Vamos por partes

Written by John Doe on martes, 10 de enero de 2012 at 06:50

Por Mariana Enriquez (Fuente)
Desde el infierno, escribía en rojo Jack el Destripador durante el verano y el otoño de 1888, cuando aterraba el East End, el barrio más pobre de Londres. Es el asesino serial más famoso de todos los tiempos, y el más enigmático. Fue un adelantado a su época: para atraparlo hacían falta técnicas forenses entonces desconocidas y Scotland Yard abrió su primer departamento de huellas dactilares recién en 1901. El desorden de la investigación no puede atribuirse sólo a la falta de pericia de la policía. Jack era astuto hasta lo sobrenatural.
La única certeza en cuanto a El Destripador es que ejerce una fascinación morbosa para millones de personas. Toda la obsesión del siglo XX por el asesinato como una de las bellas artes lo tiene como único antecedente. El Destripador se movía aproximadamente en una milla cuadrada del East End, en los barrios de Whitechapel, Spitafields y la City. Mataba sólo los fines de semana, de madrugada. Sólo asesinó prostitutas; el East End contaba con unas 1200 mujeres que vivían de la prostitución. El número canónico es de seis crímenes; algunos expertos le atribuyen cinco, otros hasta diez. El nombre Jack el Destripador tiene origen en una carta recibida por la Central News Agency el 27 de septiembre de 1888, después del tercer crimen, firmada como “Jack The Ripper”. No se sabe cuántas cartas envió el supuesto asesino, muchas se han perdido o están en manos de coleccionistas; en su momento, la policía las consideró falsas, obra de un loco o de un bromista excitado por los artículos sensacionalistas que aparecían en los periódicos de la época. Pero una carta, la del 16 de octubre de 1888, es especialmente famosa: contenía el remitente infernal, antes de la firma aparecía la célebre despedida “Atrápenme si pueden”, y venía acompañada de medio riñón humano. “Le envío la mitad de un riñón que tomé de una mujer. La otra la freí y me la comí.”
Los testigos en el caso de Jack fueron escasos, y poco fiables. Se trataba de personas aterradas, con frecuencia alcoholizadas. Sus testimonios coinciden en que se trataba de un hombre bien educado –lo escucharon hablar–, de entre treinta y cinco y cuarenta años. Llevaba maletín. Quedó instalado en el imaginario popular que tenía conocimientos de anatomía, quizás un médico cirujano o un veterinario. Nadie lo vio de frente. Ni siquiera las víctimas: Jack el Destripador mataba por la espalda.

