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La ruta de El Destripador

Written by John Doe on sábado, 14 de enero de 2012 at 12:56 p.m.

Por Mario Stilman para Clarín (18-8-1996)

Casi al anochecer de un día extraña mente caluroso de octubre, un gru­po de no más de 20 extranjeros -entre los que se encontraba este cronis­ta- comenzaba a inquietarse. Estaban ahí las calles del elegante distrito londinense de East End. Seguimos los pasos de uno de los más grandes asesinos de la historia, en un tour que aún hoy es uno de los más exóticos y exitosos de Londres. La mini gira está programada todo el año, pero entre agosto y noviembre tiene el regusto de los mismos meses -acaso por superchería- en que se cometieron seis espantosos crímenes en la capital británica.
Por tercera vez que el grupo se detiene frente a un sitio y la grave y muy británica voz de un guía relata:
-Las visceras de Annie Chapman esta­ban esparcidas por aquí. Por ese declive, que aún se conserva, se escurría la sangre.
Jack The Ripper asesinó el 5 de setiem­bre de 1888 a la tercera prostituta en el ho­tel del viejo John, en la calle Hamburey. Poco antes, las historias de Marta Turner y de María Ann Nichols, las dos pri­meras víctimas de El Destrípador, comen­zaban a provocar un tenue escozor. 
El vie­jo guía, portador de un inefable rostro in­glés, juega con el clima y se deleita con los gestos y las palabras.
A comienzos de octubre -recuerdo- el cielo londinense se hace plomo. Un en­jambre de alondras se dirige hacia el Támesis, que brilla débilmente. De pron­to, la niebla implacable rodea a los turis­tas, en un momento bastante sensible a la influencia del terror.
Del bolsillo derecho de su capa el guía saca un papel. Asegura que es la carta original que el asesino envió a un diario lon­dinense. Lee: “Les escribe Jack, El Destripador. Yo soy el criminal que busca Scotland Yard. No pensaba reaparecer tan pronto, pero consideré necesario hacerlo para que no se culpe a ningún inocente”.

Por las calles sin piedad

El tour por el distrito donde El Destripador asesinó a seis prostitutas entre agosto y noviembre de 1888, comienza en la esta­ción de subte de Whitechapel. Allí, en el corazón del barrio hindú, los candidatos al miedo nos reunimos con el guía a las siete y media de la tarde. La gira dura dos horas y cuesta el equivalente a ocho dólares.
En los sitios donde fueron halladas las tres últimas víctimas: Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Marie Jannette Kelly los caminantes -recuerdo- no pueden sustraerse a graciosos y repetitivos ticks: ladear la cabeza, observar con el rabillo del ojo al compañero del tour, estremecerse con el leve silbido de una brisa, escapar de las sombras que los edificios precipitan más temprano. Un miedo sutil nace de pronto entre los miembros del grupo. Es una sensación contradictoria: desconfian­za y deseo de protección al mismo tiempo. Como en la época de The Ripper.
El East End es hoy una zona de altos edificios, sede de Bancos y Compañías de Seguro. Los cafetines judíos fueron rem­plazados por casi un centenar de restau­rantes hindúes. El tour recorre los seis lu­gares donde Jack despanzurró a sus vícti­mas. En el Museo del Terror, el “London Dungeon”, en Tooley 28, están condensadas las andanzas criminales de Jack. El guía cuenta la historia de cada asesinato y, en algún momento en que la tensión se condensa, el hombre no se priva de algún grito sorpresivo que inquieta hasta las sombras. Por lo demás, relata lo poco que se sabe sobre un asesino que jamás fue capturado, cuyas víctimas fueron todas prostitutas, que cometió sus crímenes an­te las narices de policías y de investigado­res. En este punto, donde estuvo el viejo distrito Whitechapel, el propio aire que viene del Támesis parece oler a muerte.
Luego de las dos horas, los turistas se llevan abundante folletería sobre The Rip­per. Y todas las versiones sobre los princi­pales sospechosos: de quien más se habló fue del duque de Clarence, hijo del Prínci­pe de Gales y nieto de la reina Victoria. También figuran Alexei Pedachenko, un agente ruso; un militante masón y hasta un médico argentino. Y muchos más.

La teoría de Sherlock Holmes
La conmoción en el Londres de la época fue tanta que hasta Arthur Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes, hizo pública su teoría de que Jack cometía sus críme­nes vestido de mujer.
Entre los folletos hay algunas de las car­tas que, con gracia y desparpajo, Jack en­viaba a Charles Warren, el jefe de Scotland Yard, a quien todos pedían la cabeza, que rodó como es de suponer, sin que hu­biera que apelar al bisturí de The Ripper.
El 3 de noviembre el jefe Warren recibía esta carta: “Querido patrón: A veces oigo que la policía está por atraparme y que ya no hay nada que temer de mí. Pero no, no, no. Ni siquiera están próximos a arrestar­me. Me río cuando me cuentan esas ton­terías y cuando los detectives se jactan de estar en una buena pista. Nunca dejaré de destripar. Los desafío a que me atrapen. Encontré un trabajo que me interesa y no voy a renunciar”. En la carta anunciaba también que su próximo trabajo sería por partida doble y que, además, enviaría las orejas de una de las mujeres. Y cumplió.
Observo que Londres se hace ya noche. Las andanzas del Destripador hacen ger­minar las semillas de la superstición here­ditaria y la creencia popular en los presa­gios. El Támesis está cada vez más cerca y uno cree estar en Whitchapel, a principios de noviembre de 1888. Allí, en la margen izquierda del río uno se imagina las barra­cas de cuero de la calle Berne, tan man­chadas por la lluvia y la niebla, tan deterio­radas por el viento, tan frecuentadas por las ratas, las prostitutas, los malditos y las epidemias que, tal vez, el asombro cede si se hubiera hallado la séptima víctima de The Ripper. Todo eso ya fue, pero el enigma continúa.

