Los cien años del vampiro

Written by John Doe on miércoles, 11 de enero de 2012 at 1:37 p.m.

por Guillermo Cabrera Infante (Clarín, 19-6-1997)
Si en 1896 se hubiera pronunciado la palabra Drácula nadie habría entendido. Excepto si usted fuera rumano, idioma en que significa hijo del dragón. Su terminación femenina hizo creer a muchos que Drácula era una mujer. Pero en 1897 se publicó una novela con ese nombre, su autor un imperfecto desconocido, Bram Stoker. Se llamaba en realidad Abraham y adoptó el chiqueo familiar para firmar el libro. Hoy, Bram Stoker es tan conocido como muchos autores de ese siglo (Jane Austen, Charles Dickens, las hermanas Bronte) y es más famoso que Thackeray por ejemplo, quien se colocó en su Vanity Fair a la altura de Dickens. Drácula es, también, la culminación del género, tan inglés, del cuento gótico. Se inició al final del siglo XVIII con El castillo de Otranto, de Horace Walpole, publicada en 1764. Luego siguieron las historias de Mrs. Radcliffe y una obra maestra, El monje de Monk Lewis, y Frankenstein, de Mary Shelley, al que el cine hizo universal en 1931, con Boris Karloff en una emocionante aparición que tenía poco que ver con la novela original. El cine también popularizó en ese mismo año a Drácula. La diferencia entre las otras novelas góticas es que fueron escritas por escritores profesionales. Bram Stoker estaba lejos de serlo.

