Nuevos libros

Written by John Doe on lunes, 24 de mayo de 2010 at 16:31

Me guste o no la gran mayoría de libros sobre vampiros son románticos. Los podés encontrar en la zona de descargas.

Alexandra Ivy, Abraza la oscuridad
Elisa Adams - Medianoche
Jacquelyn Frank - Damien
A Despertar de medianoche (Raza de medianoche 3) se agregan:
Lara Adrian, El beso de medianoche (Raza de medianoche 1)
Lara Adrian, El beso carmesí (Raza de medianoche 2)
Lara Adrian, Medianoche en aumento (RM 4)
Lara Adrian, Velo de medianoche (RM 5)
Laurell K. Hamilton - Casa en venta (precuela de la saga Anita Blake)
Patrice Michelle - Serie Vampiros Kendrian:
El sabor de la pasión 1
El sabor de la venganza 2
El sabor del control 3
Susan Sizemore - Ardo por tí (Serie Primes)

                                                                                                                                                                              
Retrato de Ethelinde Gudruna            
                                                                                                                                                                       

Sombras tenebrosas

Written by John Doe on domingo, 23 de mayo de 2010 at 13:24

Se acerca el Bicentenario.... Buenos Aires parece una gran feria celeste y blanco. Y el cielo negro que amenaza lluvia. Un buen día para escribir en el blog. 
Navegando por la web - ya pasé mis días de navegar por el Río de la Plata, creo - encontré la noticia de que Johnny Depp, uno de mis actores favoritos, interpretará al vampiro Barnabas Collins creado por Jonathan Frid.  Depp comentó que desde niño estuvo obsesionado con este personaje y que siempre ha deseado interpretarlo. ¿Y de dónde sale este vampiro de 175 años? De una serie llamada Sombras Tenebrosas que, con un total de 1.225, se emitió entre 1966 y 1971.Originalmente la idea fue hacer una telenovela gótica con una institutriz llegando a Collinwood y descubriendo su pasado turbulento. Como el rating no ayudó, se les ocurrió incorporar elementos sobrenaturales a la trama. El programa repuntó, y con la aparición del vampiro Barnabas Collins en el segundo año (episodio 211) se convirtió en un  verdadero éxito con merchandising incluido. La historia se llevó a la pantalla grande en 1970 con el nombre de House of Dark Shadows que puede descargarse en esta página de Taringa. Las siguientes películas basadas en la serie de culto, pasaron sin pena ni gloria.
Según la crítica de Arlequín, " lo que hace Curtis aquí es comprimir los elementos más importantes de las tres primeras temporadas. Toda la galería de personajes bizarros que poblaba la telenovela ha sido directamente podada, y se mantiene la trama central con Barnabas apareciendo en la mansión de los Collins y enredándose con la reencarnación de su viejo amor. Obviamente toda la historia de fondo es esencialmente Drácula disfrazado. En este caso el vagabundo desquiciado del lugar termina por hacer las veces de Renfield, la instituriz es la nueva Mina, y hay un profesor Stokes que hace las veces de Van Helsing. Lo que añade Curtis de su propia factoría es el personaje de la Dra Hoffman, una ambiciosa científica que le ofrece una cura al vampiro pero termina enamorándose de él. Mientras que en la TV esto era más evidente, aquí los sentimientos de Hoffman no son tan claros y, cuando sumo, le sobreviene un ataque de consciencia, lo que sirve para desencadenar los sucesos.
Pero a pesar del maquillaje de una historia tan rutinaria, es un filme logrado. La diferencia estriba en Dan Curtis, que lograr crear más atmósfera aquí que en 20 filmes de la Hammer juntos. La mansión Collins posee una formidable belleza siniestra, enclavada en un océano de árboles, donde las distancias parecen enormes, y es verdaderamente una protagonista más en el film. Todo lo que muestra la película acerca de Collinwood se ve gigantesco: la casona es tan grande que tiene enormes dependencias abandonadas y en ruinas. Los personajes vagan tanto por elegantes ambientes góticos como por habitaciones derruidas y plagadas de telarañas. A pesar de estar ambientada en el siglo XX, son pocos los indicios de la época - los policías, algunos autos -, pero la mayor parte del tiempo se respira una atmósfera gótica. Todo el excelente escenario sirve para crear un clima único. A esto se suma la dirección de Curtis. Es ágil, con primeros planos, sombras siniestras, y una excelente seguidilla de escenas de tensión. Es notable ver como un argumento tan común es utilizado hábilmente para generar un momento de suspenso tras otro. Los ataques iniciales, los celos de la perversa Carolyn - que terminará siendo presa de Barnabas y tendrá un horrendo final -, las apariciones de ésta como vampiro (en especial la excelente escena en la piscina abandonada donde se le presenta al joven David), o la venganza de Barnabas después que los experimentos con la sangre fallaran miserablemente.
Pero si Curtis hace su parte con creces, el que se roba la escena es Jonathan Frid. Frid era un actor canadiense desconocido hasta la época de la serie, y que lamentablemente no quiso capitalizar todo el suceso de Dark Shadows (decidió volcarse a su vocación teatral). Su Barnabas Collins es una mezcla de monstruo y héroe romántico; si bien como galán no posee belleza, si tiene una carismática presencia que lo hace atractivo.  A mi juicio es un intérprete desperdiciado; del mismo modo que pasó con Robert Quarry (el Conde Yorga), Jonathan Frid merecía haber sido probado como figura del cine de horror ya que posee la presencia, la voz y el carisma que requieren dichos papeles. Hubiera podido alzarse a la estatura de un Vincent Price o un Christopher Lee. Lamentablemente su carrera posterior fue bastante opaca.
Es un muy buen filme, más que recomendable. Quizás Curtis se excede un poco de shocks en algún momento que otro, y a veces la trama presenta algún que otro agujero, pero buenos intérpretes y un buen clima de horror aseguran una buena película. Un film que debería aún ser más popular, y no sólo en los círculos de fans."

Fragmento inicial del episodio 211:




                                                                                                                                                                      

¿Película argentina de vampiros?

Written by John Doe on miércoles, 19 de mayo de 2010 at 11:39

Entrevista a Alexis Puig: Darío Lavia & Pablo Sapere, 
http://www.quintadimension.com/article299.html

¿Que es No Muertos?

Es un largometraje de unos 70 minutos de duración; es una película de vampiros. Transcurre aquí, en Buenos Aires, en una época actual; es la historia de una chica, Sandra, que está embarazada y piensa que el hijo es fruto de su novio, que murió hace muy pocas semanas de manera extraña.
Pero en realidad en el correr de la película ella se da cuenta que el hijo que lleva adentro no es de su ex novio sino que es de un vampiro que está buscando un vientre en donde poder incubar un vampiro que sea su descendiente.
Cuando Sandra se entera de esto recurre a la ayuda de una especie de cazavampiros, una especie de pordiosero que se dedica a matar vampiros por herencia ya que su familia se dedicaba a cazar vampiros en Buenos Aires hace mucho.
Seria como el nieto Van Helsing...

