, pero creo que ninguna orquídea de las que conozco tiene raicillas aéreas exactamente como ésas. Desde luego pueden ser imaginaciones mías. ¿Ves que están un poco aplanadas en el extremo?
-No me gustan -dijo el ama de llaves temblando repentinamente y dándose la vuelta-. Sé que es estúpido por mi parte, y lo siento mucho especialmente porque te gustan tanto. Pero no puedo por menos de pensar en ese cadáver.
-Pero puede que no fuera esa planta en particular. Eso no fue más que una suposición mía.
El ama de llaves se encogió de hombros.
-De todas maneras, no me gustan -concluyó.
Wedderburn se sintió un poco dolido por su aversión a la planta, pero eso no le impidió hablarle de las orquídeas en general y de ésta en particular siempre que le apeteció.
-Pasan cosas tan curiosas con las orquídeas -le contó un día-... hay tantas posibilidades de sorpresa. Darwin estudió su fertilización y mostró que toda la estructura de una flor de orquídea común estaba ideada para que las polillas pudieran llevar el polen de una planta a otra. Bueno, pues se conocen cantidades de orquídeas cuya flor no puede ser fertilizada de esa manera. Algunos Cypripediums, por ejemplo, no hay insecto conocido que pueda fertilizarlos, y a algunos jamás se les ha encontrado semilla.
-Entonces ¿cómo forman las nuevas plantas?
-Con estolones y tubérculos y ese tipo de brotes. Eso tiene fácil explicación. El enigma está en ¿para qué sirven las flores?
»Es muy probable que mi orquídea sea algo extraordinario en ese sentido. Si es así lo estudiaré. A menudo he pensado en hacer investigaciones como Darwin. Pero hasta ahora no he encontrado tiempo o alguna otra cosa me lo ha impedido. ¡Me gustaría mucho que vinieras a verlas!
Pero ella respondió que en el invernadero de las orquídeas hacía tanto calor que le daba dolor de cabeza. Había visto la planta una vez más y las raicillas aéreas -algunas de ellas tenían ahora más de un pie de largas- desgraciadamente le habían recordado tentáculos que se alargaban para agarrar algo. Se metieron en sus sueños y crecían tras ella con una rapidez increíble. Así que había decidido con plena satisfacción no volver a ver la planta y Wedderburn tenía que admirar sus hojas en solitario. Tenían la forma ancha acostumbrada y eran de un verde profundo y lustroso con salpicaduras y puntos de rojo profundo en dirección a la base. No conocía ninguna otra hoja del todo igual. La planta estaba colocada en un banco bajo cerca del termómetro y muy cerca había un dispositivo por medio del cual un grifo goteaba sobre las tuberías de agua caliente y mantenía el ambiente lleno de vapor. Ahora se pasaba las tardes meditando con cierta regularidad sobre la floración ya próxima de la extraña planta.
Finalmente tuvo lugar el gran acontecimiento. Tan pronto como entró en el pequeño invernadero supo que la espiga había eclosionado, aunque su gran Palaeonophis Lowii tapaba la esquina donde estaba su nuevo encanto. Había un olor nuevo en el aire, un perfume poderoso, de un intenso dulzor que dominaba a todos los demás de aquel pequeño invernadero abarrotado y lleno de vapor.
Nada más advertirlo se apresuró hasta la extraña orquídea, y, ¡oh, maravilla!, las verdes espigas trepadoras tenían ahora tres grandes manchas de flores de las que procedía la embriagadora dulzura. Se quedó parado ante ellas en un éxtasis de admiración.
Las flores eran blancas con vetas de dorado naranja en los pétalos, el pesado labellum estaba enrollado en una intrincada proyección y un maravilloso púrpura azulado se mezclaba allí con el oro. Vio de inmediato que se trataba de un género completamente nuevo. ¡Y la inaguantable flagrancia! ¡Qué calor hacía allí! Las flores se balanceaban ante sus ojos.
Miraría si la temperatura estaba bien. Dio un paso hacia el termómetro. De repente todo le pareció vacilante. Los ladrillos del suelo bailaban arriba y abajo. Luego las blancas flores, las hojas verdes detrás de ellas, todo el invernadero pareció extenderse por los costados y después curvarse hacia arriba.
A las cuatro y media su prima, siguiendo la invariable costumbre, hizo el té. Pero Wedderburn no vino a tomarlo.
-Está adorando a esa horrible orquídea -se dijo a sí misma y esperó diez minutos-. Se le debe de haber parado el reloj. Iré a llamarlo.
Fue directa al invernadero y, abriendo la puerta, voceó su nombre. No hubo respuesta. Observó que el aire estaba muy enrarecido y cargado de un intenso perfume. Luego vio algo que yacía sobre los ladrillos entre las tuberías del agua caliente.
Durante un minuto quizá, se quedó inmóvil.
Él estaba tumbado con la cara hacia arriba a los pies de la extraña orquídea. Las raicillas aéreas como tentáculos ya no se balanceaban libremente en el aire sino que se habían apiñado todas juntas, una maraña de cuerdas grises, y se estiraban, tensas, con los extremos bien adheridos a su barbilla, cuello y manos.
No lo entendió. Después vio que por debajo de uno de los exultantes tentáculos sobre la mejilla corría un hilillo de sangre.
Con un grito inarticulado corrió hacia él y trató de apartarlo de las ventosas semejantes a sanguijuelas. Rompió bruscamente dos de los tentáculos y de ellos goteó una savia roja.
Luego el embriagador perfume de la flor hizo que le diera vueltas la cabeza. ¡Cómo se agarraban a él! Rasgó las duras cuerdas y él y la blanca florescencia flotaron a su alrededor. Sintió que se desmayaba, pero sabía que no podía permitírselo. Le dejó, rápidamente abrió la puerta más próxima y, después de jadear un momento al aire libre, tuvo una brillante inspiración. Cogió una maceta y rompió las ventanas del extremo del invernadero. Luego volvió a entrar. Tiró ahora con renovadas fuerzas del cuerpo inmóvil de Wedderburn y estrelló estrepitosamente contra el suelo la extraña orquídea. Ésta todavía se aferraba a su víctima con la más obstinada tenacidad. En un arrebato los arrastró hasta el aire libre.
Entonces pensó en romper las raicillas chupadoras una a una y en un minuto le había liberado y le arrastraba lejos del horror. Estaba blanco y sangraba por una docena de manchas circulares.
El hombre que hacía las chapuzas de la casa subía por el jardín asombrado por la rotura de cristales y la vio emerger arrastrando el cuerpo inanimado con manos manchadas de rojo. Por un instante pensó cosas imposibles.
-¡Trae algo de agua! -gritó ella, y su voz disipó todas sus imaginaciones.
Cuando, con desacostumbrada celeridad, volvió con el agua, la encontró llorando de emoción y con la cabeza de Wedderburn sobre su rodilla limpiándole la sangre de la cara.
-¿Qué pasa? -dijo Wedderburn abriendo los ojos débilmente y cerrándolos de nuevo inmediatamente.
-Ve a decir a Annie que venga aquí fuera y luego ve a buscar al doctor Haddon de inmediato -le dijo al hombre tan pronto como trajo el agua, y añadió al ver que dudaba-: Te lo explicaré todo cuando estés de vuelta.
Pronto Wedderburn abrió de nuevo los ojos, y al verlo molesto por lo sorprendente de su situación, le explicó:
-Te desmayaste en el invernadero. -¿Y la orquídea?
-Yo me encargaré de ella.
Wedderburn había perdido mucha sangre, pero aparte de eso no tenía ninguna lesión grave. Le dieron brandy mezclado con un extracto de carne de color rosado y le subieron a su dormitorio. El ama de llaves contó fragmentariamente la increíble historia al doctor Haddon.
-Venga a ver el invernadero.
El frío aire exterior entraba por la puerta abierta y el empalagoso perfume casi se había desvanecido. La mayoría de las rotas raicillas aéreas, ya marchitas, yacían entre algunas manchas oscuras sobre los ladrillos. El tallo de la floración se rompió con la caída de la planta y las flores crecían con los bordes de los pétalos mustios y marrones. El doctor se inclinó hacia ella, pero vio que una de las raicillas aéreas todavía se movía débilmente y dudó.
A la mañana siguiente la extraña orquídea todavía estaba allí, ahora negra y putrefacta. La puerta batía intermitentemente con la brisa matinal y toda la colección de orquídeas de Wedderburn estaba reseca y postrada. Pero el propio Wedderburn en su dormitorio estaba radiante y dicharachero con la gloria de su extraña aventura.