Si les interesa el tour: London Walks 
London Dungeon (10-18:30)

Mapa de los crímenes
LOS CRÍMENES

Primera víctima: Marta Turner, 45 años, prostituta, con enfermedades venéreas. Fue encontrada en el corredor de un hotel de muy baja categoría. Estaba mutilada. Lugar: Whitechapel (el barrio más miserable de Londres, habitado mayoritariamente por prostitutas).
Escena: Marta y Pear, una amiga, caminan buscando clientes. Pactan con dos marineros y van a un hotel. Poco después de separarse el cadáver de María es encontrado por John Crown, cochero. La policía detiene a Roger Tabrán, ex esposo de María. También a Henry Wright, amante de María. Ambos son inocentes.
Segunda víctima: María Ann Nichols, 37 años, prostituta.
Lugar: calle Bucks Row (Whitechapel). Escena: el cadáver, mutilado, es encontrado por un carrero de nombre Michael. Detalles: el asesino utiliza un bisturí y, por las incisiones, se determina que es zurdo.
Tercera víctima: Annie Chapman, prostituta, cerca de 50 años, de baja estatura, gordura fofa. Una escoria.
Lugar: patio interior de un hotel de la calle Hamburey (Whitechapel).
Escena: Se desconoce quien la encontró. Dos horas antes de su muerte había rogado al viejo John, dueño del tugurio donde se alojaba, que le fiara una vez más. Pese a las súplicas, el viejo John se negó. Annie salió a buscar donde dormir y fue entonces cuando tropezó con el asesino. Por su aspecto deforme Annie jamás habría podido ejercer la prostitución.
Testimonio: Mary, una lavandera, dijo a Scotland Yard que a las once de la noche había visto a Annie conversando con un desconocido frente al 39 de la calle Hamburey. Describió al hombre como de buena posición, bien vestido.
Cuarta víctima: Elizabeth Stride, sueca, de 40 años, prostituta. Se casó en Londres a los 20 años con un ejecutivo bancario. El matrimonio tuvo dos hijos.En 1878 Elizabeth y sus hijos realizaron una excursión en barco por el Támesis. La nave naufragó: los niños murieron ahogados. La depresión y el alcoholismo la llevaron a ejercer la prostitución.
Lugar: frente al número 40 de la calle Berne (Whitechapel).
Escena: la encontró un grupo de rusos que, perseguidos por el zar, se había asilado en Londres. Junto al cuerpo de Elizabeth se encontró un pedazo de papel en el que se había escrito la letra N. Al asesino se lo había llamado arbitrariamente Jack. Si hubiera querido dejar una pista habría escrito una J. Junto al cuerpo se hallaron los anillos de la víctima y unos cuantos peniques. También había sido mutilada.
Quinta víctima: Catherine Eddowes, 38 años, prostituta, bonita y bien conservada, a diferencia de las anteriores.
Lugar: una pequeña plaza al final de la calle Berne (Whitechapel).
Escena: la plaza de la calle Berne estaba rodeada por barracas contenedoras de cueros, con mucha vigilancia. Nadie vió ni escuchó nada.
Sexta víctima: Marie Jannette Kelly, 26 años, prostituta.
Lugar: en el 63 de la calle Dorset.
Escena: el asesinato fue cometido entre las 9 y las 11 de la mañana. La encontró Nelly Guinnard, prostituta, de 20 años, compañera de la víctima. Marie y su amiga compartían una misma habitación fuera del distrito de Whitechapel. Es la primera vez que el asesino ataca de día. 
Testimonio: Nelly relató que habían decidido trabajar en horario diurno por la ola de asesinatos. El 9 de noviembre ambas salieron a ganarse la vida y la Kelly se dirigió al distrito de Whitechapel donde tenía todos sus clientes.

Drácula no debe volver de la tumba

Written by John Doe on lunes, 9 de enero de 2012 at 3:26 p.m.