Claro, una cosa así; ella se ve en la disyuntiva de matar al hijo que lleva en su vientre o dejarlo nacer.
¿Cómo se dio la idea de hacer una película de vampiros?

Básicamente porque el de los vampiros es el genero que más me gusta. Soy un fanático de los vampiros, escribí un libro sobre el tema. Crecí viendo películas de vampiros, la primer película que vi en mi vida fue una película de vampiros; con lo cual creo que quede traumatizado por que era muy chico, y de ahí las consecuencias.
Cuando estuve estudiando en la escuela de cine hice un par de cortometrajes que tenían que ver con el tema, pero siempre desde un punto de vista más irónico; incluso mi primera película Vendado y Frío es una comedia, a pesar de que tiene toques fantásticos por que es de una momia y todo eso. Pero quise hacer una película de vampiros en serio, que no tuviera humor, que sea bien pesada, densa y de ahí surgió el tema de No Muertos. En realidad la gente que vio la película anterior y que me pregunta por No Muertos, quieren verla, es como que se esperan que va a ser una cosa como La Danza de los Vampiros, y no tiene nada que ver.
Por que, por ahí es más fácil, a esta altura, hacer una película de horror con humor...

Si de hecho es más fácil y estás como un poquito a resguardo, por que si la gente se caga de risa todo bien; acá si se caga de risa no, está todo mal.
Y es más, yo creo que en algún momento se van a cagar de risa y entonces es difícil realmente, por que estás ahí... es un borde muy difícil. Después de haberte visto tanto cine de horror tenés que creer, la verdad es que está difícil.
Además el cine de vampiros tiene muchos lugares comunes...

Claro, la película esta llena de lugares comunes, tiene todos los clichés: el tema del ajo, cruces; si bien no aparecen durmiendo en ataúdes es por que no son vampiros góticos, están mas cerca de los vampiros de Carpenter que de los vampiros de la Hammer. De todas maneras tiene muchos lugares comunes y la gente yo creo que: a los que le guste el genero quizás la disfruten y la critiquen, la van a hacer mierda o les va a gustar; pero la gente que no es amante del genero la va a ver y va a decir que es una porquería
Alguna visión novedosa, aportas algo nuevo al tema de los vampiros

Estos vampiros caminan de día, no necesitan caminar de noche; a pesar de que duermen de día pueden salir igual.
Hay una cosa rara que invente que los vampiros, por ejemplo, para ser puro tiene que ser un vampiro apropiado por sexo, no puede ser uno apropiado a través de una mordida por transfusión de sangre. Solo los vampiros puros nacen a través de sexo y los que son mordidos son vampiros descartables. Es más, es una gama de vampiros que son de segunda línea; o sea no tienen ni poder ni nada por el estilo, son como una especie de carroña de vampiros, son "los descartables".
Acá el único vampiro puro es el que justamente embaraza a Sandra que se llama Natán, que lo hace Martín Karpan. Según dice el cazavampiros es el último que existe en Buenos Aires.
La onda es que llegaron en la época de la colonia y se fueron esparciendo, pero siempre había pocos puros por que, en realidad, a la vez que llegaron empezó la cacería.
Entonces siempre iba zafando uno de linaje puro que expropiaba a otro y a su vez después moría y quedaba uno solo porque la mayoría de los vampiros eran descartables y los de linaje puro eran pocos. 
Cuales son tus películas de vampiros favoritas o las que te marcaron

La primer película de vampiros que vi fue "Drácula 72", de la Hammer, después viéndola de nuevo me di cuenta de que era una cagada pero a mí me marcó mucho por que fue la primera película que vi.
Como predilectas me gusta mucho "La danza de los vampiros" de Roman Polanski. El primer Drácula de la Hammer o "Horror of Drácula". Me gusta mucho "La hora del vampiro" y la que pasaban en la miniserie de Stephen King Salem's Lot.
y la de Carpenter...

Si me gusto, pero...
No parece una película de Carpenter...

No. Y además a esa no la pongo en el podio de una película de vampiros, pero si siento que influyo en algunas cosas. ¿Sabes por que? Porqué justo estaba filmando en el momento en que se estrenó. Por ejemplo el look de Natán se parece mucho al look del vampiro de Blade, es muy parecido por que además se parecen físicamente, pero no era lo que buscaba sino que justo se dio ese momento, la directora de arte fue a ver la película. Y después hay otra escena de No Muertos, una de las escenas finales que es casi un homenaje a una de las escenas de Carpenter por no decir un robo
Una en la que van los vampiros caminando...

Exactamente, esa escena es igual a la de Carpenter cuando van caminando los vampiros.
Viste Sangre de Vírgenes de Emilio Vieyra, tu opinión, sin ser demasiado duro...

Si, si, si, la vi; pero lo que hay que ver es en la época en que se filmó la película. Ahora es muy fácil decir: es una cagada, pero esta filmada en una época en que también las películas de afuera daban miedo, tampoco eran muy distintas. Si vos te pones a ver las películas de la Hammer son "de terror".
Perdón, pero eso es de la época de La danza de los vampiros

No es anterior Sangre de Vírgenes a La Danza de los Vampiros, pero La Danza de los Vampiros es una película clase A. Pero hablando de películas clase B de vampiros, todas las que tengan que ver con la Hammer tipo El poder de la sangre de Drácula, Drácula del 72, son terriblemente malas.
Muy exploitation

Si, Scars Of Drácula es una de las peores de la historia del cine de vampiros. A mí me parece loable haber hecho una película de vampiros acá en argentina. Te digo que no es una película como para decir "me influyó", pero en realidad nada de lo de Vieyra te puede influir pero, que sé yo... es... simpático. Pero no me parece simpática Vivir Mata de Bebe Kamin, ahí me parece una cagada, ya es distinto.
(...)
 No Muertos es una película bastante explícita. Tiene bastantes escenas de Gore, no es para nada climática, no creo que lo sea. Y también es producto de que está hecha con bajo presupuesto ¿no?.
La película tiene muy poca guita, menos que la anterior y estuvo hecha a los ponchazos por que tuvimos mil quilombos filmando; de hecho aun tengo quilombos por que tengo quilombos con la música; siempre hay algún quilombo, es una película re-problematica para terminarla y creo que no pude laburar todo lo bien que hubiera querido laburar. Una cosa es el libro de No Muertos, es totalmente distinto a la película. Tiene muchos mas personajes, por eso me he propuesto de ahora en mas escribir cosas que solamente pueda filmar. Basta de escribir boludeces que después no se pueden hacer, entonces ahora voy a escribir cosas que después pueda filmar, cosas que después pueda conseguir; si necesito un cuchillo primero me voy a fijar si tengo un cuchillo...
Nada de vampiros flotando...