Los cien años del vampiro

Written by John Doe on miércoles, 11 de enero de 2012 at 1:37 p.m.

por Guillermo Cabrera Infante (Clarín, 19-6-1997)
Si en 1896 se hubiera pronunciado la palabra Drácula nadie habría entendido. Excepto si usted fuera rumano, idioma en que significa hijo del dragón. Su terminación femenina hizo creer a muchos que Drácula era una mujer. Pero en 1897 se publicó una novela con ese nombre, su autor un imperfecto desconocido, Bram Stoker. Se llamaba en realidad Abraham y adoptó el chiqueo familiar para firmar el libro. Hoy, Bram Stoker es tan conocido como muchos autores de ese siglo (Jane Austen, Charles Dickens, las hermanas Bronte) y es más famoso que Thackeray por ejemplo, quien se colocó en su Vanity Fair a la altura de Dickens. Drácula es, también, la culminación del género, tan inglés, del cuento gótico. Se inició al final del siglo XVIII con El castillo de Otranto, de Horace Walpole, publicada en 1764. Luego siguieron las historias de Mrs. Radcliffe y una obra maestra, El monje de Monk Lewis, y Frankenstein, de Mary Shelley, al que el cine hizo universal en 1931, con Boris Karloff en una emocionante aparición que tenía poco que ver con la novela original. El cine también popularizó en ese mismo año a Drácula. La diferencia entre las otras novelas góticas es que fueron escritas por escritores profesionales. Bram Stoker estaba lejos de serlo.

Un hombre alto y robusto que de niño había sido enclenque, Stoker hizo que su idolatría por el actor sir Henry Irving le consiguiera un puesto de gerente en su compañía. Los ingleses que iban al teatro Lyceum, en el Strand, al salir de la función se encontraban con este hombre taciturno y oscuro pero poco sabían que se hallaban ante un autor que sería conocido mucho más que el actor Irving por haber escrito la mejor y más famosa novela de su género y a su vez creado una de las obras maestras de la literatura inglesa. Como sus pares, Robert Louis Stevenson, que escribió El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, Stoker no era inglés, era irlandés. Pero, al revés de Stevenson y Conan Doyle, escritores escoceses, no había escrito nada que se semejara siquiera a Drácula.
Para mayor asombro hay que decir que Stoker, que nació y se educó en Dublin para ingresar en la carrera civil, era un burócrata y su primera publicación fue Los deberes de un funcionario de una magistratura menor. (Aquí Drácula, desde Hungría entonces y hoy en Rumania, lanza una carcajada con colmillos.)
Sirviendo de gerente a sir Henry Irving entre su entrada en escena hasta la salida del público, Stoker, el gigante amable como lo llamaban, se encerraba en su despacho encima de la taquilla y después de revisar las cuentas de cuánto se había hecho esa noche, se dedicaba a escribir, tanto que publicó 15 obras de ficción que aparecen ocultas como vampiros a la luz del día. También tuvo tiempo después de cerrado el teatro de compartir con sir Irving, que no sólo fue el primer actor armado caballero, sino que dominó la escena inglesa bajo el reino de Victoria. Decir que dominó es decir bien pues Irving era una personalidad dominante, bueno para controlar una compañía, pero a veces detestable. Se dice que si Drácula tuvo un modelo no fue el vampiro húngaro o el tirano rumano, sino Henry Irving. (Por favor, llámenle sir.)
Pero Stoker (cuyo nombre, de acuerdo con su físico, quiere decir fogonero) era un hombre metódico y hubo método en su locura, una obsesión con el vampiro al llegar a escribir: “El Nosferatu”, otro nombre rumano para el vampiro, "no puede morir”. Stoker no puede morir, más bien no puede morir su historia. No la dejan sus lectores, sus espectadores, sus productores.
Hecha de diarios, cartas, noticias y telegramas (Drácula es notable por hacer uso temprano del telégrafo y la máquina de escribir como vehículos de la trama) es la historia de un vampiro. Es decir, un no-muerto (y la palabra undead es otra invención de Stoker) que para permanecer inmortal debe alimentarse de la sangre fresca de un mortal (preferiblemente una mujer, para evitar intimidades que puedan parecer toqueteos de pederastas victorianos), evadir la cruz, el olor del ajo y los espejos (en los que no se refleja: Drácula tiene todos los defectos pero vanidoso no es. De este lado del espejo la hostia le es hostil y el agua bendita se le hace maldita y un crucifijo bien blandido es un arma enemiga, ya que el vampiro es inmune a las balas, siempre que no sean de plata). Para borrarlo de la faz de su tierra (Drácula siempre viaja en ataúdes llenos de su tierra) hace falta una estaca clavada en el pecho, siempre que se aguce antes y se sorprenda al vampiro durmiendo al mediodía. (Una de las faltas de Drácula es que, al revés de su autor, no hace horas de oficina.)
He aquí la historia inmortal:
Se abre el libro con un diario y es de las grandes novelas la que tiene peor inicio. El diario pertenece a Jonathan Harker, un abogado inglés que va de visita a Transilvania a complacer los antojos de un cliente llamado Drácula, conde húngaro. Harker, que se felicita por estar en contacto con un conde ("I am Dracula”, le dice a su cliente en la película un verdadero húngaro, Bela Lugosi, con un inglés bárbaro entre entonaciones melifluas y guturales) que le ofrece todos los manjares y tres bellezas nocturnas. El conde no come, no bebe y el único contacto sexual que se permite no es vaginal sino yugular. Harker que da atrapado en el castillo mientras Drácula, que lo ha hecho venir de Inglaterra, decide, curiosa conducta, irse solo a Londres. El abogado queda presa de las mercedes vespertinas (una de ellas, por cierto, se llamaba Mercedes) que se dedican al único deporte permitido en Transilvania: chupar cuellos. (Chupones, que hacen a Drácula la gran novela erótica victoriana.) Mientras tanto, el conde llega a Inglaterra, a Whilby, puerto borrascoso, en un barco a cuatro velas con veinticuatro cajas de muertos, estado en que está toda la tripulación del velero llamado Demeter, que como Stoker sabía no se refería a la tenebrosa diosa griega sino a un barco ruso llamado Dimitri.
Prosigue la trama -esta vez contada por Mina Murray, la novia de Harker-, su amiga Lucy Westenra (a punto de convertirse en la primera vampira: triunfo del feminismo inglés), el doctor John Seward y penúltimo pero no último, el doctor van Helsing, vampirólogo mayor, que solía pasar por allí y enseguida reconoce que los dos puntos de sangre en el cuello de Mina son obra del vampiro, que nunca se ha aventurado por estas islas tan lejos de Transilvania, que quiere decir del otro lado del bosque.
Después de varios pugilatos con el conde acudiendo al ojo en flor, la cruz ambulante y clavar la estaca esta vez en Lucy (que se ha dedicado a chupar sangre de bebés, haciéndose además de vampira, pedófila), Drácula se codea con la otra flor, la flor y nata de la sociedad victoriana y se pasea, populista que también es, por todo Piccadilly. Drácula, ya que la reina Victoria no lo armará caballero sino a van Helsing, decide volver a casa temprano y se va a Transilvania, más allá del paso Borgo. Los ingleses y el holandés errado van Helsing lo persiguen hasta su castillo, morada de vileza. Fue allí que Harker, como una visión de la fiebre, vio a Drácula bajar por una pared cabeza abajo, la capa extendida como las alas de un gigantesco murciélago, de esos que se llaman justamente vampiros. Entre Jonathan Harker y van Helsing hacen huir primero y destruyen luego a Drácula, en las palabras finales de Harker: “Era como un milagro; pero ante nuestros mismos ojos y casi como en un suspiro, todo su cuerpo se desmoronó hasta hacerse polvo y desapareció de nuestra vista”.
Pero el vampiro, como los mitos, no muere, solamente se transforma. Ha habido, ahora lo sabemos, incontables versiones de la vida, pasión y muerte de Drácula: en películas, en libros, en el teatro. Si hay algo inmortal en el siglo es el vampiro. Hasta las versiones en dos dimensiones y en blanco y negro se han hecho inmortales. No hay más que ver a Bela Lugosi, que moribundo se le ve en el cine, morfinómano y arruinado, pero inmortalizado y de paso arrastrando consigo hacia una forma de inmortalidad, a su amiso Ed Wood, torturado por el vicio, torturando al inglés: "I am Dracula".
A Bram Stoker, cuya casa cerca del Támesis goza de la inmortalidad de una placa (Stoker, Abraham -1747-1912- 18 St Leonard's Terrace, SW3 - Autor de Drácula), cuando le preguntaban cómo concibió la novela, siempre declaraba: "Fue una pesadilla que tuve después de comer demasiado marisco".
Leer otro artículo similar


Cine y teatro

Antes de morir en 1912 Bram Stoker hizo la primera versión de su visión. Drácula había vendido antes de 1900 más de un millón de ejemplares, pero su versión teatral fue un rotundo fracaso. Fue el cine que hizo un terror universal del vampiro alemán con Nosferatu, de 1922, dirigida por F.W. Murnau. La película originalmente se llamaba Drácula, es considerada una obra maestra y servía a la novela tan bien que la viuda le puso pleito a los productores y lo ganó. Nosferatu dio lugar a muchas variaciones del vampiro sin su maldito nombre protegido por las leyes de copyright: Count Alucard, Count Yorga, Barón Latoes, Blácula, etcétera. Su traslado a Broadway tuvo en el rol de Drácula a un desconocido actor húngaro cuya pronunciación del inglés era más oscura que sus intenciones. Se llamaba, se llamará siempre, Bela Lugosi. La Universal compró los derechos y se llevó a Lugosi a Hollywood. La productora quería como vampiro a Lon Chaney, el gran maestro del horror del cine silente. Pero Chaney contrajo cáncer de garganta y, literalmente, quedó mudo. Lugosi tomó su lugar (incluyendo su extraña voz, daba en el cine algo turbador y exótico y peligroso, seductor y cruel). En una palabra, fue el perfecto vampiro.