Artículo de Mario Pérez Colman (revista El Mundo)
Bucarest. El domin­go último eligieron gobierno los rumanos y por ser día de votación han de haber resultado más inha­llables que nunca el vodka Drácula; el vino Vampiro, de subido color escarlata, y la palinca Vlad, bebida tradicional hecha por destilación de frutas fermentadas, que alcanza los 80º de graduación alcohólica. ¡El primer trago es como una tarascada en la garganta!
Cualquier otro día el forastero buscará inútilmente esas bebidas por los almacenes de Bucarest. Pero más tarde descubrirá, inesperadamente, que todas se venden en los free shops de Ostopeni, el aeropuerto internacional. No podrá hacer la compra quien pretenda pagar en dólares con un billete dañado, aunque fuere mínimamente en un borde. Será un mal trago partir sin poder llevarse unos licores tan pintorescos. Pero ni siquiera los hoteles internacionales, que son una novedad social e ideológica en un país que fue comunista, aceptan dólares más o menos averiados.
Cabe suponer que fue minuciosamente revisado el billete de un dólar que pagó cierto inversor extranjero por una fábrica estatal de maquinaria pesada, cuando empezaron hace 10 años las privatizaciones en la Rumania poscomunista. El comprador -que luego hizo negocio vendiendo a terceros el activo físico de su adquisición- había ofertado saldar la formidable deuda deficitaria de la empresa y pagar por añadidura aquel dólar. ¡Uno solo! En la emergencia, el gobierno aceptó. Ha de haber sido irresistible la tentación de examinar a fondo, ostensiblemente, aquel irrisorio y simbólico billete para exacerbar hasta el delirio la veta surrealista de la compraventa.
En su determinación de hacer de Rumania un país industrializado donde la ocupación fuese plena, el dictador comunista Nicolás Ceaucescu había instalado fábricas concebidas como pequeñas ciudades, cuyas dotaciones fácilmente se componían de 15.000 personas. Pero, al cabo, la tecnología se volvió obsoleta y la variada producción industrial fue perdiendo mercados externos. Hasta la refinación de petróleo proveniente de terceros países se enfrentó con serios problemas como consecuencia de la política mundial de Rusia. El pleno empleo rumano comenzó entonces a sostenerse a costa de un déficit progresivo de las empresas estatales.
Derrocado el comunismo, la economía liberal que sucedió a la economía dirigista fue sentando sus reales, pero quizá con demasiada lentitud en procura de que el proceso de transformación causara el menor perjuicio posible al pueblo rumano. Consecuentemente, la etapa de las privatizaciones llegó demorada y los grandes déficit acumulados hasta entonces determinaron ventas a precios irrisorios, como aquél de un dólar.
Volviendo sobre el pequeño drama aeroportuario de la compra frustrada de bebidas, éste acontece, como es natural, a la salida de Rumania, cuando el final feliz de una discusión por la validez de un billete es improbable.
Raro sería que a la entrada el forastero que visita el país por primera vez estuviera al tanto del horror local a los dólares polutos y supiese, además, de la existencia de aquellas bebidas que constituyen casi todo el escaso merchandising nacional del rumano más popular del orbe: Drácula o Vlad Drácula III o Vlad Tepes o Vlad el Empalador, como se quiera llamarlo.
Vulgarmente, el resto del mundo identifica a ese personaje histórico del siglo XV con el vampiro de la novela de Bram Stoker, el conde de ojos enramados, atractivo villano de numerosas películas, siempre sediento de sangre -en especial si mana de la yugular de una mujer bonita- y siempre macilento a causa de sus calavereadas de criatura nocturna, de moroi (muerto vivo) al que únicamente se puede matar con cualquiera de media docena de artimañas. La menos conocida consiste en aprovecharse de su compulsiva afición a las semillas de amapola, arrojándolas de a puñados a su paso para que la luz mortífera del día lo sorprenda empeñado en recogerlas y comérselas. El más célebre de los trucos para despachar a un moroi es el de la estaca de pino o de fresno, que debe ser clavada en su helado corazón de monstruo.
"Patrañas", dice un rumano, y agrega: "Vlad era quien clavaba estacas y no precisamente en el corazón". En efecto, Tepes, palabra que se pronuncia Chepesh y significa empalador, es el apodo más vulgar del Drácula histórico. Drácula es también un apelativo. Significa "hijo de Dracul". Y Dracul, que antaño significaba dragón y más tarde designó al diablo quizá por la relación iconográfica entre el diablo y el dragón, era, a la vez, un título honorífico.
El padre del Drácula histórico, Vlad Dracul -príncipe que murió apaleado como consecuencia de una conspiración boyarda- pertenecía a la orden del Dragón (Dracul), dedicada a combatir a los turcos otomanos. Su hijo, en quien está inspirado el vampiro de Stoker, heredó el título y el compromiso de la orden.
Pero el título de Drácula ya no correspondió a los hijos del controvertido héroe nacional rumano. Uno de ellos, también llamado Vlad como su padre y su abuelo, fue apodado Tepelus, diminutivo del Tepes paterno; es decir, se lo conoció como Vlad el Empaladorcito. La historia no aclara si el diminutivo obedecía al hecho de que el hijo empalaba menos que el padre -el Drácula histórico empaló a decenas de miles de sus enemigos- o sencillamente a su condición de astilla de aquel terrible palo, lo cual parece más plausible.
Si bien las atrocidades del Drácula verdadero eran moneda corriente en la justicia del siglo XV, la discrecionalidad y la prodigalidad con que él las perpetró lo situaron a la cabeza de los hombres crueles de su época. No solo mandó empalar; en ocasiones ordenó hervir a sus enemigos y mutilar a las mujeres que avivaban su sensible cólera.
El terror ha de haber sido la herramienta que el Drácula histórico encontró más idónea -y afín con sus inclinaciones- para implantar desde Valaquia, su principado, una autoridad nacional centralizada como la que ejercían los sultanes, sus enemigos naturales en la guerra librada por el Occidente cristiano contra el Oriente musulmán. Ese centralismo le daba al Reino Otomano una apreciable ventaja operativa sobre las potencias cristianas, organizadas con menos éxito sobre la base del feudalismo y del vasallaje.
El Drácula histórico había entendido bien cuál era entonces el talón de Aquiles de Occidente, y pretendía corregir esa debilidad en un país que, bajo su mando, fue a veces una frontera ambigua entre el cristianismo y el islamismo, pero, esencialmente y a fin de cuentas, la punta de lanza que Occidente oponía al avance musulmán. Los rumanos de hoy sugieren que podrían volver a cumplir ese mismo servicio.