No, de hecho tenia cosas re locas, cosas flotando y así pero después los actores decían: - Pero acá decía que flotaba y tenían una lucha en el aire, pero no. No existe.
El Financiamiento ¿cómo lo resolviste?

No, No Muertos se filmo con guita que se saco de fiestas, y tuvo una productora asociada que es una productora de publicidad que pusieron toda la película y todos los materiales técnicos: cámaras, luces, travelling. Y ellos son socios de la película y por eso se pudo hacer por que si no la verdad es que no se podría haber hecho.
En que momento de la producción esta la película

No Muertos esta terminada la doble banda y esta ahora el músico terminando de componer y esta grabando. Una vez terminada la música se va a hacer la mezcla de sonido y después esperar. Si esta la plata para la ampliación de 35 se ampliara y si no se hará una copia directamente de Betacam. 
Si vos tuvieses que hacer una película sobre Drácula que actor te parecería que pudiese ir, pudiendo elegir a cualquiera de todos?

Yo una vez quería hacer un Drácula mudo, en blanco y negro que sea como la novela, que sea un tipo viejo, yo quería ponerlo a Jean-Pierre de Reguerraz. Él trabajó conmigo, trabajo en un corto y además trabajo en Vendado y frío, hacia del egiptólogo. Y yo me lo veía a él, por que incluso quería ponerle unos pelos largos, grises y hacerlo medio peludo
Como el Drácula de Coppola...

Si, pero mas desprolijo, mas viejo, hecho mierda, y aparte tiene una cara espectacular, me encanta por ejemplo trabajo en El lado oscuro del corazón o en la de Eva Peron, la de Desanzo, trabajo en montones de películas, hizo publicidades.
Te gustaría como el conde Drácula

Si, esa es una fantasía que tuve. Y después si no... es difícil, hay muchos...
Bela Lugosi o Christopher Lee

Pero yo no le daría un Drácula así, tipo Gardel. La verdad que no me gusta un Drácula peinado a la gomina, me gustaría un Drácula mas sucio, mas asqueroso.
¿Un vampiro tipo Nosferatu?

Claro, pero yo no lo haría pelado, le pondría pelo.
¿Colmillos incisivos o caninos?

No, incisivos, incisivos.
¿Cuál es tu Drácula preferido y por que?

Mi Drácula preferido es el de Christopher Lee...
La versión Hammer 1958

Si, y también la del 72. La del 72 me gusto por que fue la primera que vi. Pero además por que fue el primer Drácula de cine que me metió miedo; la de Bela Lugosi nunca me metió miedo, pero con Bela Lugosi yo ya era más grande, pero cuando vi a Christopher Lee por primera vez si me dio miedo
Aún hoy en día convengamos en que sigue metiendo miedo, yo veo los ojos inyectados en sangre y la boca abierta

Yo me acuerdo muchisimo del Drácula del 72 por que mi viejo me llevo al cine, mi viejo iba mucho al cine por que le gustaban mucho las películas de la Hammer. Y yo hoy en día no sé si llevaría a mi hijo de 3 años a ver una película de la Hammer por que... me acuerdo de la escena, no tanto Christopher Lee, pero si en la que el discípulo de él Alucard muere en la bañera a mi esa escena me quedo grabada; y después de Christopher Lee, antes de ver Horror Of Drácula yo vi Drácula Príncipe de las Tinieblas y también me había quedado muy shockeado con la escena en que lo reviven a él, o sea que el tipo lo degüellan, la sangre cayendo... me había dado mucho miedo
También, vos tenias...

Si era chico 4 o 5 años. Es mas a veces añoro tener ese miedo. Por que ahora es como que no te da miedo nada, no te sorprenden con nada y es mas si vuelvo a ver las películas esas me digo como me gustaría sentir lo que sentí cuando era chico por que era muy excitante.
Cuál es la vertiente del cine vampirico que mas te interesa?

A mi me gusta mas el tema del vampirismo gótico, me interesa mas el vampiro clásico
Estilo Hammer

Si, sin duda. Por que además me parece que es en donde mas se adecua, donde mejor se siente el personaje. O sea esta todo bien, hay películas que yo que se... me interesan
Por ejemplo las películas de vampiros ambientadas en nuestra época.

De hecho en No Muertos son así; pero igual de todas maneras me parece que siempre tiene que haber un toque gótico. No se sabe por que pero esta todo relacionado con el personaje, ya sea desde la vestimenta o a lo mejor desde los lugares. No tiene tanto que ver con la época, porque existe un gótico en esta época. El gótico siempre tiene que estar.
Cine argentino: cuales son las películas de terror que mas rescatas?

Obras maestras del terror, para mi es la mejor.

No Muertos (2000)
Director y guionista del mediometraje de terror. 
Protagonizado por Martín Karpan, Maxi Ghione, 
Luciana González Costa y Alejandro Gance.
                                                                                                                                                                        
               

vampiros energéticos

Written by John Doe on at 11:12

Encontré este artículo en la web y aunque me parece cosa de curanderos, lo añado a mi blog... por las dudas...