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Lovecraft y Borges

Written by John Doe on viernes, 30 de diciembre de 2011 at 12:03 p.m.

Hace unos días publiqué una entrada sobre Lovecraft en la que hablaba de la relación entre Buenos Aires y el Necronomicón. Bueno, hay otro vínculo y se llama Jorge Luis Borges (1899). Borges es contemporáneo de Lovecraft y, como deben saber, trabajó durante años en la Facultad de Filosofía y Letras en calidad de docente (si leyeron la otra entrada saben por qué este dato es relevante). También fue bibliotecario -y en ese rol lo representa Umberto Eco en El nombre de la Rosa: el ciego habitante del laberinto libresco, Jorge de Burgos- además de uno de los más importantes escritores argentinos del siglo XX. Lovecraft y Borges tienen muchas características en común, desde la crianza privilegiada en una familia de estirpe hasta la relación ¿simbiótica? con su madre. Más allá de lo biográfico, sus textos - con citas reales y fingidas - también tienen puntos de contacto. 


¿Qué dice Borges de Lovecraft?

"HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT (1890-1937) nació en Providence, Rhode Island. Muy sensible y de salud delicada, fue educado por su madre viuda y sus tías. Gustaba, como Hawthorne, de la soledad y aunque trabajaba de día lo hacía con las persianas bajas.
En 1924 se casó y fijó su residencia en Brooklyn; en 1919 se divorció y volvió a Providence, donde retomó su vida de soledad. Murió de cáncer. Detestaba el presente y profesaba el culto del siglo XVIII.
Lo atraía la ciencia; su primer artículo trataba de astronomía. En vida publicó un solo libro; después de su muerte, sus amigos reunieron en volúmenes su obra considerable, antes dispersa en antologías y revistas. Estudiosamente imitó el patético estilo de Poe y escribió pesadillas cósmicas. En sus relatos hay seres de remotos planetas y de épocas antiguas o futuras que moran en cuerpos humanos para estudiar el universo o, inversamente, almas de nuestro tiempo que, durante el sueño, exploran mundos monstruosos, lejanos en el tiempo y en el espacio. Entre sus obras recordaremos The Colour Out of Space (El color que cayó del cielo), The Dunwich Horror (El horror de Dunwich), The Rats in the Wall (Las ratas en la pared).
Dejó asimismo un epistolario copioso. Al influjo de Poe cabe agregar el del cuentista visionario Arthur Machen." (Introducción a la literatura norteamericana).


No mucho. A simple vista pareciera no muy interesado en su obra. Sin embargo, el mismo escritor que lo critica por imitar "el patético estilo de Poe" (?), redacta un gran cuento lovecraftiano en su homenaje. El cuento se llama "There are more Things" (sí, el título está en inglés) y pertenece a El libro de arena (1975). 


THERE ARE MORE THINGS
A la memoria de Howard P. Lovecraft

A punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi
tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente.
Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos
hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que
conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin
invocar un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la
Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para
iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para las paradojas
eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere demostrar la
realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir mediante
complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y pirámides que
erigimos en el piso del escritorio.
Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el Ferrocarril decidió
establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la
cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo
Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la
manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o, mejor dicho,
agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de
Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía
un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Johnson en memoria de
Lichfield, su lejano pueblo natal.
La Casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos.
Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de
azoteas había tejados de pizarra a dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que
parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades
como se aceptan esas cosas incompatibles que sólo por razón de coexistir llevan el
nombre de universo.
Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un
forastero, Max Preetorius, que abonó el doble de la suma ofrecida por el mejor postor.
Firmada la escritura, llegó al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no
lejos del Camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres
de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran
esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones,
que éste rechazó con indignación. Ulteriormente, una empresa de la Capital se encargó
de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un
tal Mariani, de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante
una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche

que se instaló en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron,
pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el
ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias.
Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.
Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Sé que mi rasgo más notorio es la
curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí,
sólo para saber quién era y cómo era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del
láudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a
referir. Fatalmente decidí indagar el asunto.

Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una
flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba
era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi
tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor
William Morris.
El diálogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante,
que el cargado té de Ceylán y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y
enmantecaba como si yo aún fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista,
dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un
largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario.
Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir
habló.
—Muchacho (Young man) —dijo—, usted no se ha costeado hasta aquí para que
hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita
el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también.
Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho.
Al rato, prosiguió sin premura:
—Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura
párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían
bien mi trabajo. Les contesté en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo
cometer la abominación de erigir altares para ídolos.
Aquí se detuvo.
—¿Eso es todo? —me atreví a preguntar.
—No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar
pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.
Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie.
Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra.  Nos conocíamos como la gente se
conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron
los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén más o menos apócrifos y
brutales, pero me resigné y acepté. Era casi de noche. Al divisar desde unas cuadras la
Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió. Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la
que yo esperaba.
—Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel
mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches
pasadas, yo venía de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me
espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento.
Lo que vi no era para menos.
Muy enojado, agregó una mala palabra.

Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que
no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era
un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No
había ni puertas ni ventanas, pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas.
Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el
monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el
cuerpo humano, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?
Esa tarde pasé frente a la Casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrotes
retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa
hondura y los bordes estaban pisoteados.
Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no sólo por sentirla del todo
vana, sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.
Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y
rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me bastó verlo para descartar las
estratagemas que había urdido la víspera. Le entregué mi tarjeta, que deletreó
pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor. Le dije
que me interesaba el moblaje fabricado por él para la propiedad que fue de mi tío, en
Turdera. El hombre habló y habló. No trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas
palabras, pero me declaró que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por
estrafalarias que fueran, y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de
hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el
elusivo Preetorius. (Sin duda me tomó por un abogado.) Al despedirnos, me confió que
por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa.
Agregó que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius
estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.
Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.
Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del
ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones
resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo
rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la Casa Colorada.
Algunas veces divisé arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el
diecinueve de enero.

Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no sólo maltratado y
ultrajado por el verano, sino hasta envilecido. Serían las once de la noche cuando se
desplomó la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando
un árbol. A la brusca luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si
con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado
por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba
a medio abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.
Adentro habían levantado las baldosas y pisé pasto desgreñado. Un olor dulce y
nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no sé muy bien, tropecé con
una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave
de la luz. El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared medianera,
una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos,
porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré.
Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus
articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un
vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el
mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez
lo entenderíamos.
Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura
humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí
una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no
pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era
comprensible y de algún modo me alivió. Apagué la luz y aguardé un tiempo en la
oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me
perturbaba. Al fin me decidí.
Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla
que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos
o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria,
muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el
lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la
de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y
olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por
cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía
en la tiniebla superior.
¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que
él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué
antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y
esta precisa noche?
Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con
asombro que eran casi las dos. Dejé la luz prendida y acometí cautelosamente el
descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes que el habitante
volviera. Conjeturé que no había cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.
Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por
la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los
ojos.

El horror de Lovecraft

Written by John Doe on viernes, 23 de diciembre de 2011 at 12:41 p.m.

«That is not dead which can eternal lie,
And with strange aeons even death may die.»