Mucho mortifica a los rumanos que afuera se tome al Drácula histórico por un vampiro. Algunos ven que esa identificación peca de liviandad tanto como la que afectaba a toda la nación cuando su comunismo era tenido por el más crudo de Europa. Empeñados en poner las cosas que atañen al Drácula histórico y al comunismo rumano en los términos que consideran verdaderos, señalan que ese Drácula no era un "chupasangre de opereta romántica", sino un voivoda (señor de la guerra) y un patriota nacionalista. Y por otro lado, argumentan que si Ceaucescu fue el cruel autócrata que tuvo bien merecido el paredón en Navidad (la de 1989), también supo ser un comunista amigo de Occidente. ¿Acaso no declaró en 1966 que el futuro de su país estaría determinado por el interés nacional y por una total independencia? ¿No honró en numerosas ocasiones lo declarado? ¿No se opuso a la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia? ¿No mandó ejecutar al general Ion Serb por pasar información militar rumana a Rusia? ¿No consiguió que Estados Unidos le diese a Rumania el status de nación más favorecida en el intercambio comercial? ¿No criticó duramente la intervención soviética en Afganistán? ¿No fue condecorado por Isabel II de Inglaterra...?
Ceaucescu se encargó, además, de enjugar las sanguinolentas manos del Drácula histórico en 1978, durante una charla con periodistas norteamericanos en Washington. Describió al Empalador como "fiero guerrero de la libertad, y dirigente bueno y tolerante con su pueblo". ¡Demasiado maquillaje!
Ese mismo año, Ceaucescu cumplió 60 y fue comparado con el Drácula histórico en algunos discursos encomiásticos. Tales comparaciones bien podían considerarse peligrosamente zalameras.
En esos años, también el periodismo -al que ahora se le critica sotto voce no tener una deontología para el uso de su novedosa libertad- cantó loas al Empalador. Pero ya derrumbados a tiros el tirano y su régimen comunista, los rumanos arrumbaron la figura histórica de Drácula. No obstante, la levantan y agitan si acaso precisan oponerla a la otra, a la literaria del besador hematófago imaginado por el irlandés Stoker.
La curiosidad de los extranjeros por el Drácula de la ficción se les antoja a los rumanos algo así como un intento banal de abrir el féretro de un vampiro para echarle un vistazo... a Rumania. Les resulta difícil digerir el hecho de que la figura de la ficción novelesca y cinematográfica sea vulgarmente considerada lo más interesante de un país que ha dado al mundo al dramaturgo Eugene Ionesco, al filósofo de las religiones Mircea Elíade, al renovador de la escultórica moderna Constantin Brancusi, al poeta nacional Mijail Eminescu, a Nadia Comaneci, ya en el terreno de las proezas físicas, y aun a la moldava María Cantacucena -después Madame Puvis de Chavannes-, cuyo bello rostro inspiró el de la imagen de la Protectora de París, Santa Genoveva, si es verdad lo que afirma en uno de sus libros otra rumana célebre, la princesa Bibesco.
Frustra a los rumanos que el brillo de tales nombres resulte opacado por la fama mundial y popular de un mítico vampiro. Las abominaciones del Drácula novelesco serían percibidas por ellos como una especie de embarazosa alegoría de la Rumania roja de Ceaucescu, de inoportuna memoria cuando quieren verse aceptados por la Comunidad Europea, conquista que prevén para 2007. En ese empeño intentan arrojar una última y definitiva palada a la fosa donde han puesto su pasado nazi y su pasado comunista.
De su experiencia comunista, a menudo dicen los rumanos que, "a fin de cuentas, nos fue impuesta por la ocupación rusa" como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De su pasado nazi, arranca un episodio histórico que se diría marcado por la estirpe draculiana.
A poco de ser distinguido con la Orden del Dragón por Segismundo, emperador del Sacro Imperio Romano, Vlad Dracul, príncipe de Valaquia, duque de Transilvania, de Almas y de Fagaras, y padre del Empalador que cautivó la imaginación de Bram Stoker, perpetró su primera bellaquería política: firmó una alianza con el sultán Murad II, que a la sazón había aplastado a serbios y a búlgaros, calculaba un golpe definitivo contra los griegos y parecía hallarse a un paso de roer el hueso representado por los húngaros. Dracul no quiso estar con los vencidos y dio una oportuna prueba de simpatía a los otomanos, tomando prisionero a un regente de Hungría, Juan Hunyadi, cuando éste pretendía hallar refugio junto a él para escapar de las huestes del sultán que acababan de vencerlo en la batalla de Warna. Su hijo, el Drácula histórico, nacido hacia 1431 en Sighisoara, ciudad transilvana fortificada donde se conserva su casa natal, habría de ser a su turno prisionero del rey húngaro Matías Corvino -hijo de Hunyadi- durante la friolera de 12 años, a causa de haber conspirado en perjuicio de Hungría con el sultán Mehmed II y también, probablemente, por haber actuado contra el monopolio comercial de los influyentes sajones de Transilvania, una región que estuvo 1000 años en poder de Hungría hasta que los rumanos -quienes la consideran ancestralmente propia- consiguieron por fin obtenerla tras la Primera Guerra Mundial.
El Drácula histórico cambió de bando en repetidas ocasiones, según necesitara resistir las presiones húngaras con ayuda de los turcos o las presiones turcas con ayuda de los húngaros, unas y otras demasiado fuertes para que su país las soportara sin necesidad de saltar alternativamente de una lealtad geopolítica a otra. Bandazos como aquellos protagonizados por el Drácula histórico y su padre, también los ha habido en el presente siglo. Rumania se alineó con la Alemania de Hitler en contra de los aliados y, poco más tarde, aunque tal vez con afinidad aun menos auténtica, combatió a los alemanes nazis codo a codo con los comunistas rusos.
El Drácula histórico no sólo cambió de bando en más de una oportunidad (a veces por razones de Estado y otras por cuestiones más bien venales), sino que también cometió apostasía. Nació en la fe cristiana ortodoxa -la fe de Rumania-, se convirtió al islamismo durante una larga estada bajo la férula de Murad II, de quien fue rehén para garantizar la fidelidad de su padre a los otomanos y, ¡qué remedio!, también se vio en la necesidad política de abrazar la fe católica en el acto de abrazar conyugalmente a una hermana de Matías Corvino, el mismo rey húngaro que lo mantuvo largamente preso. Esa unión matrimonial, que no fue la única legal entre algunas otras ilegales, le significó recobrar el trono principesco de Valaquia, circunstancialmente perdido en una de las tantas vueltas y revueltas de su vida.
El Drácula histórico tampoco se limitó a blandir la espada contra húngaros, alemanes y turcos. Cuando su poder fue disputado por los boyardos valacos, no se privó de arrojarse junto con los turcos sobre sus propios compatriotas, doblegándolos a sangre y fuego, y tomando a saco sus bienes. En ocasiones como ésa, a su orden se formaban bosques de estacas donde ululaban los empalados, en tanto los incendios coloreaban apropiadamente el espectáculo.
En resumidas cuentas, aquel Drácula no les resulta a los rumanos mucho más presentable que el Drácula novelesco, y dan la impresión de preferir un discreto olvido para los dos. Dígaseles que el Drácula héroe de su historia nacional, campeón de la cristiandad en la lucha contra el turco otomano, merecería siquiera un retrato en cualquiera de los billetes del leu, la moneda del país. Contestarán que otros personajes históricos, mucho más importantes que el Empalador, no lo tienen tampoco.