Los crímenes
1) Martha Trabam, 7 de agosto de 1888: tenía 39 años y, como todas las víctimas de Jack, era prostituta y alcohólica. Su cuerpo apareció en George Yard Buildings, con treinta y nueve puñaladas. Como todas las demás, no fue violada.
2) Mary Nichols, 31 de agosto: 42 años. Su cuerpo apareció en Buck’s Row (hoy Durward Street); tenía el cuello cortado hasta las vértebras, heridas abdominales que dejaban los intestinos expuestos y cortes transversales en los genitales. Sus órganos no fueron extirpados.
3) Annie Chapman, 8 de septiembre: 46 años. Esa noche la habían echado de un infame albergue para desposeídos porque no tenía dinero para pagarse una cama. Su cuerpo apareció en un patio mugriento de 29 Hanbruy Street con el cuello cortado tan eficazmente que la cabeza casi estaba desprendida del cuerpo. Tenía el abdomen abierto y sus intestinos extirpados se encontraban en el piso, encima de su hombro izquierdo. El asesino se quedó con sus anillos.
4) Elizabeth Stride, 29 de septiembre: 45 años. Fue la primera mujer asesinada durante la noche conocida como la del “doble evento”. Era de origen sueco, había sido bella y su cuerpo apareció en Dutfield’s Yard, Berner Street, sólo con la garganta cortada.
5) Catherine Eddows, 29 de septiembre: 43 años. Su cuerpo apareció en Mitre Square cuarenta y cinco minutos después de que fuera encontrado elde Elizabeth Stride. Jack la había abierto en canal, desde el esternón hasta los genitales; sus intestinos, una vez más, estaban ubicados en el suelo, sobre su hombro izquierdo. Tenía desgarrados los muslos y la vagina. El rostro estaba completamente desfigurado: los labios seccionados hasta cortar las encías, un tajo desde la nariz hasta la mandíbula izquierda que dejaba ver el hueso. El Destripador le extirpó el riñón izquierdo y la mitad del útero. La herida en la vagina se extendía hasta el recto. Después de asesinar a Catherine, El Destripador escribió con tiza sobre una pared de Goulston Street: “Los judíos son los hombres a quienes no se culpará de nada”, frase enigmática que quizá quiso extender un manto de sospecha sobre los judíos que vivían en el East End, o quizá sólo un insulto antisemita. O un anagrama, una referencia a misterios ocultistas. Es uno de los misterios que dejó El Destripador. La inscripción no fue fotografiada porque el oficial a cargo, Charles Warren, temía que, cuando fuera vista por los vecinos, se produjeran disturbios y hasta linchamientos. Así destruyó evidencia de enorme importancia. 
6) Mary Kelly, 9 de noviembre: la única víctima del Destripador joven y bella, una inmigrante irlandesa de 24 años, había sido una prostituta cara del West End años antes. Fue la víctima con la que más se encarnizó. La encontró el dueño del miserable cuarto que alquilaba cuando fue a reclamar su dinero. Su cuerpo estaba sobre la cama en una habitación de Miller’s Court. Boca arriba, El Destripador le cortó la carótida, desfiguró su rostro hasta dejarlo irreconocible y le abrió el cuerpo en canal. Los genitales eran una masa informe. Le amputó los pechos y colocó el hígado en un lado de la cama; dejó los intestinos sobre la mesa de luz. Le extirpó todos los órganos salvo el cerebro, y su pierna izquierda estaba tan despellejada que se veía el fémur. Se llevó su corazón.
¿Caso cerrado? 
Acaba de aparecer en la Argentina Retrato de un asesino. Jack el Destripador: caso cerrado, una investigación periodística de la escritora best seller norteamericana Patricia Cornwell, creadora del personaje Kay Scarpetta, la doctora forense que atrapa asesinos seriales. Cornwell, millonaria, se obsesionó con ganarles a todos los expertos y descubrir la verdadera identidad de Jack el Destripador. Considera a su investigación la resolución definitiva. Gastó 6 millones de dólares de su bolsillo en buscar información sobre su sospechoso. Mandó hacer costosísimos estudios de ADN, compró incluso el escritorio de su Jack. Pero, ¿es convincente? No tanto. En cualquier caso, las “pruebas” que aporta están lejos de ser concluyentes. Lo que Cornwell tiene entre manos es una hipótesis más, caprichosa, apasionante, pero endeble. La escritora le pone nombre a Jack el Destripador: se trataría del pintor Walter Sickert, uno de los más grandes artistas plásticos británicos junto a Turner y Bacon (y una influencia importantísima para este último). ¿Por qué Sickert? Cornwell ofrece algunas pistas importantes. 
Sickert tenía veintiocho años cuando sucedieron los crímenes. Era políglota, adicto a los periódicos sensacionalistas, escritor compulsivo, hombre de sociedad que se codeaba con Edgar Degas (de quien fue discípulo), André Gide, Aubrey Beardsley, Oscar Wilde, Henry James, Paul Monet y hasta Marcel Proust. Le gustaba disfrazarse y usar seudónimos. Sus lugares de trabajo eran por lo general antros secretos, y frecuentaba el East End para buscar prostitutas que le sirvieran como modelos; interesado en los bajos fondos y el music hall, no les temía a los barrios peligrosos de Londres y los recorría hasta el amanecer, en frenéticas caminatas. Hasta allí, Sickert sólo entra en la lista de sospechosos por ser un hombre de clase alta que visitaba en forma clandestina el barrio de los crímenes. Y un prepotente misógino que voceaba su desprecio por las mujeres. Pero Cornwell se atreve a sostener que Sickert perpetró crímenes sexuales (por lo general son de este tipo los que cometen los asesinos seriales) por un trauma de la niñez. Escribe: “Nació con una malformación de pene que lo obligó a someterse a una intervención quirúrgica a muy temprana edad y puede que la cirugía lo dejase desfigurado, si no mutilado. Cabe suponer que fuera incapaz de una erección y que su miembro no tuviese el tamaño suficiente para la penetración”. A partir de esto, sostiene que Sickert se vengaba de su malformación matando a las mujeres que ofrecían ese sexo del que él no podía disfrutar.
Terca, Cornwell cruzó cartas de Sickert con cartas que El Destripador envió a la policía y a los diarios. Cabe aclarar que la autora cree que las cartas, tomadas como fraudulentas, fueron escritas realmente por el asesino, una teoría que va en contra de lo que se considera cosa juzgada sobre esta correspondencia. El mejor resultado de pruebas genéticas lo obtuvo de la añeja saliva adherida al sello de una carta de El Destripador que contenía una secuencia de ADN mitocondrial bastante precisa. Esta misma secuencia pudo aislarse en otra carta de El Destripador y en dos del pintor Walter Sickert. Son las muestras de ADN más antiguas que se han analizado en un caso criminal. Pero estas secuencias pueden encontrarse, según otros expertos, en una persona entre mil, lo que deja un margen amplísimo. Cornwell cree que todas las cartas de El Destripador pudieron ser escritas por una misma persona porque un artista como Sickert podía desfigurar con facilidad su letra. Pero también ofrece una prueba más contundente, descubierta en el 2002: “La policía creía que El Destripador escribía con sangre. Pero lo que siempre se había tomado como sangre humana o animal resultó ser un pringoso barniz marrón, o quizás una mezcla de tintas; estas manchas, salpicaduras y chorretones de aspecto sanguinolento se hicieron con un pincel de pintor. El Destripador escribió en papel vitela y en papel con filigrana, pero la policía no se fijó en estas delicadas pinceladas ni en la calidad del papel, que se atribuyen a un bromista analfabeto o desequilibrado”. Además, tanto Jack como Sickert escribían sobre la misma marca de papel: A Prairie & Sons. 
De todos modos, Cornwell admite que sólo cuenta con “un discreto indicador de que las secuencias de ADN mitocondrial de Sickert y el supuesto Destripador proceden de la misma persona”. Que Sickert escribiera las cartas no implica que matara a nadie; sólo demuestra que era un perverso. Cornwell no pudo ir más lejos con los estudios de ADN porque el cuerpo de Walter Sickert fue incinerado, y no tuvo hijos. Un auténtico e intuitivo golpe maestro para los investigadores futuros, en caso de que el pintor fuera el asesino. Cornwell no cree, como la mayoría, que Jack fue necesariamente un médico: “No es preciso tiempo ni habilidad para destripar a una persona. No es necesario ser cirujano o patólogo forense para encontrar el útero, los ovarios y otros órganos internos. Además, incluso para un cirujano sería difícil operar en la oscuridad. Las lesiones que, por ejemplo, infligió al cuerpo de Catherine Eddows no requerían conocimientos de cirugía. Se limitó a cortar como un poseso”. Y al canónico número de seis crímenes, le agrega muchos más, sólo que fuera de Whitechapel: calcula que mató a quince personas más. 
De todos modos, lo mejor de Retrato de un asesino no es su solidez. Lo mejor son los impresionantes detalles acerca de la vida cotidiana en el East End. Y datos estremecedores, como el siguiente: “Las fotografías del depósito de cadáveres se tomaban con una cámara de madera grande que sólo enfocaba las imágenes de frente. Cuando la policía necesitaba plasmar la imagen de un cadáver debía ponerlo de pie o apoyarlo contra la pared, ya que era imposible girar el objetivo hacia abajo o hacia los lados. A veces se colgaba al cuerpo desnudo por la nuca de un gancho o un clavo”. Lo más importante es, sin duda, la reconstrucción de la vida de las prostitutas asesinadas, el homenaje a las víctimas, que siempre quedaron en un segundo plano, como piezas de ajedrez en el juego un tanto macabro de losexpertos: “Fue una vergüenza que algunos periódicos sugirieran que los crímenes de El Destripador eran una proclama socialista destinada a sacar a la luz los entresijos del sistema de clases y los oscuros secretos de la ciudad más grande del mundo. Sólo asesinó a prostitutas enfermas, miserables y prematuramente envejecidas. Las mató porque era fácil”.
Los sospechosos 
La teoría de Patricia Cornwell viene a sumarse a una larga lista de posibles Jack, que suma nombres cada década. Es notable, en la lista de sospechosos, el grado de prejuicio del imaginario colectivo: la orientación sexual fuera de la norma heterosexual, las prácticas de control de natalidad, los desequilibrios emocionales y el poder de la clase dominante son criterios casi excluyentes para determinar la identidad del esquivo asesino.