Ayer terminé de leer El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft y encontré que, aunque no trata específicamente de vampiros, sí hace referencias:
"...repugnantes casos de vampirismo (...) Fueron atacadas personas que regresaban tarde a casa o que dormían con las ventanas abiertas, y las que vivieron para contarlo hablaban unánimemente de un monstruo alto, delgado, de ojos ardientes, que clavaba sus dientes en la garganta o en el hombro y chupaba vorazmente."
Hay que tener cuidado con lo que uno invoca.... Especialmente si a uno se le da por la necromancia...
Es probable que algunos hayan visto la película The Evil Dead (y sus secuelas) de Sam Raimi. Allí aparece el famoso Necronomicón o Libro de los Muertos creado por Lovecraft. Según el propio autor, una copia de este libro maldito estaría en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Voy a traducir un fragmento del texto original de Lovecraft que pueden consultar aquí:
"El trabajo tanto en latín como en griego fue prohibido por el Papa Gregorio IX en 1232... El texto en árabe original se perdió en la época de Wormius...Una traducción inglesa hecha por el Dr. Dee nunca se imprimió y existe solamente en fragmentos que se recuperaron del manuscrito original. De los textos latinos que hoy existen, uno del siglo XV está en el Museo Británico bajo candado y llave, mientras que otra del siglo XVII está en la Biblioteca Nacional de París. Una edición del siglo XVII está en la biblioteca Widener en Harvard y en la biblioteca de la Universidad Miskatonic de Arkham. Asimismo en la biblioteca de la Universidad de Buenos Aires"...
Como todo el que haya cursado en la UBA debe saber, no existe una biblioteca central sino que cada facultad tiene sus propias bibliotecas. El rumor indica que el Necronomicón aparecía en los ficheros de la Facultad de Filosofía y Letras. Se dice que en 1978 la copia estaba en los estantes de la donación Dobranich de la biblioteca. Por si no lo saben, "la sección Dobranich reúne la colección donada por Baldmar F. Dobranich, nacido en Gibraltar en 1853. Baldmar Dobranich se radicó desde joven en la Argentina y estudió y ejerció la docencia en nuestro país. Se especializó en Filología, en momentos en que esta disciplina no había alcanzado aún un desarrollo entre nosotros, razón por la cual se lo ha considerado como un ”precursor de la filología moderna en la Argentina”. Su especialización se caracterizó por el análisis filológico textual y comparado, por la reconstrucción etimológica de inscripciones y papiros. Esta tarea le insumió tanto tiempo que no realizó obra escrita. Ello explica las características de su biblioteca: verdadero gabinete de estudio filológico. Diccionarios, vocabularios y léxicos de los idiomas a que pertenecían los textos evangélicos, gramáticas, traducciones y ediciones acotadas de las principales fuentes, la Biblia políglota, —300 Biblias incluye la biblioteca— ediciones críticas del Nuevo Testamento, ediciones raras, versiones en los idiomas más apartados del indogermánico, una variada bibliografía en inglés, alemán, francés e italiano.
La colección está formada por 8.320 piezas de las cuales forma parte la famosa Biblia de Ferrara." Fuente
Mientras estudiaba en la facultad tuve oportunidad de recorrer la sección Dobranich y, si bien no me topé con el Necronomicón, puedo decirles algunas cosas. Por un lado, que gran parte de los libros aún no han sido catalogados. Por otro, que puede existir escondido cualquier libro entre esas láminas de polvo. Hace un par de años, una profesora de filología encontró un libro abierto que se estaba secando después de haber sido empapado por un caño que se rompió. Se puso a revisar el libro por curiosidad. ¡Era un incunable de Séneca! Obviamente, el libro fue trasladado con urgencia al Tesoro para protección. Pero ya imaginan las posibilidades. 


El caso de Charles Dexter Ward no habla de vampiros, pero sí de ocultismo. Lovecraft es famoso por haber creado una mitología compleja de dioses cósmicos malignos, entre los que se hallan Cthulhu (dios primigenio) y Yog-Sothoth (este último aparece nombrado en el libro aunque el autor no especifica aún que se trata de un dios exterior).
En definitiva, es un texto interesante que añado a la zona de descargas y un autor al que vale la pena investigar.
Lovecraft's Introduction
Fishing at Pawtuxet River


El vampiro en la literatura latinoamericana

Written by John Doe on miércoles, 10 de agosto de 2011 at 12:54 p.m.

ARGENTINA:   El caso de Horacio Quiroga

Los cuentos "El almohadón de plumas" (1907) y "El vampiro" (1927) de Horacio Quiroga representan variaciones de un tema en su cuentística; el vampirismo. Pero no el vampirismo que llega en la figura de un Conde, un Lord o una princesa al estilo de Carmilla. No; el tema del vampiro es tomado por Horacio Quiroga de otra forma, lo instala y lo adhiere al momento de su época, su espacio y su tiempo. Asimiló la técnica de Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant, a quienes reconoció como sus grandes maestros, aparte de Rubén Darío y Leopoldo Lugones.
"El almohadón de plumas" fue publicado en 1907, mucho antes de ser compilado en Cuentos de Amor, Locura y Muerte. Cuento corto con un final fatídico; sin duda se observa en el mismo la influencia del Edgar Allan Poe macabro, que nos recuerda cuentos como "El corazón delator", "La caída de la casa Usher", y "El retrato oval", sobre todo en lo referente a su técnica y estilo de armar una trama con un inesperado final. En el caso de Poe la vida es tomada por un cuadro, en Quiroga un ser monstruoso absorbe la vida de la protagonista.
En "El almohadón de plumas" podemos observar un caso típico de vampirismo. Alicia es víctima de una extraña enfermedad que le aqueja y que la va devorando poco a poco. Los síntomas de Alicia, cuenta el narrador, son “una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte” (1981:35).
En nuestro caso la presencia del monstruo sólo es conocida al final. Es la explicación lógica a la muerte de Alicia, pero en el fondo el monstruo es el espejo de Jordán. Lo erótico según Daniel Melkinov (1992) es la primera característica de un vampirismo perverso, pues Jordán es un esposo frío con su mujer y esta le teme. Pero al igual que en El retrato oval de Poe, Jordán va tomando la vida de su joven esposa, recuérdese el instante en que Alicia en un contexto de histeria empieza a gritar a su esposo. Esta escena nos muestra una imagen de verdadero horror:
Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor:
—¡Jordán! ¡Jordán! –clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