Al pie del castillo Bran, que responde aproximadamente a la descripción que Bram Stoker hace de la morada del vampiro y donde el Drácula auténtico fue alguna vez huésped del regente Juan Hunyadi, se venden variadas artesanías rumanas, y, entre éstas, muñecos y tallas que representan al Empalador. Son objetos grotescos y cómicos, razón por la cual es posible suponer que hay en su hechura un toque despectivo.
De todos modos, no es mucho lo que pueden hacer los rumanos a fin de abrogar la representación nacional con que se inviste inopinadamente el vampiro de Stoker. Como si la criatura literaria hubiese terminado por tomar posesión de la figura histórica, el país lleva, quiera que no, una pátina de su misterio novelesco. Se advierte en el aura enigmática de los gitanos -servidores de Drácula en la novela- que recorren Rumania en astrosos carromatos cuya forma sugiere la de un tosco ataúd . También se nota en los bosques umbríos donde abundan el sanguinario oso pardo y los grandes murciélagos que los campesinos temen porque su mordida puede contagiar la rabia. Y hay bastante de esa misma pátina en la llamativa belleza de las mujeres rumanas, mórbidas al estilo de las actrices que acompañan en su entretenida bóveda a Christopher Lee, el Drácula de las terroríficas películas del sello Hammer. Las rumanas tienen, en efecto, aire de vampiresas, pero las adorna, por añadidura, el simpático atractivo de no estar vampirizadas.
"Las francesas -filosofa de sobremesa un rumano que admira los frutos de Francia como todos los rumanos- no son nada del otro mundo, pero saben vestirse tan bien que consiguen verse encantadoras. ¡Si las nuestras pudieran arreglarse así...!" La pátina de misterio se extiende aun más. Por las noches, la elegante y romántica Bucarest aúlla a la luna llena con la voz de medio millón de perros cimarrones, sombra de los lobos que el Drácula novelesco domina a su antojo y a los cuales el Drácula histórico se parece por temperamento. Son flacos canes sin amo, que vagan en absoluta libertad por calles y paseos, y suelen seguir silenciosamente a los caminantes. Parecen ofrecerles su compañía, pedirles la adopción; pero a veces han mordido, y, en alguna ocasión, matado. "Ande con un paraguas o un palo en la mano, y no se le acercarán", aconsejan los bucarestinos al forastero. También le recomiendan dar "una voz fuerte, enérgica, un grito de amenaza", expediente que los repelería.
La gente ampara de toda acción violenta a esos perros vagabundos y puede verse que se apiada de ellos cuanto puede: uno de sólo tres patas duerme -en horario de vampiro- bajo el último sol de la tarde; la cuarta extremidad le ha sido amputada limpiamente, a la altura del codo, sin duda por alguien con pericia quirúrgica. No hay explicación del todo satisfactoria acerca del origen de la perrada de Bucarest, pero una, parcial aunque insoslayable, sería el empobrecimiento general operado a partir de la caída del tiránico régimen de Ceaucescu, que llevó a la gente del común a desprenderse de sus perros porque significaban otra boca que alimentar. La mayoría de los rumanos gana algo menos que el equivalente a 100 dólares mensuales. Con esa cantidad no se puede hacer gran cosa en un medio donde el desempleo es del 12 por ciento y la inflación, el año último, del 54,8 por ciento.
Durante el comunismo hubo sueldos para todo el mundo, aunque la contraprestación fuera de dudosa utilidad. Si bien distaban de ser espléndidos, aquéllos eran sueldos seguros y se sumaban varios en cada familia. En la actualidad se observa un remedo bastante misterioso de la pasada situación de pleno empleo donde cobraban todos, no sólo el que trabajaba, sino también el que holgaba en su trabajo porque era un supernumerario. En efecto, es normal que si se llama al pintor, al plomero, al gasista, el convocado llegue en compañía de media docena de personas dedicadas a deambular por la casa sin propósito evidente, mientras que el patrón del oficio es el único de la troupe que hace el trabajo.
En ciertas estructuras gubernamentales, cuyo tamaño estaba justificado en la época comunista, se ha preferido sostener el nivel de empleo a ultranza. Uno de esos casos es el de los servicios de inteligencia, un resorte del Estado que parece haber sufrido un incalculable perjuicio estructural.
Cuando se desmoronó el régimen de Ceaucescu, la infiltración desde terceros países por las fronteras rumanas, entonces repentinamente expeditas, habría sido tan fácil como enorme el consecuente daño a la seguridad nacional: quienes aprovecharon aquellas circunstancias para penetrar en Rumania, no salieron de allí sin antes haber armado prolijamente sus nidos de espías.
La resistencia de Ceaucescu a la perestroika y al glasnost, cuya práctica le reclamó inútilmente Gorbachov, resultó fatídica. Hoy, puestos a la tarea de integrarse con Occidente, con méritos que incluyen la triplicación de las reservas en divisas del Banco Central y la disminución de la deuda externa -deben sólo 8000 millones de dólares-, llevándola a un 24 por ciento del PBI, los rumanos protestan que no tienen nada que ocultar a los ojos del mundo democrático. Algunos aseguran que, de cualquier manera, serían imposibles los ocultamientos debido al colapso del contraespionaje.
Se estima que el Drácula histórico también tuvo a su servicio una maquinaria de espionaje bien aceitada que, al fallarle una sola vez, le causó un daño definitivo. A manos del sultán Mehmed II -artífice militar de la caída de Constantinopla-, llegó en 1477 la cabeza del desinformado Empalador, precariamente conservada en miel dentro de una botija. Durante una batalla contra los turcos librada ese año, el Drácula histórico habría sido asesinado a traición por sicarios de los boyardos valacos.
Aquél y éstos se adeudaron mútuamente numerosas cuentas. Pero las del voivoda fueron mucho más abultadas: para vengar el fatal apaleamiento de su padre y la muerte por enterramiento de su hermano favorito, Mircea, había empalado o condenado a morir cumpliendo trabajos forzados a cuanto boyardo quiso inculpar. Aquellos a los que hizo sus esclavos, murieron en la empresa de construir para él un castillo en Transilvania, sobre la orilla más escarpada del río Arges, empleando en la obra los restos de otro castillo, el de Poenari, levantado a su turno sobre las ruinas de la antigua fortaleza de Decidava.< Del castillo de Drácula nada queda, excepto esas referencias que pueden serle de utilidad a un viajero. Y en cuanto a los restos del castellano -es decir, lo que restó de Drácula sin cabeza-, fueron sepultados en la iglesia del convento insular de Snagov, bajo un piso de losas sobre el cual pasan los monjes infinidad de veces al día. Existe la creencia de que el ir y venir de hombres santos sobre una sepultura consigue finalmente desembarazar de sus faltas, por espantosas que fueren, al pecador sepultado. "El Empalador no será perdonado hasta que las sandalias de los monjes hayan convertido en polvo las losas de la tumba", opina un rumano, igual que otros muchos de este siglo. "Pero Alá es misericordioso", dirían, acaso, los turcos otomanos del siglo XV, que tuvieron, en ocasiones, al Empalador por aliado. Y los cristianos de esa misma época, aun con mayor razón que los musulmanes, harían también otra protesta de esperanza en la infinita misericordia divina, porque, en definitiva, ellos contaban a Drácula entre sus campeones de la fe.