El término "vampiro" es lo suficientemente sugestivo como para poder hablar de forma muy extensa de las connotaciones que tal expresión hace llegar a nuestra mente. Sin embargo, no nos referimos ahora al conocido personaje, ya arquetípico, sediento de la sangre y del alma de sus víctimas.
De forma genérica, puede aplicarse este término a la persona con la supuesta capacidad de sustraer la fuerza vital del campo energético de sus semejantes ¿Existen entre nosotros seres que tengan esta capacidad? ¿Puede tal cosa llegar a ser posible? Veamos lo que la moderna investigación sobre el estudio de supuestos fenómenos extraños nos ha permitido averiguar sobre este tema.
Lo primero que deberíamos saber es que nuestra actitud inconsciente ante un determinado problema hará que éste se acreciente y amplifique, o bien que se modere y disminuya. La tensión emotiva generada por el individuo que toma decisiones erróneas para su estabilidad, genera una espiral depresiva que provoca su propio malestar. El torbellino de ansiedad y desgaste psíquico deriva en una aparente disminución de su energía interior. Esta máxima elemental era conocida por muchas órdenes esotéricas, que aplicaron estas nociones ¿De qué forma?
La "Hermandad Negra"
Tomemos, como ejemplo, el significado preciso de unas palabras de Bram Stoker, creador del famoso Drácula y miembro de la orden ocultista Golden Dawn: "Un vampiro jamás puede acceder a su hogar, a menos que usted le preste su consentimiento y le invite previamente a entrar".
Esa argumentación, traducida a un lenguaje cotidiano, propone que nada ni nadie tiene el poder de hacernos ningún daño psíquico, a menos que nosotros se lo permitamos. Tenemos el libre albedrío de escoger nuestras propias decisiones y actitudes. De modo que podemos abrir la puerta de nuestra mente a los supuestos problemas del exterior o cerrarla para que sea un reducto impenetrable a la hostilidad. La realidad objetiva es que nosotros somos el resultado final de lo que pensamos.
Si alguna "amistad" malintencionada nos percibe como seres débiles y vulnerables mentalmente, y entonces decide sugestionarnos con impresiones negativas que minen nuestra seguridad, esa fuerza exterior sólo cobrará poder en nuestras vidas si damos permiso para que su acceso de negatividad entre en nuestra mente. A un comentario "aparentemente" inofensivo, porque se expresa con un lenguaje suave y tenue, pero que intuimos cargado de intensiones desmoralizadoras por parte del agresor psíquico, hay que responder siempre con la indiferencia emocional. Pero la clave para lograr la verdadera invulnerabilidad es sentir en nuestro interior esa apatía frente a la información que nos llega del exterior.
¿En qué ocasiones damos autorización a los vampiros para actuar? Veámoslo con un ejemplo trivial. ¿Nunca nos ha dicho nadie, un día en el que nos encontrábamos bien emotivamente: "Hoy tienes mala cara, tu aspecto no es el de siempre, parece que tienes algún problema o que algo te preocupa, ¿te encuentras bien?". Y nuestra respuesta ha sido la inseguridad respecto a nuestro estado real, que en realidad era bueno, y hemos ido a toda prisa a mirarnos al espejo. El supuesto vampiro psíquico puede apuntarse un rotundo éxito: ha sembrado la desorientación y, en pocos segundos, hemos comenzado a sentirnos mal.
El hecho cierto, en este caso, es que alguien ha logrado que la sombra de la duda y la desconfianza hacia nosotros mismos germine en nuestro fuero íntimo. Apliquemos esta situación a temas mucho más trascendentales, que pueden estar relacionados con el trabajo, la economía o el amor. La mínima fisura emocional permitirá que el ataque del vampiro consiga su objetivo. Nosotros mismos estaremos haciendo todo el trabajo de desgaste y autodestrucción personal, sin que nadie haya tenido que recurrir a ningún complejo ritual de magia negra para abatirnos y perjudicarnos. Nuestra actitud frente a las cosas, nuestros miedos e inseguridades interiores, han sido nuestro pero enemigo.
Los magos de la Golden Dawn, como Bram Stoker, sabían todo esto, y al recurrir muchos de ellos sutilmente a técnicas psicológicas y mentales muy concretas, generaban efectos mucho más demoledores psíquicamente sobre la víctima que con los ritos de magia operativa dirigidas contra ese mismo sujeto. Ahora bien, ¿cómo funciona este proceso en nuestra vida cotidiana?
¿Tenemos la costumbre de recrearnos en la observación morbosa de nuestra caja de Pandora psíquica con demasiada frecuencia? Sabemos, por experiencia y vivencias adquiridas, que una determinada actitud no nos beneficia; sin embargo, a pesar de ello la potenciamos y amplificamos de forma derrotista, dando por sentado que "las cosas no pueden ser de otra forma". Por tanto, en estas circunstancias nuestra actitud personal continúa siendo errónea. Cuando nos identificamos con el sufrimiento de una situación que nos resulta desagradable, estamos generando una pérdida de energía que en ningún momento nos está beneficiando. Eso puede provocarnos un desgaste brutal; luego, es evidente que si queremos soluciones prácticas para sentirnos mejor, una reacción emotiva inversa nos permitiría un movimiento que, en este caso, sería de activación y carga.
Esta es la clave. Todo depende del planteamiento psicosomático del proceso mental con que nos programamos. A muchos nos ha sucedido en alguna ocasión que, en un momento crucial de acumulación y saturación de problemas, hemos sufrido las consecuencias de un "bloqueo emocional"; esa tensión puede haber sido creada por causas de índole familiar, laboral o quizás de salud. Pero el conflicto real no nace del problema en sí, sino de nuestra reacción ante el mismo. En lugar de buscar respuestas constructivas a nuestros "porqués" personales, nos hemos ido llenando de impresiones negativas que merman cada vez más nuestro estado de anímico. Y lo que realmente hace esa pasividad es alejarnos de una utilización adecuada de nuestra energía personal.
¿Cómo podemos incrementar dicha energía? ¿Qué fuentes de alimentación tenemos disponibles para ello? La respuesta es simple: mediante la absorción de impresiones positivas. Este sería el mecanismo principal con que funcionaría la llamada magia blanca. El practicante de las técnicas que mencionamos trabaja su mente mediante el uso controlado de su voluntad y la imaginación, lo que le hace invulnerable a lo que comúnmente se denomina magia negra, que no es más que una mala programación de los procesos cotidianos. Basados en esta sencilla máxima del vivir cotidiano, autores muy alejados del mundo de la magia han vendido millones de libros sobre crecimiento y superación personal, recordando a sus lectores que la prisión de nuestras emociones es la que nosotros mismos construimos involuntariamente; es decir, los únicos vampiros que pueden atacarnos son aquellos a quienes otorgamos ese poder.