(ibid.)
El vampiro es un ser doble, su simbología de muy diversa significación, en tanto ser mixto (entre pájaro y mamífero). La alquimia lo utilizó como símbolo de los fenómenos ambivalentes, y por ello podríamos indagar que el monstruo es el reflejo de destrucción de Jordán sobre Alicia. El vampirismo se caracteriza también por una relación en el que dos seres se aman, pero se destruyen. El amor de Drácula por Mina sería un ejemplo de ello. El inicio del cuento de Quiroga nos lo dice: “Su luna de miel fue un largo escalofrío” (p. 34). El espacio donde conviven los personajes nos recuerda a esos castillos lúgubres del gótico: “La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos... frisos, columnas y estatuas de mármol” (ibid.).
La figura del médico de este relato (en este caso la ciencia), no tiene respuesta a esta enfermedad, circunstancia similar en todos los relatos de vampiros: “No sé –le dijo a Jordán en la puerta de la calle, con la voz todavía baja-.Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana despierta como hoy llámeme enseguida” (p. 35).
El vampirismo nunca es tomado en serio en el ámbito de la medicina, y entra en el ámbito de la superstición. Este enigma del vampiro entra en lo desconocido, lo insólito. “Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo.” (ibid.)
El cuento nos va entregando la vida de Alicia. El lector en su afán de saber la verdad, va ayudando al ser monstruoso a ir devorando poco a poco a su víctima, se hace cómplice de ese desconocido. Horacio Quiroga da más de una pista para darle credibilidad a este relato vampírico: “Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida... parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre” (pp. 35 - 36). Recordemos textos como "El Horla" de Maupassant y "El vampiro estelar" de Robert Bloch, y de este último un ejemplo para ilustrar dicha comparación: “Dominado por el vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentinamente e inconscientemente? ¿Qué era aquel monstruoso vampiro que yo no podía ver?”. (1999:478)
Observemos ahora en "El Horla" el ataque a un ser humano por un ser que está más allá de lo incomprensible:
Acabo de consultar un médico, porque ya no podía dormir. Encontró mi pulso alterado, mis pupilas dilatadas, mis nervios estremecidos; pero ningún síntoma alarmante... Sin embargo, poco a poco un malestar inexplicable se apoderaba de mí. Me parecía que una fuerza oculta, incomprensible, me abrumaba, me contenía, impidiéndome ir más lejos, obligándome a retroceder... ¿Quién es el invisible ser que me gobierna, el desconocido, el vagabundo de una raza sobrenatural? (1952: pp. 464 – 465).
El relato de Quiroga muestra esa serie de contrarios con los que juega el vampiro, el día y la noche, el bien y el mal. Quiroga parece haber tomado de Edgar Allan Poe en su estudio al poema "El Cuervo" en el ensayo "Filosofía de la composición" que “la muerte de una mujer bella es sin lugar a dudas el tema más poético del mundo”, y es que para Horacio Quiroga el amor, la desdicha y la muerte van juntas en la vida, él así lo concibió. El amor en la cuentística de Quiroga es destructivo, una relación donde un ser termina eliminando a otro ser. El centro establecido es puesto en duda ante este ser monstruoso nacido en la periferia. Horacio Quiroga no sólo pone en duda la palabra de la ciencia, sino que cuestiona el amor establecido por el canon; no todo es felicidad.
Este cuento nos transporta a leer el cuento "Claves" (1979) de Salvador Garmendia. En ambos las víctimas son vampirizadas por un ser que está más allá de las sombras, en lo desconocido.
Jordán acepta fríamente la muerte de su esposa, pues este caso de vampirismo no se expresa directamente sobre la víctima, sino en un planteamiento erótico de poseer al ser amado, como se ha dicho anteriormente, y este ser (Jordán) lo termina aniquilando. Jordán no se diferencia en nada de Lord Rubhent -el vampiro de William Polidori-, de Barlow -el vampiro de Stephen King- o de Lestat -el vampiro de Anne Rice. No sólo es un ser frío, sino que carece de inexistencia real, pareciera sólo existir cuando está al lado de su víctima. Jordán refleja su maldad en un insecto monstruoso, “un parásito de ave” lo llama Horacio Quiroga, y así el personaje podrá entregarse a una fusión erótica que no puede ser consumida en la cotidianidad, o ¿estaremos frente a un caso como el de "Tanathopia", el cuento de Rubén Darío? Alicia está casada con un muerto, un vampiro, y el insecto es sólo un engaño para explicar su muerte.
Este monstruo que va en contra del orden natural aparece en "El almohadón de plumas"; es un espécimen que no encontró aposento en el Arca de Noé, pero que aún así sobrevivió al diluvio de la razón. La explicación racionalista para explicar la presencia de este insecto-vampiro parece caer en el anonimato, y esto es lo que produce el horror más hondo. Seres de la monstruosidad inventados en América ya con los cronistas de Indias, seres nacidos de Calibán diría Shakespeare. En la actualidad se ha visto el caso del chupacabras, un ser monstruoso que no se ha logrado identificar pero que ya ha entrado en el discurso del colectivo.
Un curioso ejemplo de vampirismo, a la par de la literatura de Horacio Quiroga, se recoge en la pintura de Kees Van Dongen (1877–1968) titulada El tango del arcángel (1930), que se conserva en el Museo Jules Chéret de Niza. En la pintura se puede observar como un hombre baila, pulcramente vestido de frac, aunque alado, no es ni puede ser un arcángel. Se opone a ello tanto la idiosincrasia misma del baile -que en su época fue tenido por prohibido– así como la apariencia de su pareja: una mujer desnuda, que luce sólo unas zapatillas rojas con tonos verdes y unas panties medias sujetas por unas ligas floreadas. No hay nada de celestial en este cuadro, sino una condición muy lasciva en su abrazo. Está, además, la acción implícita del amante nocturno, incuestionable. Un observador inadvertido podrá suponer que la está besando, por cierto en zona erógena, sin perder el ritmo del baile. El “arcángel” le está asestando el típico mordisco del vampiro en el cuello. Ella aparta el rostro complaciente y hasta en éxtasis, descubriendo aquella zona, con lo que le facilita la mordedura y la transformación posterior en vampiresa, y Van Dongen ha pintado en la mujer una expresión de abandono a la vida, con los labios entreabiertos, en el inicio de una satisfacción sexual hacia la muerte, esa afinidad de Eros-Tanathos. El fondo tenebroso de la pintura, entre la noche y el día, ejecutado en gamas de azul oscuro, con algunas nubes tempestuosas, acentúa la adscripción del tema a los más clásicos "escenarios" vampíricos.
Horacio Quiroga por su parte recrea la misma visión pero con el cine, no la pintura. Además de la selva misionera, Horacio Quiroga se animó a penetrar en otro territorio poco explorado por entonces: el cine. Y a partir de 1919 delineó las primeras críticas sobre cine desde páginas periódicas como El Hogar, Caras y Caretas.
En el cuento "El Vampiro" (1927) recopilado en Más allá, Horacio Quiroga retoma el tema. El título del cuento por demás lo subraya. Aquí la temática o la visión del vampiro cambia radicalmente, ya no es un ser monstruoso salido de la selva americana; el cine será el instrumento para revivir el mito. Ya en 1922 Murnau había realizado una versión cinematográfica de Drácula, intitulada Nosferatu (El no-muerto), ya que no se le permitió llevar dicha novela a cabalidad en la película. Y más allá de todo, el cine gótico (Gore) se identifica con temas específicos como los sueños perturbadores, el amor desesperado e imperecedero y la romantización melancólica de la muerte. En ningún momento se ha dicho que Horacio Quiroga se haya inspirado en alguno de estos filmes para escribir este cuento pero es indudable que el celuloide ayuda a Horacio Quiroga a crear la atmósfera del cuento "El vampiro", le da su credibilidad. Juega con la “fantasmagoría” (Milner, 1990:20), el arte de hacer aparecer espectros o fantasmas por ilusiones de óptica. La historia es narrada por su protagonista (Grant), quien desde un sanatorio mental cuenta la fábula de una damisela extraída del cine por medio de unos rayos N1, por otro personaje: Rosales.
Rosales busca al narrador para que le ayude en sus investigaciones científicas para corporeizar una imagen femenina. Rosales acude a Grant, narrador del cuento; hábil científico y escritor de artículos para varias revistas científicas, que será el nexo de unión y comunicación de estos dos seres. Rosales como un nuevo Frankenstein se hará de los últimos avances de la ciencia y a través de una proyección recreará a su heroína. Pero al igual que la novela de Shelley el creador es devorado y destruido por la criatura creada. Grant alerta a Rosales del peligro de querer ser Dios, de resucitar a una muerta, le advierte que este ser lo está consumiendo en vida:
“Y ella era un espectro.
-¡Rosales! –exclamé en cuanto estuvimos un momento solos-. ¡Si conserva usted un resto de amor a la vida, destruya eso! ¡Lo va a matar a usted!
-¿Ella? ¿Está usted loco, señor Grant?
-Ella, no. ¡Su amor! Usted no puede verlo, porque está bajo su imperio. Yo lo veo. La pasión de ese... fantasma, no la resiste hombre alguno.
-Vuelvo a decirle que se equivoca usted, señor Grant.
-¡No; usted no puede verlo! Su vida ha resistido a muchas pruebas, pero arderá como una pluma, por poco que siga usted excitando a esa criatura.
-Yo no la deseo, señor Grant.
-Pero ella, sí lo desea a usted. ¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle! ¿Comprende usted?”. (1981:292)
La historia tiene el desenlace de una historia fatal de vampiros, Rosales es destruido por su creación, la mujer vampira cuyo nombre es ignorado en la trama destruye a su amante. Señala Quiroga al finalizar la historia:
Mi impresión es otra. La calma de su rostro no había variado, y aún su muerto semblante conservaba el tono cálido habitual. Pero estoy seguro de que en lo más hondo de las venas no le quedaba una gota de sangre. (p. 293)
Este relato hace la referencia a las salas de proyección de la época, el origen del cine gótico se remonta a los comienzos del expresionismo mudo alemán, época en la que Quiroga se desarrolla. Ya se ha dicho que él mismo se encargó de escribir artículos sobre el tema referido. La primera película que reúne los dos géneros es El Gabinete del Doctor Caligari, dirigida por Robert Wiene en 1919. Si bien la escenografía de este filme no encuadra dentro del esquema de lo gótico, ya que es netamente surrealista, el filme sí, y nos introduce en los primeros conceptos del cine de horror gótico. Esta historia recreada en el tema de los sueños, el sonambulismo, la locura, el amor y la maldad nos transporta a un ambiente gótico sin necesidad de valerse de cementerios ni de castillos embrujados. El argumento plantea cómo el médium Cesare comete estremecedores crímenes bajo las ordenes hipnóticas del Dr. Caligari, el cual recorría las ferias de las ciudades alemanas mostrando a su sonámbulo, como si éste fuera un objeto de circo.
A pesar de estar también enmarcado dentro del expresionismo mudo alemán, Nosferatu, el vampiro, es un filme netamente gótico. Dirigido por F. W. Murnau en 1922, esta película incorpora elementos distintivos del género tanto en su escenografía, clima, actuación y tema, incluyendo el primer vampiro de la historia del cine. El vampirismo es el tema gótico por excelencia, siendo Nosferatu la primera adaptación fílmica no acreditada de la novela Drácula de Bram Stocker.
Existen relatos de terror que arrebatan el aliento, que nos arrojan al vacío. Otros cumplen sólo la función de atemorizar por medio de atmósferas sórdidas, molestos ruidos y sensaciones lúgubres. Los de Horacio Quiroga son relatos del horror nacidos desde el mismo corazón, de aquello que nos lleva a tener miedo a lo desconocido, a aquello que no conocemos. Horacio Quiroga muestra una nueva forma de ver al vampirismo, hace entrar al lector a observar la galería de los monstruos, seres no concebidos en la razón del hombre, como el insecto vampiro de "El almohadón de plumas".