Por la ruta de Drácula

Written by John Doe on domingo, 8 de enero de 2012 at 4:02 p.m.

Por Laura García (Clarín, 5-3-00)
En este mundo no debe existir nadie más conocedor de los avatares de un viaje que aquel joven abogado inglés que en 1897 partió desde su Londres previsible y segura hacia la enigmática Transilvania. Su destino era el Paso de Borgo y, más allá, el castillo de un conde solitario. Jonathan Harker se llamaba el viajero y, hasta ese momento, no era más que un personaje ideado por el escritor irlandés Bram Stoker para su novela Drácula.
Aquella travesía y el encuentro de Harker con el vampiro dieron comienzo a uno de los grandes mitos contemporáneos. Dracula trascendió las páginas de la novela y ganó su lugar en el cine, en teatro y en nuevas versiones literarias. Luego ocurrió lo inevitable: el público quiso conocer el castillo del conde y muchos se lanzaron a buscarlo siguiendo la hoja de ruta que Stoker había trazado en su novela. Para mayor precisión, algunos emularon al propio escritor, que se había documentado en la biblioteca del Museo Británico antes de darle forma a su criatura y sin jamás haber pisado Transilvania, esa región maravillosa de Rumania enmarcada por los montes Cárpatos cuyo mágico paisaje es de por sí un must del viajero curioso.
A partir de lo años 60 cuando Rumania se abrió al turismo internacional, empezaron nuevas búsquedas. Para ese momento, Drácula ya era un nombre legendario en el mundo occidental, pero los rumanos seguían sin conocer la historia del vampiro que bebía la sangre de sus víctimas, a las que atraía con un poder hipnótico que combinaba erotismo y espanto. Sólo un pequeño grupo de guías de turismo e investigadores del folclore conocían esa versión de la historia, ya que la novela fue traducida al rumano recién en 1992.