El vampiro interior
Cuando la mente se modifica, el cuerpo cambia. Las emociones generan un tipo de contenidos psíquicos que, a su vez, producen más emociones.
¿Qué son los pensamientos? Impulsos neuronales que se llevan a cabo a través de los neurotransmisores: unas sustancias químicas que transportan los impulsos nerviosos y permiten la comunicación de los contenidos emocionales.
Los cien mil millones de neuronas del cerebro, que aproximadamente tienen unos cien billones de conexiones de circuitos o sinapsis, mediante las cuales las células de este órgano transmiten toda esa información. Nuestros pensamientos son capaces de generar y poner en actividad las sustancias químicas necesarias para el buen funcionamiento del organismo. La mente moviliza átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno, y también envía impulsos específicos, que afectan a la segregación hormonal y a todas las glándulas del sistema endocrino.
La salud de una persona, en consecuencia, estará en parte determinada por su actitud ante la enfermedad, ya que sus pensamientos, en uno u otro sentido, provocarán cambios en su estado físico y mental; es decir, los conductos neuronales envían o no la energía suficiente para el buen funcionamiento del proceso. Cuando esta no llega, o hay una sobrecarga, aparece la enfermedad.
Los terribles efectos que puede llegar a provocar esta situación no son imaginarios, sino absolutamente reales. Los problemas mal canalizados generan una especie de "vampiro cerebral" que devora al cuerpo. Este demonio tiene nombre: la cortisona, que es la hormona generada en situaciones de estrés; éste aumenta su concentración en sangre provocando así daños degenerativos en el cerebro y destruyendo una importante cantidad de neuronas del hipotálamo.
El subconsciente del afectado somatiza la agresión, lo que deriva en estados alucinatorios, como respuesta a la inestabilidad neuronal; procesos que a su vez se precipitan en una escalada de depresión y ansiedad. Como consecuencia, el problema se duplica. Hasta ese momento, la falta de energía tenía un fundamento puramente psicosomático, pero a partir del instante en que se produce la degeneración celular surge un estado permanente de desequilibro hormonal que abre la puerta a una pérdida permanente de energía. Lo peor es que esta amenaza fisiológica aparece por una actitud equivocada del individuo: posturas de derrota, insatisfacción o agresividad mal canalizada. Sin esta actitud negativa, nuestro vampiro interior no tendría ningún poder.
El poder del pensamiento
Según el psicólogo Stanley Schachter, "muchas veces un estado emocional no es más que el resultado de la interacción entre la actividad fisiológica y la evaluación cognitiva de la situación". En realidad, ¿qué son las emociones? Podríamos definirlas como fenómenos multidimensionales, ya que son estados subjetivos. También podría decirse que constituyen respuestas biológicas y fisiológicas que preparan el cuerpo para una función adaptativa. Si tenemos una emoción, se producen cambios corporales.
Acudamos a la actividad del sistema nervioso durante una experiencia que nos provoque miedo. Automáticamente, se produce una serie de variaciones corporales previsibles y recurrentes: el bombeo del corazón aumenta sus palpitaciones, las manos experimentan una mayor sudoración, la presión sube de forma alarmante y la respiración también se acelera. Es un círculo cerrado. A su vez, ese aumento de la actividad cardiovascular también produce una emoción. Somos conscientes de esa aceleración, amplificamos nuestro miedo, y aumenta la segregación de neurotransmisores y de sustancias hormonales.
Eso significa que las emociones no son más que patrones de respuesta. Pero con esa respuesta podemos amplificar el problema si la emoción inicial es desagradable o varía de forma desestabilizante nuestro patrón físico habitual.
Los pensamientos crean sensaciones al cuerpo, que luego se prepara para luchar contra ellas. El organismo físico no es capaz de distinguir entre un peligro imaginario y uno real, así que los mecanismos de control físicos se pondrán en marcha en ambas ocasiones, en función de las emociones iniciales que envíe nuestro cerebro. Nuestra actitud frente a las cosas puede mejorar o empeorar nuestras constantes fisiológicas. Incluso algunas curaciones físicas – verificadas por la ciencia médica – de casos etiquetados como intratables, han revelado que casi todos esos pacientes pusieron en marcha un proceso espontáneo de sanación, cambiando radicalmente su estado habitual de conciencia. Este cambio de actitud emotiva fue el puente mágico entre la enfermedad y la salud.
Cazavampiros
Cuando vemos desde afuera a un agresor, podemos defendernos, pero cuando está dentro nos provoca indefensión psicológica. Nuestro cuerpo es una especie de retrato en tres dimensiones: un holograma gigante de aquello con lo que llenamos nuestro inconsciente. La mente consciente nos puede mentir y darnos la información errónea de que nuestro cuerpo esta sano; por el contrario, la mente subconsciente es incapaz de mentir y refleja en el organismo el estado real de la situación.
Lo que parece evidente es que cuando experimentamos la desagradable sensación de que hemos sufrido un paro energético, deberíamos buscar la explicación lógica de esas sensaciones que nos invaden y etiquetamos como de orden "negativo", sin tener que recurrir a otras de carácter extranatural.
Pensemos en una persona que tenga la sensación de "ahogo" y "debilitamiento" en su propio hogar, lo que debería ser su lugar mágico de recogimiento y descanso, pero no lo es. Esta persona presiente que algo esta fallando. Alguien puede atribuir esto a fuerzas extrañas, a invisibles "chupadores" de vida. En realidad deberíamos asociarlo con la idea de que, en esa casa, están plasmados numerosos recuerdos de sucesos que llevan a nuestra mente impresiones negativas.
¿Significa esto que los vampiros psíquicos no son entes reales? Hemos visto hasta ahora la parte más importante del problema, pero lo cierto es que los vampiros psíquicos parecen existir. Como resultado de un comportamiento enfermizo, hay personas melancólicas y depresivas, que se alimentan de la actitud vitalista de otros. Son incapaces de generar la actitud positiva adecuada para sentirse bien por sí mismos e, inconscientemente, para compensar esa deficiencia, buscan víctimas que les alimenten. Existe un abundante grupo de individuos capaz de "cargarse" o abastecerse de forma habitual "robando" la energía anímica de otras personas.