Fuente

VENEZUELA

Los científicos no son los únicos en lograr grandes hallazgos al explorar lo desconocido, los escritores desde la ficción fábulan mundos que el lector desde el sueño los hace creíbles como un dios creador. En este mundo aparece la figura del vampiro, icono del horror universal que desde la publicación de El Vampiro de John Polidori abrió las puertas a la narrativa del terror.
En Venezuela esta figura no es ajena, desde los movimientos de la independencia en la nueva y creada república, una serie de hombres ilustres disertan en las letras (Andrés Bello, Simón Rodríguez, Simón Bolívar, Fermín Toro, entre otros). La literatura fantástica ya había dado sus raíces con los Cronistas de Indias al crear no sólo imágenes monstruosas del continente, sino mitos como El Dorado y la Fuente de la Eterna Juventud, motivo de búsqueda de eternidad, un elemento netamente vampírico, ya que éste ser ofrece juventud y belleza eterna. El mismo Simón Bolívar deja su grano de arena en las letras de la ficción con su Delirio sobre el Chimborazo que persigue un ser sediento de gloria y eternidad:
"Yo venía envuelto con el manto del Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al Atalaya del Universo. Busque las huellas de La Condomine y de Humboldt; seguidlas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre sienes excelsas del dominador de los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales; ha surcado los ríos y los mares; ha subido sobre hombros gigantescos de los Andes..."Con este inicio Bolívar introduce al lector en un mundo mágico y fastasmagórico, él continua la descripción de su delirio febril que embarga su mente hasta que se enfrenta al espíritu del Tiempo:
"De repente se me presenta el Tiempo, bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano... - Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente... Sobrecogido de un terror sagrado: -¿Cómo, ¡Oh! Tiempo – respondí – no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto... llego al Eterno con mis manos... Observa –me dijo– aprende, conserva en tu mente lo que has visto... El fantasma desapareció. Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho... resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio".Con este mismo esquema Luis López Méndez escribirá en 1891 bajo el signo del romanticismo, pero apreciado lector no quiero adelantarme con este autor.
"...a lo largo de todo el siglo XIX: es en estos momentos cuando la ciencia europea –el positivismo fue contemporáneo del romanticismo– proclama el dogma del racionalismo y somete el mundo –sin milagros– a rigurosas leyes de causalidad; las certezas científicas pueden modificar el mundo y sus criaturas y, sin embargo, no pueden explicarlo, al contrario, quizás muestran más abiertamente las imperfecciones y lacras de la condición humana, y los hombres continúan interrogándose sobre la existencia de un más allá, sobre las fronteras de la vida y de la muerte, sobre la imposibilidad de franquear esas fronteras..." con estas palabras de Marta Giné, que describe un contexto específico de la historia, se continúa la búsqueda en este estudio de la literatura del mal en Venezuela; y es en el cuento de horror donde hay que buscar sus raíces, en los inicios de un continente creado después del movimiento de la independencia,  nace La viuda de Corinto (1837) de Fermín Toro, cuyo título alude ineludiblemente a Goethe, este relato fue publicado en la hoja periódica El Liberal, el 25 de julio de aquel año.
A ello siguen una serie de títulos como: El sello maldito (1873), enmarcado con el negocio satánico por el pecado capital de la Avaricia y, La danza de los muertos (1873), donde una asesinada regresa del más allá para cobrar venganza, ambos textos de Julio Calcaño. Los espectros que son, y un espectro que ya va a ser (1877) de Cecilio Acosta. Luis López Méndez con La balada de los muertos, El último sueño y El beso del espectro (1891) tres relatos que nos muestras seres zombificados que regresan de la muerte y la descripción macabra del beso de un Nosferatu, escritor clave de este tipo de narrativa.
Tristan Cataletto (1893) de Julio Calcaño, relata el pacto de un hombre con el demonio y su transformación en vampiro por su amada, será este el primer cuento a la que hace referencia a la palabra “vampiro” en un texto venezolano. La caverna del diablo de José Heriberto García de Quevedo (1893). Le siguen títulos como Calaveras y Metencardiases (1896) de Nicanor Bolet Peraza. Los muertos hablan y Proezas de un muerto (1897) de José María Manrique. El asesinato de Palma Sola, publicado en 1902, del mexicano Rafael Delgado y que nos traslada a Poe en cuentos como El corazón delator y Los asesinatos en la Calle Morgue. En Venezuela, la muerte de un joven promesa en la literatura embarga el espacio narrativo de un profundo dolor, ya que se deja en mitad de camino una serie de cuentos que van a engrosar más la temática del miedo, dos relatos son cruciales a la hora de hablar de literatura vampírica en Venezuela, aparte del ya nombrado Tristan Cataletto, uno de los personajes del texto comenta: El viejo monje es un taumaturgo, y él único que otras veces nos ha librado del diablo y los vampiros.
Hablamos de Luis López Méndez y los cuentos La balada de los muertos y El beso del espectro. Nace este escritor en Táchira (Venezuela) y quedando huérfano de madre siendo aún muy joven, por lo que su tutela queda a cargo de su padre, figura que va a influir en la escritura de López Méndez, es criado bajo la dirección de una tía materna. Luis López Méndez fue un lector inacabable, crítico perspicaz, se formo en la atmósfera de una Caracas gumáncista, a quién nuestro escritor criticó fuertemente.
Este dictador será la imagen del monstruo que recreará en unos de sus relatos de horror. Enmarcado en una familia de grandes lectores, sobrino de Lino López Méndez, el autor del Manual del Veguero Venezolano. Lector asiduo de escritores románticos españoles, ingleses, italianos y franceses, ensayista sobre algunos textos de literatura venezolana (Juan Vicente Gonzáles, José Antonio, Eduardo y Julio Calcaño, Cecilio Acosta, José Gil Fortoul), y ensayos biográficos (Sucre, Rafael Urdaneta, Santos Michelena y Guillermo Morales).
Conforma la agrupación literaria “Amigos del saber” con David y Julio Lobo, José Gil Fortoul, Luis Rasetti, Lisandro Alvarado. Escribió ensayos juveniles para la hoja periódica El Fonógrafo en Maracaibo bajo el pseudónimo de Lucrecio. Dos poetas norteamericanos marcan su escritura Henry Wadsworth Longfellow (1807–1882) y Tomás de Quincey (1785-1859). Y los poetas franceses Leconte de Lisle (1818–1894) y Charles Baudelaire (1821-1867). . Así como el poeta inglés Alfred Tennyson (1809–1892). Lee a Montaigne, Hugo, Bourget, Taine, Renán. Lee a cuentistas como Poe, Gautier y Maupassant.
Amante de la arqueología, la música clásica y la pintura. Cabe preguntarse sobre las razones del por qué escribe al temor -bastante universal- a los muertos, más cuando López Méndez vivía y escribía a favor de la ciencia. Son a menudo ocultas estas sensaciones, ya el mismo Poe lo decía: La ciencia no nos ha enseñado todavía si la locura es o no sublime de la inteligencia, es obvio que el cadáver en sí mismo es inofensivo, es el miedo inculcado el que le hace horrorífico, no existe ninguna evidencia empírica hasta el momento comprobada de que un difunto pueda ser peligroso para los seres vivos, a no ser como simple reservorio de gérmenes infecciosos, cuestión que desató epidemias y pestes, objeto evidente en El diario de la peste de Daniel Defoe.
El horror a los muertos se ha impuesto, efectivamente, a la conciencia de la humanidad contra toda experiencia, caso reflejado en el relato La balada de los muertos. Ya el mismo íitulo deja reflejado ese juego hacia esta temática, el mismo López Méndez se refería a la muerte como: ...la muerte no es más que una ley de la naturaleza, que siente necesidad de renovarse constantemente, creando y destruyendo formas infinitas, y haciendo de la flor que hoy cae deshojada y sin perfume, nueva flor de diferentes matices que brillará mañana, tal vez bajo otro cielo...
Luis López Méndez, quien ha frecuentado las ciencias antropológicas y arqueológicas, se le hace sospechoso que algo se le imponga contra su experiencia. El escritor positivista enfrenta a la muerte, pero esa atmósfera del romanticismo le envuelve en un sudario del más grande horror. Es así como López Méndez plantea que uno de los mayores bienes de la filosofía moderna consiste en destruir el terror de la muerte que en las civilizaciones atrasadas y singularmente en los primeros siglos de nuestra era, dominaba a todas las inteligencias.
Pero acaso esta filosofía no cayó en la tentación de lo misterioso, el mismo Voltaire estudió a los vampiros y llegó a escribir: ... no se oye hablar más que de vampiros entre 1730 y 1735; se les descubre en todas partes, se les tiende emboscadas, se les arranca el corazón, se les quema.... Pero el gran pensador francés llegó a más, al considerar que se estaban dando muerte a centenares de incautos, cuando los verdaderos "vampiros" eran los poderosos que "chupaban la sangre de los más débiles o los religiosos que abusan de la ignorancia del pueblo.
Voltaire lleva este tema a un contexto político, pero le da su importancia, pues incluye el termino vampiro en su diccionario y le da la nominación de cadáveres que salen de sus tumbas en busca de sangre fresca. El difunto, como protagonista es “lo otro”. Es lo que ha dejado de ser persona para pasar al plano de una realidad diferente. Esa realidad que circunda en La balada de los muertos. Esta trascendencia a “lo otro” es lo que le confiere a los no-muertos todas sus características espectrales.
Sólo en la literatura López Méndez acepta que aquella persona que hace sólo unas horas o días se reía, hablaba o acariciaba a un ser querido, ahora esté allí sobre la mesa del velatorio o encerrada en un ataúd. Pero los muertos no hablan, o por lo menos, nosotros no entendemos su lenguaje. La muerte permanece muda e insensible y los cadáveres han comenzado a descomponerse, es la idea del escritor, difuntos con unos tintes violáceos y contaminando el ambiente con un olor nauseabundo. Y continúa López Méndez: ¡Cuántas cosas ya hemos olvidado volveríamos a aprender si nos acercásemos silenciosamente a ciertas tumbas!. Acaso no es éste el instrumento que usara el escritor para elaborar el texto La balada de los muertos, de modo que la raíz bien pudiera hallarse, precisamente, en la falta de experiencias sobre lo que sea de los muertos.
