Llevo bastante tiempo dilatando esto, así que bueno. Aprovecho que afuera llueve en un Buenos Aires bajo ola polar. He dicho que no todo vampiro nace "contagiado" por otro. Mi caso, sin embargo, cae casi en el estereotipo. ¡Ni siquiera en esto soy original!
Enero 1998. Había terminado otro extenuante cuatrimestre en la UBA y me preparaba para comenzar un nuevo trabajo con un contador amigo de la familia. Tenía unos días de vacaciones. Unos compañeros de la facu me comentaron su idea de ir de camping a la Patagonia. Los precios que habían averiguado eran bajísimos y la única vez que yo había estado en el sur había sido con el viaje de egresados (un año pagando las cuotas de Río Estudiantil para viajar a Bariloche, bolichear y no ver nada excepto el nevado cerro Catedral). Además, lo del campamento me seducía. Cuando era chico había querido ir con un grupo de la parroquia, pero mi vieja no me dejó, preocupada por mis ataques de pseudo-asma. No sé si en aquella época ya estaba el ventolín en spray, pero el hecho fue que quedé privado de vivir esa experiencia. Ahora era mi revancha.
Conseguí una bolsa de dormir, carpa, etc etc etc y me lancé a la aventura. Supongo que no debía haberlo hecho. No sé.
Estuvimos en Bariloche, Colonia Suiza, pero ahí no pasó nada. Descubrí que no es fácil dormir en el piso y que el matecocido calentado sobre leña queda lleno de cenizas. Gran cosa. De Bariloche fuimos a San Martín de los Andes en una catramina llena de mochileros como nosotros. Y decidimos recorrer el Parque Nacional Lanín. Ese volcán es algo impresionante. En serio.
Al final nos instalamos en Hua Hum, cerca del paso a Chile. Selva valdiviana. Naturaleza virgen... demasiado para un novato como yo.
Nos hicimos amigos de un grupito de Córdoba y nos quedamos hasta tarde organizando una excursión conjunta a las termas de Queñi. Ya era de madrugada y desde hacía horas yo tenía un dolor de cabeza taladrante. Decidí ir a acostarme para estar bien al otro día. ¡Qué ingenuo! La carpa de los cordobeses estaba a unos 500 metros de las nuestras (5 cuadras, más o menos) por lo que no era una gran caminata. Claro que tendría que haberme acordado de las películas de terror tipo Viernes 13, pero realmente quería tomarme una aspirina y dormir un poco. Además, ¿de qué podía tener miedo? Argentina no es Estados Unidos donde pululan los asesinos seriales armados de garfios y hachas. Ladrones no había y los pumas no se acercan a las personas. Linterna en mano me adentré en la noche cerrada. Acostumbrado a la ciudad, no me sentía cómodo con la oscuridad completa del bosque. Más allá del haz de luz de la linterna, negrura completa. Caminé más rápido. Las voces de mis amigos se fueron perdiendo en el silencio nocturno.
Vi que algo se movía, pero traté de ignorarlo. Ya me había encontrado con vacas o caballos sueltos que salían a pastar por la noche. Parece que en Argentina es imposible no toparse con una vaca.
Ni siquiera atiné a gritar cuando me atacaron. No recuerdo los detalles. Se apagó la linterna y me hundí en la oscuridad. Sabía lo que pasaba pero no podía creer que me pasara a mí. Nadie me mordió si es lo que están pensando. Los cuchillitos bien afilados son más eficientes. No es sexy ni orgásmico que alguien beba tu sangre. No porque doliera tanto sino porque sonaba como una manada de lobos devorando a su presa. Asqueroso. Traté de mantener los ojos abiertos el mayor tiempo que pude. Al pedo porque no había luna y no podía ver nada.
Cuando volví a abrir los ojos estaba amaneciendo. Pensé que había tenido una pesadilla. Me dolían todos los músculos pero supuse que era por dormir en el suelo sin ningún tipo de aislante. A mi alrededor estaban los vampiros, que no se parecían en nada a los de las películas. Tenían pinta de hippies, amor y paz, un porro, artesanías y todo eso. La chica rubia me dijo algo en alemán o sueco que no entendí, luego se olvidaron de mí. Volví a desmayarme o como se llame. Desperté casi de noche junto a una fogata. La chica rubia me acercó una jarra y bebí...
Cero romance. Cero glamour. Yo tenía mugre hasta en las pestañas y sólo quería darme una ducha caliente (desde siempre he curado todas mis dolencias con un baño caliente). Me acompañaron hasta el camino y nunca más los volví a ver. Llegué a mi carpa con un día de retraso. Mis amigos ya habían hablado con el guardaparques quien me largó un discurso muy convincente sobre los peligros de andar solo en la montaña. Tomé el último colectivo que salía para San Martín de los Andes, me metí en un hotel cerca de la terminal, ducha y cama.
Debo haber dormido dos días seguidos.
¿Qué pasó después? Mi compañeros de ruta siguieron viaje por los Siete Lagos y yo compré un pasaje en avión para Buenos Aires. Pero antes de volar, recibí una visita inesperada. Podríamos llamarlo mentor, si esa palabra no fuera tan inadecuada para describirlo. Era guía turístico en Bariloche, un tipo que adoraba el alpinismo y la fotografía. Él me explicó el ABC del vampirismo, cosa que yo creía conocer después de tantas películas. Gran error.
Eso fue todo. El resto, adaptarse al cambio.
Ah! Volví a Hua Hum hace dos años y por fin conocí las termas. 1 hora de caminata de ida, 1 hora de vuelta. Una historia con final feliz (salvo cuando me quedo sin internet)