Psicológicamente, se alimentan de nuestro estado de ánimo. A este siniestro grupo pertenecen todas aquellos individuos con bajones energéticos provocados por estados anímicos depresivos o alterados. Frente a tales sujetos, una programación psíquica adecuada resulta imprescindible.
En muchas ocasiones, después de una conversación o charla con el supuesto vampiro, uno se queda con la impresión subjetiva de que le han "vaciado" parte de su campo energético, mientras la persona que estaba inicialmente desanimada ha cambiado su actitud y parece alejarse de nosotros con un aspecto más bien radiante y dicharachero. Este mismo efecto puede manifestarse en el transcurso del vivir cotidiano, en prácticamente cualquier área de nuestra vida en la cual tengamos que sufrir los lloros y lamentos, incluso las iras de vecinos insufribles, amigos insoportables, familiares "palizas" y amistades irritantes.
Para poder sobrevivir a todos ellos y conservar nuestro campo básico de funcionamiento con una mínima estabilidad psíquica y emocional, es necesario crearnos una "segunda piel": un verdadero escudo protector generado por una correcta visualización y programación de emociones útiles y positivas. Si somos capaces de conseguirlo, notaremos los resultados en nosotros mismos y en todas los dominios de nuestra vida.
Y a que los vampiros psíquicos presentan una gran variedad de rasgos personales y de patrones de comportamiento. Muchos de ellos adoptan el estereotipo bien conocido de “mosquita muerta” o comportarse de manera halagüeña. A menudo no tienen ningún escrúpulo y se valen de cualquier medio para lograr sus fines. Pueden parecer pasivos y reservados, ocultando cualquier inclinación al vampirismo, pero cuando la ocasión lo requiere pueden ser muy agresivos e incluso intimidatorios; pueden valerse de la vulnerabilidad de la otra persona, esperando el momento oportuno para golpear, o bien pueden manipular a la víctima elegida por medio de regalos o halagos. En ámbitos laborales suelen ser personas con las que es muy difícil trabajar y cuyo rendimiento es muy dispar; a veces son altamente eficaces y otras totalmente inoperantes.
A pesar de los disfraces tras los que se ocultan, los vampiros psíquicos son típicamente inseguros y vulnerables; si bien pueden adoptar un estilo autosuficiente, operan desde una posición de debilidad y no de poder. No suelen tomar consciencia de ellos mismo, pero son rápidos a la hora de emitir juicios sobre la gente que los rodea. Pese a estar totalmente centrados en ellos mismos y tratar a los demás en forma desconsiderada, a menudo se quejan de que el mundo es injusto con ellos. Sus relaciones personales son típicamente inestables. Puede decirse que muchas de estas personas presentan trastornos de la personalidad, con síntomas tales como inseguridad emocional, dificultad para controlar la ira, baja autoestima, sentimientos de hostilidad reprimidos que estallan esporádicamente.
La interacción vampírica puede ser deliberada o espontánea por parte del vampiro, y consensual o no consensual por parte de la víctima. El típico ataque vampírico es espontáneo, por lo tanto, no requiere un esfuerzo consciente para iniciarlo ni para mantenerlo. En muchas interacciones de este tipo, ni el vampiro ni su víctima son conscientes de que se está produciendo una transferencia de energía de uno al otro. Si bien la víctima suele estar dentro del radio de visión periférica del vampiro, el ataque en sí puede llevarse a cabo incluso sin contacto ocular con los sujetos.
Una vez que se ha dado cuenta de sus tendencias vampíricas, muchos vampiros psíquicos las racionalizan como una forma aceptable de satisfacer sus necesidades energéticas y, por consiguiente, planean sus encuentros vampíricos como cualquier otro evento social. Sus tácticas están diseñadas para implicar a un socio totalmente inocente en una interacción espacial cercana durante la cual tiene lugar el ataque inesperado. Los vampiros psíquicos despliegan su seducción, usan halagos desmedidos, manifiestan una amistad excesiva y muestran lo que les interesa de su propia intimidad para poder cautivar a sus víctimas y mantener la interacción durante la duración del ataque.
Contrariamente a lo que sucede con los ataques planeados, los ataques vampíricos ocasionales no implican una interacción social preliminar con la víctima, quien puede haber sido seleccionada tan sólo por estar disponible en ese momento. Un ataque casual no es tan visible como uno planeado, y normalmente la víctima no se entera de lo que está sucediendo. Los resultados, sin embargo, son los mismos: el vampiro sale saciado y la víctima experimenta un agotamiento energético. Estos intercambios casuales pueden ocurrir en cualquier ámbito, en una clase, en un restaurante, en un avión, en un gimnasio o en cualquier sitio donde la gente se reúna.
Afortunadamente no estamos indefensos para protegernos de los ataques de los vampiros a nuestro sistema del aura. Se han desarrollado procedimientos que repelen los ataques y que también pueden interrumpirlos, evitando así una pérdida mayor de energía. Dado que los ataques vampíricos son normalmente muy cortos, pueden durar tan sólo unos segundos, una respuesta rápida es esencial para obtener resultados.
La técnica de trabar los dedos es muy eficaz a la hora de lograr estos objetivos. Es un procedimiento muy fácil de aplicar y que puede prevenir un ataque vampírico sobre el aura o interrumpirlo inmediatamente si es que ya ha comenzado.
Paso 1. GESTO DE TRABAR LOS DEDOS. Tan pronto como sospeche que un ataque vampírico es inminente (o que ya está sucediendo), junte la punta de los dedos pulgar y medio de cada mano formando dos círculos. Junte las dos manos y traba un círculo con otro.
Paso 2. PROTECCION ENERGETICA. Mantenga los círculos trabados, cierre los ojos y visualice un escudo de energía poderosa que protege todas su aura y que repele cualquier invasión de fuerzas extrañas.
Paso 3. INFUNDIR ENERGIA. Visualice el centro más íntimo de su sistema energético, vea cómo late pleno de poder mientras infunde esa energía a todo su ser.
Paso 4. AFIRMACION. Permita que la energía llegue a su clímax y después afirme: Estoy rodeado de un escudo de poder protector. Estoy seguro y a salvo.
La técnica de trabar los dedos sólo requiere unos segundos y puede usarse prácticamente en cualquier sitio. Si bien originariamente fue diseñada para repeler en forma instantánea el ataque de un vampiro, esta técnica puede utilizarse para dar energía al sistema del aura y protegerlo contra cualquier invasión externa de fuerzas negativas. Puede utilizarse para inducir un estado tranquilo y relajado, o para lograr un sueño reparador. Este procedimiento se puede adaptar para disminuir o eliminar la ansiedad producida por situaciones cotidianas tales como entrevistas de trabajo o presentaciones en público.