¿Un héroe nacional?
“En Rumania crecimos viéndolo como ejemplo de orden y disciplina. Fue un héroe nacional, porque repelió las invasiones turcas”, dice Gabriela Muresan, una profesora nacida en Transilvania que vive en la Argentina desde 1990 y ahora está a cargo de los cursos de idioma rumano en la Universidad de Buenos Aires.
Vampiro y héroe nacional. ¿En qué quedamos? Ocurre que Bram Stoker basó su novela en un personaje real de la historia rumana. Inspirado en otra de vampiros -Carmilla, del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu-, originariamente ubicó su historia en Estiria, Austria, y pensó titular su libro The Undead (Los no muertos). El nombre del conde era, simplemente, Wampyr. Pero luego se enteró de la existencia de los llamados panfletos negros, escritos por mercaderes transilvanos que narraban las atrocidades cometidas por el príncipe de Valaquia Vlad Dracula, que había vivido entre 1431 y 1476. Como la descripción del personaje -también llamado Vlad Tepes, el Empalador, debido al tormento que aplicaba a sus víctimas- se ajustaba al personaje que tenía en mente, decidió conferirle inmortalidad para traerlo de nuevo a la vida. Y así la pura invención literaria se mezcló con la historia de un país que hasta entonces nada sabía de vampiros.
A pesar de los propios rumanos - muchos de los cuales se ofenden por la deformación que sufrió la figura de su prócer-, el imaginario occidental concibió a Transilvania como un mundo irreal, demoníaco, acechado por dragones y murciélagos. Pero lejos de generar temor, el cruce de ficción y realidad se tornó irresisible para los turistas. Pero muchos de les que se acercan con el solo propósito de seguir las huellas de Drácula descubren finalmente que la provincia es bellísima, tan atractiva en sí misma que no requiere la excusa de una fábula para ser disfrutada.
En las.últimas décadas, los rumanos la consideraron una región de avanzada, receptora de los aires del "oeste” que soplaban desde Austria y llegaban a través de Hungría. Más allá del punto de vista local, Transilvania es la región más romántica y pintoresca de Rumania. Su propio nombre -deriva del latín y significa “más allá del bosque”- sugiere paisajes de picos montañosos, valles arbolados y arroyos. Rodeada por el gran arco que forman los Cárpatos, tiene parques nacionales, áreas protegidas, glaciares, iglesias de madera, aldeas aisladas y una excelente producción artesanal de vinos. Es decir, un producto concreto y excelente para el turismo.
Sin embargo, los visitantes siguen obsesionados con el castillo habitado por el hombre alto de tez amarillenta, bigote blanco y dientes filosos. Todo por obra de Stoker. Y allá van a la caza de emociones fuertes y de encuentros con el mismísimo diablo. Una vez allí, el mito cede ante la realidad y algunos se decepcionan. No es para menos: una cosa es conocer los lugares asociados con Vlad Tepes, el personaje real, y otra muy distinta es pretender toparse con Nosferatu en persona.

A comer con Drácula
Todos los circuitos sobre Drácula empiezan en la antigua corte de Bucarest, la capital rumana, donde se conservan ruinas del palacio que funcionó en el siglo XV durante el dominio de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia. Pero lo mejor del viaje empieza al atravesar las llanuras del Danubio en dirección a los Cárpatos.
La primera escala es el castillo de Bran, conocido como el ‘falso castillo de Drácula'- cuyo único propósito -según los guías- es distraer a los turistas para que no lleguen a los genuinos donamos del Conde. Igual vale pena conocer esta fortaleza construida en 1378, aunque no esté relacionada con el personaje de la novela ni con Vlad Tepes. Al menos tiene su valor histórico: en la década del 20 fue transformada en residencia de verano de la familia real rumana y recién fue abierta al público en la era comunista. Es, además, la imagen típica en las postales de Transilvania.

Se sigue luego a Brasov y a Sighisoara, dos ciudades medievales perfectamente conservadas en medio de un paisaje de montaña. Sighisoara es uno de los puntos más bellos de Rumania, ya que conserva intactas once torres de sus murallas originales, calles empedradas, casas burguesas del siglo XVI, una iglesia gótica de 1345 -la Bergkirche- y hasta un reloj de 1648 que todavía marca la hora.
Para los seguidores de Drácula es una escala fundamental, porque en la parte alta de la ciudad está la casa donde en 1431 nació Vlad Tepes, hoy convertida en restaurante.
Otros puntos del circuito son el monasterio de Snagov -donde la leyenda ubica la tumba de Vlad Tepes- y Targoviste, la antigua capital de Valaquia, donde una estatua recuerda que Drácula vivió aquí. En realidad, los tours son una buena guía para conocer este rincón del antiguo imperio austrohúngaro que, a diferencia de Viena, Praga y Budapest, todavía no recibe un turismo masivo.
Pero no hay sólo influencias austríacas en Rumania. De las antiguas, la más duradera es la de los romanos: de ellos los rumanos heredaron su idioma, que deriva del latín. Después, siguieron mil años de invasiones esporádicas y de agresión turca, que fue resistida por nobles como Vlad Tepes. Hoy en cambio, los rasgos más visibles son los que dejaron más de cuatro décadas de comunismo, que culminó con la revolución de 1989 y la muerte del dictador Ceaucescu.