Teoría de la conspiración 
Es la más popular y una de las más endebles. Se cree que el príncipe Alberto, hijo del rey Eduardo VII, tuvo un casamiento secreto con una chica católica y pobre, Ann Mary Crook, que trabajaba en un negocio en Cleveland Street. Tuvieron una hija y vivían felices hasta que la reina Victoria se enteró de la indiscreción de su nieto y demandó que se pusiera fin a la situación. Alice no sólo era pobre sino católica, y se creía que un heredero al trono de esa religión podría causar una revolución, cuando no destrozar el Imperio. Quien se hizo cargo de silenciarlo todo fue Sir William Gull, el médico de la corona. En un raid a plena luz del día, el príncipe fue arrancado de su nido de amor y Ann fue llevada a un asilo para enfermos psiquiátricos, donde se cree que la lobotomizaron. La hija quedó a salvo con su nana Mary Kelly, una prostituta irlandesa muy bella, íntima amiga de Alice Crook. Ella entregó a la criatura a un convento, y se escondió en el East End. Pero pronto les contó todo a sus amigas, y ellas decidieron chantajear a la policía cuando necesitaban dinero para pagarles a sus proxenetas. Cuando el primer ministro Lord Salisbury se enteró, recurrió nuevamente a Gull. El médico elaboró un esquema complejo para silenciar a las mujeres, basado en rituales masónicos. Los crímenes serían mensajes sobre el poder y la fuerza de la masonería, y sobre el destino que les esperaba a quienes se les opusieran. Lo atractivo de la teoría de la conspiración es que es imposible probarla y, al mismo tiempo, que sea difícil de probar la convierte en creíble. La evidencia no existe porque la conspiración se encargó de destruirla. ¿No hay certificado de nacimiento del príncipe y Annie? Es porque lo destruyeron. ¿No hay evidencia de que Gull fuera masón? Lo ocultaron. Ésta es la teoría que publicó Stephen Knight en Jack The Ripper: The Final Solution (1978) y a la que adscriben la novela gráfica From Hell (Desde el infierno) de Alan Moore y la película del mismo nombre de los hermanos Hugues.