                                            Winter can wait (Gerry and me - devianart)
                                                                                                                                                                          

Romance paranormal (libros)

Written by John Doe on martes, 18 de mayo de 2010 at 16:25

Me parece que el negocio es escribir novelas románticas y/o eróticas. Humm Sería cuestión de probar....
Novelas nuevas:
Angela Cameron - Michael: Blood and Sex (en inglés)
Angela Cameron - Jonas: Blood and Sex 2 (en inglés)
Chris Marie Green - Vampire Babylon 2 (en inglés)
Chris Marie Green - Vampire Babylon 3 (en inglés)
Chris Marie Green - Vampire Babylon 4 (en inglés)
Linda Lael Miller - Serie Valerian (cuatro libros en inglés)
Kathy Love - Serie Young Brothers (cuatro libros en inglés)
Dean Cameron - Candace Steele Vampire Killer (en inglés)
Rosemary Laurey - Serie Kiss me Forever (libro 1, en inglés)
Christopher Pike - El último vampiro (español)
Christopher Pike - Sangre negra, el último vampiro 2
Erin McCarthy - High Stakes: Vampiros de Las Vegas

Recuerden que yo no traduzco ni subo los libros. Sólo divulgo los links que encuentro en otras páginas.


                                                                                                                                                                              

El día que Jane Austen se topó con el mundo zombie

Written by John Doe on sábado, 15 de mayo de 2010 at 20:07

Página / 12. 9 de mayo 2010

Por Facundo García
Desde que la idea de meterles monstruos a los clásicos precipitó en el best-seller Orgullo y prejuicio y zombies, el éxito de los collages o mash-ups literarios no paró de crecer. El padre de la bestia, Seth Grahame-Smith, apeló a una fórmula sencilla: tomar una obra prestigiosa y agregarle temas o personajes de moda. Así es como las librerías han visto llegar mutaciones como Androide Karenina y El Lazarillo de Thormes Z; muestras de una plaga que ya se extendió a los libros de historia y de autoayuda (¿existe un título más temible que El arte de la guerra contra la gordura?). Como si no fuera suficiente, la infección amaga con seguir expandiéndose hacia otras esferas. En efecto, nadie puede asegurar que estas mismas páginas estén libres de amenaza, por lo que será mejor contar cómo ocurrió todo antes de que sea tarde.
El fenómeno empezó cuando al director creativo de la editorial de medio pelo Quirk Books, Jason Rekulak, se le ocurrió mezclar obras que estaban en el dominio público con los personajes que pululan por los foros de Internet. El experimento admitía, por ejemplo, cruces entre Crimen y castigo y los duelos de ninjas, o una reescritura de Romeo y Julieta en clave sadomasoquista. Entonces sonó el teléfono en casa de Grahame-Smith, un escritor treintañero y free lance que escuchó perplejo la propuesta. La tarea que Rekulak le encomendó fue añadirle “acción” a una novela de Jane Austen. Manteniendo el original “en un ochenta y cinco por ciento”, el proyecto derivó en el primer borrador de Orgullo y prejuicio y zombies. El volantazo fue dramático. Si el relato de 1813 arrancaba sentenciando que “es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”; la versión de Grahame-Smith se despachó con “es una verdad universalmente reconocida que un zombie que tiene cerebro necesita más cerebros”. En todo caso, cada quien elegiría su opción favorita.
El texto se publicó a principios del 2009, sin demasiadas expectativas. Claro que una vez que la imagen de la tapa del libro empezó a circular por la red se vino el huracán. Para abril, OPZ ya estaba entre los tres lanzamientos más vendidos según la lista que publica The New York Times, y la demanda se disparó en Amazon. El acto de destrozar la solemnidad de los consagrados estaba oficialmente de moda. Meses antes, el sobrino-bisnieto de Bram Stoker, Dacre, se había basado en las notas que dejó su antepasado y –con ayuda de Ian Holt– le había dado forma a Drácula, the Undead (“Drácula, el no muerto”), donde el conde de Transilvania volvía para hacer de las suyas. Ahora el mix de códigos decimonónicos à la Austen y el olfato comercial con toques feministas de Grahame-Smith derivaba en escenas como ésta: “El segundo innombrable era una dama (...) Echó a correr hacia Elizabeth, agitando torpemente en el aire sus dedos como garras. Elizabeth se levantó la falda, prescindiendo de todo recato, y le asestó rápidamente una patada en la cabeza, que estalló en una nube de fragmentos de piel y huesos”.
De Orgullo y prejuicio y zombies ya se anunció un videojuego, una versión en comic y una película protagonizada por Natalie Portman y dirigida por David O. Russell. Eso es plata, así que una multitud de autores y editores se pusieron a ver cómo hacían para subirse a la ola. Lo primero fue hacer una precuela –Dawn of the Dreadful, traducible como “El amanecer de los espantos”– que contaría las contingencias que habían sufrido previamente los personajes de Austen/Grahame-Smith. Mientras, ya estaban en la incubadora engendros como Robin Hood y el Fraile Tuck, los matazombies, La Reina Victoria, cazadora de demonios, Las aventuras de Huckleberry Finn y Zombie Jim y Alicia en el País de los Zombies. La fila seguía. En España se esperaba que héroes como el capitán Alatriste, de Pérez-Reverte, se decidieran a machacar ingleses en estado de putrefacción avanzada; pero fue El Lazarillo de Tormes el que regresó aggiornado como “uno de los mejores cazadores de muertos vivos del Imperio”.
En tanto, Grahame-Smith seguía llenándose los bolsillos y subía la apuesta. Esta vez iba a meterse con la historia. Abraham Lincoln, cazador de vampiros se basa en “diarios secretos” en los que el decimosexto presidente de EE.UU. recuerda cómo juró vengar la muerte de su madre en manos de “los chupasangre”, y cómo descubrió que la verdadera finalidad de los que defendían la esclavitud durante la Guerra de Secesión no era usar a los negros para el trabajo en las plantaciones, sino hincarles el diente y utilizarlos como snacks. En realidad el argumento no era un canto a la originalidad, y sin embargo aterrizó en las librerías en el instante preciso. Ficciones distópicas como La conjura contra América, de Philip Roth (2004), o La carretera, de Cormac McCarty (2006), habían sido exitazos que prepararon el terreno. Fue Quentin Tarantino el que terminó de inclinar la balanza con una obra maestra que también jugaba a fantasear con los hechos históricos, Bastardos sin gloria. Coqueteando con la intertextualidad y citando films tan poco vistos como To be or not to be (Ernst Lubitsch, 1942), el director parecía guiñarles un ojo a los que andaban con ganas de “tunear” lo políticamente correcto. Y no fue sólo Grahame-Smith el que entendió que era hora de ponerles todas las fichas a estas “reinvenciones”. Ni lerdo ni perezoso, el propio Tim Burton anunció que le interesaba llevar al celuloide al Lincoln 2.0, y el estreno se espera para el año que viene.
¿Adónde llegará la invasión pulp? En épocas en que el pop se muerde la cola, es difícil anticiparlo. Acaso ya haya contaminado todo sin que nadie se diera cuenta. Por las dudas, el escritor y patafísico Rafael Cippolini advierte que la peste venía asomándose en el género porno desde hace rato. La distribución de Las Tortugas Pinjas, dirigida por Víctor Maytland en 1990, debería haber servido de advertencia. Porque –como escribe el analista en su blog Cippodromo– “el porno se monta (perdón por la facilidad de esta figura) sobre todo éxito para enseñar las mecánicas ridículas de su desnudez”. Después de todo, ¿qué es más seguro para un editor que imitar al cine de culos y tetas, tomando una pieza reputada y añadiéndole pizcas de mitología contemporánea para atraer nuevos lectores? Ironía hacia los clásicos. Ironía hacia lo antes intocable y hacia lo que causaba miedo. Lo incuestionable no resiste la radiografía de sus propios mecanismos narrativos. Hasta las versiones del pasado que se enseñan en la escuela pueden interpretarse como best sellers, y como tales están ahí, exhibiendo su hermosa yugular, esperando a que llegue la pluma que las infecte y les dé sobrevida. ¿Devorará la fantasía clase B a los cánones estéticos o –lo que es más inquietante– la memoria colectiva? Aquí no queda lugar para arriesgar una respuesta.

                                                                                                                                                                           

Ligeia

Written by John Doe on martes, 11 de mayo de 2010 at 09:52

Esta película es tan mala que da hasta vergüenza poner el link para descargarla. Es la segunda versión cinematográfica del famoso cuento vampírico de Edgar Allan Poe. La primera fue en 1964 de la mano del gran exponente del cine B, Roger Corman. "La tumba de Ligeia" tenía como aliciente la actuación de Vincent Price.
La adaptación de 2009, sin embargo, parece no haber tenido ningún guionista y no es más que una continuación de sinsentidos y malos efectos especiales (los relámpagos eran más realistas en la década del '30). ¿Qué hacen buenos actores como Michael Madsen y Eric Roberts ahí? No tengo ni idea... ¿Andarán cortos de dinero?