Cazadores de vampiros
Un legado de lo más diverso, pero de vampiros, ni rastros. “La historia del vampirismo no es nuestra, pero si la gente quiere ir a buscar eso a Transilvania no la rechazamos”, advierte el consejero de la Embajada rumana en Buenos Aires, Ion  Mirica. Es que Rumania no se agota en Drácula. Los pilares del turismo -que además tiene la ventaja de ser accesible al bolsillo- son los Cárpatos, el delta del Danubio, las playas del mar Negro y Bucarest. El castillo tan buscado es sólo uno entre cientos de fortalezas impactantes y monasterios repletos de tesoros artísticos, como el de Bucovina, del siglo XVI.
Para calmar la ansiedad de los que sólo van tras los pasos del rey de las tinieblas, los operadores de turismo ofrecen algunas actividades relacionadas con él o que, al menos, remiten a la novela. Por ejemplo, la escala en el hotel Corona de Oro, en Bistritz, donde Jonathan Harker paró por  recomendación del propio conde en su camino al castillo. Ahí, desde ya, el menú que más sale es el mismo que probó el abogado: trozos de carne, con una guarnición de panceta, cebollas y paprika. Desde el hotel de Bistritz empieza el tramo decisivo del circuito, el mismo que emprendió Harker en dirección al Paso de Borgo para llegar al castillo de Drácula. En el camino, donde hay tan pocas casas que cada una tiene su propio cementerio, conviene recordar lo que el abogado anotó en su diario, al comienzo de la novela: “En ningún atlas pude hallar la menor indicación sobre el lugar donde se alzaba el castillo del conde Drácula, porque lo cierto es que tampoco existía un mapa detallado de aquella zona”. Harker finalmente encontró el lugar, pero los turistas se quedarán con las ganas. Al menos, la vista del paso de montaña es inolvidable. Por lo demás, habrá que apelar a la fantasía, porque la verdadera fortaleza de Tepes, hoy en ruinas, está en otra parte.
“Todo lo que podemos imaginar existe.” La frase podría proceder de un diálogo platónico, pero es en realidad el lema de la Sociedad Transilvana de Drácula, una entidad creada en 1991 con el fin de guiar a los que buscan el castillo. De acuerdo con el ente, el folclore de los rumanos no contiene vampiros y su rol lo cumplen los strigoi, fantasmas que sólo atacan a los que quiebran las leyes de una comunidad.
Pero tanto la Sociedad como el gobierno saben bien que el mito ahora genera negocios. Aunque los rumanos reivindiquen a su héroe nacional en desmedro del vampiro, no ignoran que los turistas pagan hoteles, excursiones y comidas, y compran cristalería transilvana, joyas, relojes, vinos e indumentaria con la “D” del dragón.
Sí, la imaginación todo lo puede. Pero si se la ayuda con hechos, mejor. Aunque en pocos lugares del mundo los inviernos son tan crudos como en Transilvania, para evocar al Conde habrá que tomar valor y hacer en esos meses el recorrido que Stoker trazó para su abogado inglés. Los árboles desnudos y la bruma que cubre los valles serán propicios para ponerse a tono con la historia. Luego, a falta de castillo, habrá que elegir una posada en un paraje bien agreste, porque es allí y no en la ciudad donde a los lobos les gusta aullar.
Una vez cruzado el umbral de las tinieblas invernales de los Cárpatos, sólo queda esperar una noche de luna llena. Rumania pone el paisaje. Los ajos detrás de la puerta y el crucifijo de madera corren por cuenta de uno.



TIPS
Cuándo viajar. Los mejores meses para visitar Transilvania son los de la primavera y el verano (marzo a setiembre). Hay que tener en cuenta que en los Cárpatos la temperatura media anual es de 2 grados C.
Dónde alojarse. Hay alojamiento de distintas categorías, pero los de mayor nivel se concentran en Bucarest. Salvo que se viaje con espíritu aventurero, conviene hacer reservas antes de llegar y averiguar las comodidades que ofrece el lugar.
Circuitos. La Sociedad Drácula organiza un tour que incluye seis pruebas de caballería. A quienes las pasan se les otorga la Orden de los Caballeros Transilvanos. Y si tiene suerte quizá hasta le ofrezcan el cargo de embajador de la entidad en la Argentina. 
Idioma. El Idioma oficial es el rumano, que deriva del latín. También se habla alemán, inglés y francés.
Documentación. La visa de turismo, que permite una estadía máxima de 60 días, se tramita en la Embajada de Rumania.
Dónde informarse. En Internet hay centenares de sitios dedicados al conde Drácula y a Transilvania. Sociedad Drácula, 47 -Primaverii blvd., teléfono (401) 231-4022, fax (401) 679-5742, e-mail cdt@art.ro. En Buenos Aires, Embajada de Rumania, Arroyo 962/970, teléfono 4326 5888, fax 4322


Monasterio donde está enterrado Drácula
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John Doe

Blogger. Ex estudiante de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Mis "héroes" son James Frazer,Mircea Eliade, Joseph Campbell y Vladimir Propp.

 
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