El escritor termina su ensayo Aspiraciones con las siguientes palabras: Tiempo vendrá, más propicio a la tarea, en que hablaremos de los vivos. Y qué es la muerte: vacío, que causa el inevitable horror, por lo que el lector de cuentos de miedo puebla de imaginaciones consecuentemente inquietantes. La muerte es una anomalía a la vida, un suceso que trunca la cotidianidad sin ofrecer otra cotidianidad accesible que la supla.
Por ello siempre ha alarmado al hombre desde que éste comenzó a ser pensante. El miedo al árbol prohibido a Adán, es que su castigo es la muerte. Y aún así el hombre peca y es castigado a morir, como si el vivir no fuera completamente sin el morir. El suceso de morir es tan abrumador como sus efectos. El hombre natural percibe ante todo las negativas: privación de los bienes disfrutados en esta vida (comida, sexo, juegos). Sólo cuando reflexiona queda peor, pues va descubriendo también las positivas: acceso del muerto a un estado diferente, del cual nada sabe. Por eso se asusta todavía más. El que existe más allá de la muerte, vuelve al pensamiento para sobrecogerle en el más grande de los horrores: la incertidumbre.
El cadáver -que "no es nada" más que materia, nos asegura el científico moderno- constituye para aquél (el hombre) la evidencia de aquel suceso perturbador.
El terror con respecto a unos motivos fantásticos en el siglo XIX va más allá de los motivos verosímiles para el mismo que se dan en el mundo real : dictaduras manifiestas o embozadas (El caso de Echeverría y el cuento El matadero, quién evoca una época histórica en la dictadura de Juan Manuel de las Rosas), delincuencia, epidemias, etc. Quizá por ello se reproduzca una afición semejante en las coyunturas críticas, cuando existen razones ciertas para el miedo, López Méndez escribe el manuscrito de La balada de los muertos en Caracas, bajo la angustia del mandato de Guzmán Blanco, ese capítulo de su vida le ayuda a crear el monstruo que como una sombra empieza a destruir y adueñarse de la ciudad de los vivos. Un cuento polarizado en dos temas: día y noche, ciudad y cementerio, progreso y atraso, los vivos y los muertos.
Adoptando aquellos “otros” terrores, el individuo se habitúa a convivir con ellos. En este relato los vivos conviven con los muertos, y estos últimos se levantan a reclamar su olvido: Por mucho tiempo durmieron los muertos en sus tumbas solitarias, cubiertas por la yerba del campo y el olvido de los hombres. La muerte en este texto se transforma en olvido, es marchita, huele a soledad y es fría como el hielo, así no la muestra el escritor, cuyo epígrafe es de Longfellow: Let the dead past bury its dead (Dejad que la muerte pase y entierre su muerte).
Es de recordar que Mary Shelley en su novela Frankenstein recoge el pavor del cadáver y la mente enfermiza del hombre ante la ciencia. Un texto romántico y positivista al mismo tiempo. El objetivo de su obra no pasa de espeluznar: mas hay en este texto mismo una valoración del terror. El científico y el cadáver, es el primer texto que con una vista científica crea un monstruo desde la ciencia. Deja atrás los misterios de los no-muertos. Esta novela será esclarecedora, ante todo, por cuanto se trata de una tan temprana manifestación del género del terror, que posteriormente contará sus títulos por miles.
Mary W. Shelley invoca expresamente en el título a la figura de Prometeo. La simple mención de este nombre define un propósito: narrará un acto culpable por extralimitación -la "hybris" de los helenos-, por el que un hombre, audazmente, osará una acción divina, al robar el fuego. El caso de este texto es un científico que asume el poder de dios para dar vida a un muerto y se le deviene con este acto el más grande horror al crear un monstruo que devorará a su creador. La existencia de un "monstruo fabricado" contra natura, la muerte y la ciencia unida, crea un ser para el horror. Acaso la clonación hoy día no despierta ese horror de crear un ser por medio de un saber científico, ese mismo terror crea un espacio, y así nace la literatura del horror, propiamente dicha.
Mary Shelley ha usado algunos ingredientes culturales diversos. La sombra de Fausto es apreciable en este relato, aunque no sea invocado como lo es Prometeo. También se divisan reminiscencias del "golem" hebreo. El horror no sólo se procede por la presencia del monstruo, sino que deriva de la "impía" temeridad de Frankenstein, los lectores sienten el pavor que el doctor Víctor Frankenstein siente ante la sombra acechante de su engendro diabólico (en este caso científico). La acción de éste en su laboratorio no es menos estremecedora que la visita nocturna de El beso del espectro de López Méndez: El espectro había ido aproximándose hasta poner sus descarnadas falanges en mi frente. Mi razón vaciló por un instante.
Y la mudez de la muerte de la que habla Luis López Méndez no la recoge Shelley. En su relato es un ser parlanchín y razonante, maldecía o amenazaba a su creador. Cuestión que en el cine de los años 30, el monstruo parlante hubiera hecho reír. Mudo resulta no sólo más terrible, sino que, paradójicamente, se hace más "verosímil" y terrorífico. Igualmente López Méndez nos muestra unos seres de la “paz silenciosa y llena de terrores”. Y constituye al vampirismo un antiguo filón de terrores.
Ante todo, ha sido una forma concreta del temor a los muertos: se supone que algunos de ellos poseen una pseudo-vida en determinadas condiciones y la emplean causando daño a los vivos. Con la figura del vampiro, el cadáver se alza -literalmente- y se enfrenta a los vivos, es esté el caso que López Méndez, escribe sus relatos en Bruselas en 1888.
Suelen coincidir la mayoría de los autores en que la más eficaz concreción del mito vampírico y que mayores aportaciones efectúa a la cultura actual es la novela Drácula, de Bram Stoker, escrita un año antes, en 1897. No es extraño que López Méndez se haya dejado influenciar por estas pinceladas de horror romántico a la noche, a los cementerios y a los muertos vivientes.
El estudio a un López Méndez como escritor romántico nace a partir de las siguientes manifestaciones en sus relatos pertenecientes a La balada de los muertos y El beso del espectro:
El terror a la muerte, personificado por ese muerto que cotidianamente sale de su tumba para obrar el mal. Si todo muerto asusta, y en silencio como define López Méndez, he aquí que éste retorna de modo inevitable : no hay manera de sustraerse a su presencia, que -aunque no fuera más que esto- renueva una vez y otra la incómoda realidad de la muerte. Su característica de lo horrendo, se refuerza por la ambigüedad de su estado: se le denomina con frecuencia "no-muerto". ¿En qué quedamos con este concepto? ¿Es un cadáver o no lo es? ¿A qué mundo pertenece: al del más allá o al de acá? Esta indefinición del personaje, añadida a la que ya sobrelleva la muerte, por sí sola, hace a esté ser todavía más aterrador. ¿Puede hablarse de inmortalidad en este caso? La inmortalidad ha sido siempre un anhelo del ser mortal. El vampiro la ofrece, la víctima la rechaza por lo horrendo que le parece el estar no-muerto.
La oscuridad. El vampiro o el no-muerto, actúa durante la noche. No podía ser de otro modo: noche y tinieblas son símbolos estrictamente vinculados a los de muerte, maldad, peligro, etc. Elementos recurrentes de este tipo de literatura. Siempre se ha mostrado que los poderes maléficos operan en las tinieblas y huyen de la luz (ejemplo notable en el libro El señor de los anillos de Tolkien: la oscuridad, exactamente, el comportamiento del no-muerto ante la inminencia del alba debe regresar a su lugar de sombras (cementerio, ataúd, etc). La luz es símbolo divino : frente al ser superior nada pueden los seres subalternos, cualquiera que fuere su capacidad para el mal.
El cementerio. El ambiente es sin duda un aporte más a los horrores nocturnos, López Méndez le llama: la mansión de la suprema quietud..., Este lugar se presta para desarrollar el lugar donde reposan los muertos, donde ni el sol, ni las bellas aves llegan, en La balada de los muertos una golondrina que llega para protegerse de la tempestad, huye rápidamente de ese frío sepulcral y sale en busca del astro solar; sólo los cuervos llegan a aquel lugar, en una parte del texto el escritor los define los huéspedes sombríos abandonaban como la golondrina el reino de la muerte, es aquí donde los no-muertos conspiran contra los vivos, que viven en la ciudad de al lado.
Lo gótico. La ciudad amurallada presenta grandes templos, unos edificados, otros destruidos, donde vive el monstruo, sigílenle, vigilante como una gárgola en su catedral. No lejos del cementerio, y compitiendo con él en soledad y silencio, se alzaba la cuidad de los vivos. Espesas y altísimas murallas la aislaban del resto del mundo o las lámparas colgadas del techo.. .el palacio entero..., son sólo alusiones a una ciudad siniestra, nos recuerdan las pinceladas de Piranessi. De este pintor Tomás de Quincey realizó un ensayo particular. Simón de Schryver, describía a López Méndez como un amante a las galerías de pintura, es factible que le hubiese estudiado, comenta que: Veíamos frecuentemente a Luis López Méndez con un libro inglés en la mano:... las obras de Tomás de Quincey. El mismo Quincey habla al respecto sobre un cuadro de Piranessi: Hace muchos años, hojeaba yo Las antigüedades de Roma mientras el señor Coleridge, que se hallaba a mi lado, me describía una serie de grabados de ese artista, llamados los sueños y en los que registró el escenario de las visiones que lo asediaron en el delirio de la fiebre. Algunos de ellos (según recuerdo de lo que me contó el señor Coleridge) representaban enormes salas góticas, con el suelo cubierto de toda clase de máquinas y artefactos, ruedas, cables, poleas, palancas, catapultas, etc, que expresaban lo enorme de la potencia aplicada y la resistencia vencida. Es la descripción de una ciudad derruida y próxima a que la muerte le invada. En este pintor se basó Jorge Luis Borges para escribir El inmortal. Y es el mismo Piranessi quien inspira a Horacio Walpole su texto El castillo de Otranto, que dio origen a la novela gótica.