Montague John Druitt 
Fue el sospechoso número uno de la policía londinense, pero con muy poca evidencia. Experto en cricket, graduado del Winchester College, secretario y tesorero de la Blackheath Cricket, Gottball y Lawn Tennis Company en 1885, Druitt fue despedido de su puesto como maestro de escuela en Blackheath por problemas que sólo se pueden conjeturar; quizá un escándalo sexual. Su cuerpo fue descubierto en el Támesis el 31 de diciembre de 1888. Dejó una carta que decía: “Desde el viernes empecé a sentir que iba a volverme como mamá, y que lo mejor para mí era morir”. Su madre estaba recluida en un manicomio. Con su muerte, según la policía, se acabaron los crímenes. Pero, ¿por qué la sospecha? Todo se basa en un informe del inspector McNaghten en el que afirmaba que tenía casi la seguridad de que se trataría de Jack, y que lo sabía por la familia del deportista y maestro. Si el policía tenía más evidencia, no la dijo. Sólo agregaba que Druitt era hijo de un cirujano, y eso explicaría su modus operandi. El desdichado Druitt tiene una excelente coartada, no obstante: jugó varios partidos de cricket en agosto y septiembre de 1888, en Bournemouth y Dorset; ni siquiera estaba en Londres cuando asesinaron a las dos primeras víctimas.