Lo bueno: la música, la secuencia de títulos, Mackenzie Rosman (ex-nena de Seven Heaven), M. Madsen y E. Roberts (aunque viven poco).
Lo malo: Todo lo demás....
Por momentos la película parece un remedo de la trama de Harry Potter y la historia de Voldemort. En la novela de JK Rowling se cuenta que Lord Voldemort surge de la unión de una bruja pobre descendiente de Slytherin y de un muggle rico llamado T.Riddle que está comprometido para casarse. La bruja conquista a Thomas por medio de un hechizo. Cuando él descubre la verdad la abandona y ella muere en el parto.
Acá es igual. Jonathan, un hombre rico, está comprometido para casarse pero Ligeia, una descendiente pobre de los Romanov, lo embruja para que se vaya con ella. Cuando Jonathan se da cuenta y la deja, Ligeia se mata. Nada que ver con el cuento de Poe.

También plagia a otra película de terror que se llama "La llave maestra" y que, en comparación, parece una genialidad.

Los clichés y los absurdos: almas embotelladas, ajenjo hasta el cansancio (sí, todos vimos la escena entre Drácula y Mina, pero eso era arte...), boliches decadentes con baile del caño y más ajenjo, metáfora explicada en detalle de la víbora y el ratón (para niños de 5 a 9 años), la chica gótica, el casamiento gótico, etc.  ¿Qué hace el rector de una universidad en la morgue???? ¿Cómo es que todo el mundo tiene la dirección donde vive Ligeia? ¿Tan fácil es comprar un castillo en Ucrania? ¿Los dueños antiguos no revisaron el laboratorio del sótano con las marcas esotéricas? ¿Las tumbas ucranianas son redondas y parecen salidas de Ringu?

¡Pobre Poe! Hay que tener ganas de destrozar un clásico.
Aquí les copio el cuento en esta maravillosa traducción de J. Cortázar (fanático de los vampiros):

Ligeia

Edgar Allan Poe

Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.
-Joseph Glanvill
Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada? Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío.
Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro. Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del paganismo. "No hay belleza exquisita -dice Bacon, Verulam, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura- sin algo de extraño en las proporciones." No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, "exquisita" y percibía mucho de "extraño" en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo "extraño". Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable -¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!- por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: "cabellera de jacinto". Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas. Analizaba la forma del mentón y también aquí encontraba la noble amplitud, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia.
Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes -en los momentos de intensa excitación- se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza -quizá la veía así mi imaginación ferviente- era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo "extraño" que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual! La expresión de los ojos de Ligeia... ¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de verano luché por sondearla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos.
No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho -nunca, creo, mencionado por las escuelas- de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas. Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento. Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que (quizá simplemente por lo insólito, ¿quién sabe?) nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: "Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad".
Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión. Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras.
He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta. A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo en el último periodo, mi atención! Dije que sus conocimientos eran tales que jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas? No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo -cuando ella se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos- esa deliciosa perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida!
¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en espíritu con el torvo Azrael. Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.
De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay, inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante vehemencia de vivir, sólo vivir.
La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos aquí:
¡Vedla! ¡Es noche de gala
en los últimos años solitarios!
La multitud de ángeles alados,
con sus velos, en lágrimas bañados,
son público de un teatro que contempla
un drama de esperanzas y temores,
mientras toca la orquesta, indefinida,
la música sin fin de las esferas.
Imágenes del Dios que está en lo alto,
allí los mimos gruñen y mascullan,
corren aquí y allá; y los apremian
vastas cosas informes
que el escenario alteran de continuo,
vertiendo de sus alas desplegadas,
un invisible, largo Sufrimiento.
¡Este múltiple drama ya jamás,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza,
en un círculo siempre de retorno
al lugar primitivo,
y mucho de Locura, y más Pecado,
y más Horror -el alma de la intriga.
¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto
una forma reptante se insinúa!
¡Roja como la sangre se retuerce
en la escena desnuda!
¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos
los mimos son su presa,
y sus fauces destilan sangre humana,
y los ángeles lloran.
¡Apáganse las luces, todas, todas!
Y sobre cada forma estremecida
cae el telón, cortina funeraria,
con fragor de tormenta.
Y los ángeles pálidos y exangües,
ya de pie, ya sin velos, manifiestan
que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe
el Vencedor Gusano.
-¡Oh, Dios! -gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad. Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: "El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad". Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más, mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales. Entonces, después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior magnificencias más que reales. Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor. ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito, donde en un momento de enajenación conduje al altar -como sucesora de la inolvidable Ligeia- a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules. No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara -yo, que tristemente olvido cosas de profunda importancia- y, sin embargo, no había orden, no había armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo horrible sobre los objetos. En lo alto de la inmensa ventana se extendía el enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semigótico, semidruídico. Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno, con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de llamas multicolores. Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más importante. Los elevados muros, de gigantesca altura -al punto de ser desproporcionados-, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente la ventana. Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente, con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento hoy común, que puede en verdad rastrearse en periodos muy remotos de la antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación al conjunto. Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles, como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que había abandonado -ah, ¿era posible que fuese para siempre?- en la tierra. Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba sus noches, y en su inquieto semisueño hablaba de sonidos, de movimientos que se producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma. Llegó, al fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo, había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico -el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible desarraigarlo por medios humanos-, no pude menos de observar un aumento similar en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo. Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad, en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir. El viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero, al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve, indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra. Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio; poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida. Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos, mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra, cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas de fluido brillante, del color del rubí. Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una circunstancia que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada, cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora. Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la caída de las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi esposa, de suerte que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida en el lecho. Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena. Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no advertí nada. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído el ruido, aunque débil, y mi espíritu estaba despierto. Mantuve con decisión, con perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros se ponían rígidos. Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la presencia de ánimo. Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente; pero la torre estaba muy apartada de las dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en mi ayuda sin abandonar la habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Luché solo, pues, en mi intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Volví a desplomarme con un estremecimiento en el diván de donde me levantara tan bruscamente y de nuevo me entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia. Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del horror. El sonido se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi -claramente- temblar los labios. Un minuto después se entreabrían, descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo. Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron, los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por muchos días, habitante de la tumba. Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir. La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura, podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la muerte. Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel ser amortajado avanzó osadamente, palpablemente, hasta el centro del aposento. No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante? ¿Podía ser realmente Rowena, Rowena Trevanion de Tremaine, la de los cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba? El vendaje ceñía la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas -con rosas como en la plenitud de su vida-, sí podían ser en verdad las hermosas mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un salto llegué a sus pies. Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados: ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí. "¡En esto, por lo menos -grité-, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos negros, los extraños ojos de mi perdido amor, los de... los de LIGEIA!"
FIN

                                                                                                                                                                     

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John Doe

Blogger. Ex estudiante de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Mis "héroes" son James Frazer,Mircea Eliade, Joseph Campbell y Vladimir Propp.

 
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