Es comprensible que gustasen del terror los románticos, pues se trata de emociones fuertes: más allá de lo sabido, cotidiano y por ello seguro, se abre lo ignoto, que depara situaciones-límite. El hombre se atreve a sondear los abismos. Su espanto le confirmará que esos abismos podrían engullírselo: el espanto engendra espanto.
El relato El beso del espectro nos traslada a textos como El Horla de Maupassant, una presencia invencible se le aparece al protagonista para consumir su vida: Los dos rodamos por el suelo en una lucha titánica, hasta que la luz del día penetró por mi ventana y el espectro huyó dejando en pos de sí un reguero de cenizas.... Es así como la imagen del vampiro en la literatura venezolana no es desconocida en el siglo XIX, en Caracas en los diferentes Diarios Julio Calcaño (1840) nos lega dos historias La danza de los muertos y Tristán Cataletto, igualmente Luis López Méndez (1891) escribe una serie de cuentos vampíricos en la ciudad de Bruselas: La balada de los muertos, El ultimo sueño y El beso del espectro, escritos coetáneos al Drácula de Bram Stoker. El siglo XX aportará otros textos claves a la hora de hablar de vampiros en la literatura venezolana Nuestro Padre, Drácula (1969) de Rodolfo Santana; Claves (1979) de Salvador Garmendia; La otredad y el vampiro (1990) de Yolanda Pantin; El último sol negro (1998), Eterno (1999), La ladrona de sueños (2000), Beso a beso... (2001), El vampiro místico (2001), Las lágrimas de un condenado (2001), El fotógrafo (2002) de José Antonio Pulido.
Al morir el siglo XIX un letargo cayó en los relatos de vampiros, pareciera que el progreso de principios de siglo XX les hizo cavar sus tumbas y enterrarse. En 1969 el venezolano Rodolfo Santana trae al papel el nombre del vampiro mayor, en una obra de teatro Nuestro Padre, Drácula, que si bien no desarrolla en forma tan manifiesta la misma preocupación de un país en un paso político fundamental, ofrece un cuadro donde a través de un juego un tanto cruel unos seres humanos muestran cómo la explotación del hombre por el hombre y la búsqueda de una nueva humanística de liberación es hoy por hoy la alternativa buscada o no de sus protagonistas.
El personaje de Tobías que hace de Drácula exclama: La estaca destrozó mi corazón... mi alma (gime). Me habría gustado mucho vivir con ustedes... Contagiar a los hombres, a las madres, a los niños... crear una sociedad de vampiros que le dé dignidad al mundo.
Otro venezolano que buscó en el tema del vampiro inspiración fue Salvador Garmendia. En Quibor, Lara, el contexto donde nació Garmendia, se han encontrado rastros arqueológicos de un Dios Murciélago adorado por los indígenas, sus creencias asociaban a este animal como portador y acompañante del más allá. Este mundo, y el de las leyendas escuchadas en las voces de los abuelos, y una infancia imaginada serán un punto clave en la obra de Salvador Garmendia.
En el cuento Claves nos muestra un caso de un vampiro psíquico, en este relato se deja a un lado el cuerpo, en este instante pesa más el pensamiento y el espíritu, aún cuando Víctor Bravo plantea que es frecuente encontrar, en los textos de Garmendia, cuerpos que emanan poder o armonía y que, inesperadamente, muestran sus vertientes de la insignificancia o la monstruosidad, parece ser que en este relato el cuerpo se pierde en las sombras, el amante de este relato es inmaterial, es irreal, sólo existe en la mente de Emilita. Todo está concebido en una atmósfera onírica, dando pie a la duda de la existencia real del monstruo, pero que se consolida en la debilidad de la víctima al ir perdiendo la vida y entregarse a su amante nocturno.
Cabe destacar en esta narrativa la obra de teatro La otredad y el vampiro (1994) de Yolanda Pantin. El argumento describe en un bosque lejano, a un ángel caído del cielo, desamparado, perplejo y sin alas, que vaga perdido en medio de la noche, hasta dar con un castillo, de estilo gótico, donde pide refugio. El dueño de este hogar es nada menos que un vampiro, un ser inmortal que acecha a los vivos y sobrevive bebiendo la sangre de inocentes (en este caso de niñas). En este encuentro comienza a hilarse una historia de amor entre esta criatura eternamente sedienta y condenada a destruir lo que sea, y otra criatura carente de sangre, un ser espiritual, hecho de un alma pura. Acá se muestra la incertidumbre del vampiro, en un ambiente escatológico de un posible fin de los tiempos:
VAMPIRO: Una vez, siendo niño, me atreví a asomarme al espejo. (Pausa) No había nada delante de mí. No sé como soy. En este fragmento observamos el elemento del espejo, cuyo límite separa el mundo visible del mundo invisible, símbolo muy utilizado por Garmendia. El vampiro no puede reflejarse en el espejo pues no es una criatura viviente, su cuerpo es ilusorio, es ficticio.
En los últimos tiempos la voz de un joven, José Antonio Pulido Zambrano, preocupado por la literatura ha ido publicando al margen de los clásicos pequeños experimentos de una nueva literatura de vampiros. Su cuento Las lágrimas de un condenado fue publicado en la revista Riobobense en el 2001, y luego reeditado en TumbaAbierta en el 2002. Este relato plantea la vida ficticia de un escritor que fue devorado por las sombras, y un estudio crítico, sus amigos formulan su desaparición misteriosa y su posible transformación en un no-muerto. El último sol negro (1998), no es un cuento, es una novela que en una visión latinoamericana trata de explicar el origen de los vampiros.
A esta novela le siguen una serie de cuentos recogidos en el libro Cuentos virtuales (2002) entre los que destacan: Eterno, La ladrona de sueños, Beso a beso..., El vampiro místico, El fotógrafo todos textos inéditos de José Antonio Pulido.
Cabe culminar este texto con un pensamiento de Edward Kamau: el fuego murmura sueños solamente, no hay luz alguna, ni calor, la destrucción de la madera, sebo, ojos.... Cómo haréis lector entonces para matar al vampiro. Si no lo quieres matar eres ya uno más de ellos...

Fuente

Algunos cuentos:
                                                                          Irene Barrasa
                                                                                                                                                                                                                                                 

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John Doe

Blogger. Ex estudiante de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Mis "héroes" son James Frazer,Mircea Eliade, Joseph Campbell y Vladimir Propp.

 
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