Jill The Ripper 
Jack sería mujer y partera. Por eso podría moverse con facilidad a altas horas de la noche, mientras todo Londres buscaba a un hombre. Si había sangre en su ropa, sería sólo una consecuencia de su trabajo. Además tendría los conocimientos anatómicos necesarios. La Destripadora tiene nombre: Mary Pearcey, partera, que en 1890 apuñaló a la esposa de su amante y a su hijo; les abrió la garganta y los tiró a la calle. Fue condenada a morir en la horca ese mismo año. Sir Arthur Conan Doyle estaría de acuerdo: creía que Jack se disfrazaba de mujer para evadir a sus captores y ganarse la confianza de las mujeres.

Francis Tumblety 
Suma muchos puntos porque era estadounidense (por adopción, pero criado allí a fin de cuentas), patria de los asesinos seriales. Se trata de una de las hipótesis más sólidas, expuesta por Stewart Evans en el libro Jack The Ripper: First American Serial Killer (1993). Pasó su niñez en Nueva York y desde 1850 ejerció la medicina de forma ilegal. Fue arrestado varias veces por practicarles desastrosos abortos a prostitutas. Atravesó Estados Unidos disfrazado de militar, en un carromato blanco; cuando estalló la Guerra Civil, fue médico en el frente. Conocido misógino, los testimonios de sus conocidos afirman una y otra vez que se refería a las mujeres como “ganado”, y a los prostitutas en especial como “una plaga a ser exterminada”. Guardaba una colección de frascos con órganos humanos en conserva; la mayor parte, úteros. Tuvo que huir de su país cuando lo acusaron de participar en la conspiración para asesinar a Abraham Lincoln, un rumor que destrozó su reputación. Se fue a Inglaterra a fines de 1869. Allí comenzó a verse con Sir Henry Hall Caine, con quien habría tenido un romance. En noviembre de 1888 fue arrestado en Liverpool por asalto indecente a cuatro hombres, eufemismo por relaciones homosexuales. Siempre se lo tuvo como sospechoso de los crímenes de Whitechapel, y fue detenido por ellos, pero escapó a EE.UU. en diciembre de ese año. Lo siguieron, pero no pudieron encontrarlo. Murió en St. Louis, después de amasar una importante fortuna. Ni bien dejó Inglaterra, los crímenes en Whitechapel se detuvieron. 

Príncipe Alberto, 
duque de Clarence 

Conocido como Eddy, el hijo del rey Eduardo VII tuvo una vida corta y desdichada. Se cree que era retrasado mental; se sabe que estaba casi sordo. Quienes lo señalan como El Destripador sostienen que sólo un príncipe podría mantener tal grado de impunidad, y por supuesto la protección de la familia real. Según la sospecha, sufría de sífilis; la enfermedad en su último estadio lo habría vuelto loco, y lo llevó a cometer los crímenes. Su doctor era Sir William Gull, que después de la noche del doble crimen lo internó en un neuropsiquiátrico, pero el príncipe escapó y mató a Mary Kelly, tras lo cual fue encerrado nuevamente y murió de influenza en 1892, o bien de un “ablandamiento del cerebro” en un hospital de Sandringham, o bien fue asesinado con una sobredosis de morfina. Nunca pudo probarse que tuviera sífilis: no hay papeles que lo confirmen y las cartas del Dr. Gull fueron quemadas. Los archivos de la corona dejan sentado que Eddy ni siquiera estuvo en Londres durante los crímenes; habría pasado el verano y el otoño en Yorkshire y Escocia. Estateoría fue defendida por Frank Spiering en su libro Prince Jack. En 1978, Spiering le pidió a la reina Isabel II que dijera la verdad sobre Eddy, que abriera los archivos reales o se manifestara de alguna manera sobre el príncipe destripador. La soberana aún guarda silencio.





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John Doe

Blogger. Ex estudiante de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Mis "héroes" son James Frazer,Mircea Eliade, Joseph Campbell y Vladimir Propp.

 
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