Un hombre alto y robusto que de niño había sido enclenque, Stoker hizo que su idolatría por el actor sir Henry Irving le consiguiera un puesto de gerente en su compañía. Los ingleses que iban al teatro Lyceum, en el Strand, al salir de la función se encontraban con este hombre taciturno y oscuro pero poco sabían que se hallaban ante un autor que sería conocido mucho más que el actor Irving por haber escrito la mejor y más famosa novela de su género y a su vez creado una de las obras maestras de la literatura inglesa. Como sus pares, Robert Louis Stevenson, que escribió El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, y Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, Stoker no era inglés, era irlandés. Pero, al revés de Stevenson y Conan Doyle, escritores escoceses, no había escrito nada que se semejara siquiera a Drácula.
Para mayor asombro hay que decir que Stoker, que nació y se educó en Dublin para ingresar en la carrera civil, era un burócrata y su primera publicación fue Los deberes de un funcionario de una magistratura menor. (Aquí Drácula, desde Hungría entonces y hoy en Rumania, lanza una carcajada con colmillos.)
Sirviendo de gerente a sir Henry Irving entre su entrada en escena hasta la salida del público, Stoker, el gigante amable como lo llamaban, se encerraba en su despacho encima de la taquilla y después de revisar las cuentas de cuánto se había hecho esa noche, se dedicaba a escribir, tanto que publicó 15 obras de ficción que aparecen ocultas como vampiros a la luz del día. También tuvo tiempo después de cerrado el teatro de compartir con sir Irving, que no sólo fue el primer actor armado caballero, sino que dominó la escena inglesa bajo el reino de Victoria. Decir que dominó es decir bien pues Irving era una personalidad dominante, bueno para controlar una compañía, pero a veces detestable. Se dice que si Drácula tuvo un modelo no fue el vampiro húngaro o el tirano rumano, sino Henry Irving. (Por favor, llámenle sir.)
Pero Stoker (cuyo nombre, de acuerdo con su físico, quiere decir fogonero) era un hombre metódico y hubo método en su locura, una obsesión con el vampiro al llegar a escribir: “El Nosferatu”, otro nombre rumano para el vampiro, "no puede morir”. Stoker no puede morir, más bien no puede morir su historia. No la dejan sus lectores, sus espectadores, sus productores.
Hecha de diarios, cartas, noticias y telegramas (Drácula es notable por hacer uso temprano del telégrafo y la máquina de escribir como vehículos de la trama) es la historia de un vampiro. Es decir, un no-muerto (y la palabra undead es otra invención de Stoker) que para permanecer inmortal debe alimentarse de la sangre fresca de un mortal (preferiblemente una mujer, para evitar intimidades que puedan parecer toqueteos de pederastas victorianos), evadir la cruz, el olor del ajo y los espejos (en los que no se refleja: Drácula tiene todos los defectos pero vanidoso no es. De este lado del espejo la hostia le es hostil y el agua bendita se le hace maldita y un crucifijo bien blandido es un arma enemiga, ya que el vampiro es inmune a las balas, siempre que no sean de plata). Para borrarlo de la faz de su tierra (Drácula siempre viaja en ataúdes llenos de su tierra) hace falta una estaca clavada en el pecho, siempre que se aguce antes y se sorprenda al vampiro durmiendo al mediodía. (Una de las faltas de Drácula es que, al revés de su autor, no hace horas de oficina.)
He aquí la historia inmortal:
Se abre el libro con un diario y es de las grandes novelas la que tiene peor inicio. El diario pertenece a Jonathan Harker, un abogado inglés que va de visita a Transilvania a complacer los antojos de un cliente llamado Drácula, conde húngaro. Harker, que se felicita por estar en contacto con un conde ("I am Dracula”, le dice a su cliente en la película un verdadero húngaro, Bela Lugosi, con un inglés bárbaro entre entonaciones melifluas y guturales) que le ofrece todos los manjares y tres bellezas nocturnas. El conde no come, no bebe y el único contacto sexual que se permite no es vaginal sino yugular. Harker que da atrapado en el castillo mientras Drácula, que lo ha hecho venir de Inglaterra, decide, curiosa conducta, irse solo a Londres. El abogado queda presa de las mercedes vespertinas (una de ellas, por cierto, se llamaba Mercedes) que se dedican al único deporte permitido en Transilvania: chupar cuellos. (Chupones, que hacen a Drácula la gran novela erótica victoriana.) Mientras tanto, el conde llega a Inglaterra, a Whilby, puerto borrascoso, en un barco a cuatro velas con veinticuatro cajas de muertos, estado en que está toda la tripulación del velero llamado Demeter, que como Stoker sabía no se refería a la tenebrosa diosa griega sino a un barco ruso llamado Dimitri.
Prosigue la trama -esta vez contada por Mina Murray, la novia de Harker-, su amiga Lucy Westenra (a punto de convertirse en la primera vampira: triunfo del feminismo inglés), el doctor John Seward y penúltimo pero no último, el doctor van Helsing, vampirólogo mayor, que solía pasar por allí y enseguida reconoce que los dos puntos de sangre en el cuello de Mina son obra del vampiro, que nunca se ha aventurado por estas islas tan lejos de Transilvania, que quiere decir del otro lado del bosque.
Después de varios pugilatos con el conde acudiendo al ojo en flor, la cruz ambulante y clavar la estaca esta vez en Lucy (que se ha dedicado a chupar sangre de bebés, haciéndose además de vampira, pedófila), Drácula se codea con la otra flor, la flor y nata de la sociedad victoriana y se pasea, populista que también es, por todo Piccadilly. Drácula, ya que la reina Victoria no lo armará caballero sino a van Helsing, decide volver a casa temprano y se va a Transilvania, más allá del paso Borgo. Los ingleses y el holandés errado van Helsing lo persiguen hasta su castillo, morada de vileza. Fue allí que Harker, como una visión de la fiebre, vio a Drácula bajar por una pared cabeza abajo, la capa extendida como las alas de un gigantesco murciélago, de esos que se llaman justamente vampiros. Entre Jonathan Harker y van Helsing hacen huir primero y destruyen luego a Drácula, en las palabras finales de Harker: “Era como un milagro; pero ante nuestros mismos ojos y casi como en un suspiro, todo su cuerpo se desmoronó hasta hacerse polvo y desapareció de nuestra vista”.
Pero el vampiro, como los mitos, no muere, solamente se transforma. Ha habido, ahora lo sabemos, incontables versiones de la vida, pasión y muerte de Drácula: en películas, en libros, en el teatro. Si hay algo inmortal en el siglo es el vampiro. Hasta las versiones en dos dimensiones y en blanco y negro se han hecho inmortales. No hay más que ver a Bela Lugosi, que moribundo se le ve en el cine, morfinómano y arruinado, pero inmortalizado y de paso arrastrando consigo hacia una forma de inmortalidad, a su amiso Ed Wood, torturado por el vicio, torturando al inglés: "I am Dracula".
A Bram Stoker, cuya casa cerca del Támesis goza de la inmortalidad de una placa (Stoker, Abraham -1747-1912- 18 St Leonard's Terrace, SW3 - Autor de Drácula), cuando le preguntaban cómo concibió la novela, siempre declaraba: "Fue una pesadilla que tuve después de comer demasiado marisco".
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Cine y teatro

Antes de morir en 1912 Bram Stoker hizo la primera versión de su visión. Drácula había vendido antes de 1900 más de un millón de ejemplares, pero su versión teatral fue un rotundo fracaso. Fue el cine que hizo un terror universal del vampiro alemán con Nosferatu, de 1922, dirigida por F.W. Murnau. La película originalmente se llamaba Drácula, es considerada una obra maestra y servía a la novela tan bien que la viuda le puso pleito a los productores y lo ganó. Nosferatu dio lugar a muchas variaciones del vampiro sin su maldito nombre protegido por las leyes de copyright: Count Alucard, Count Yorga, Barón Latoes, Blácula, etcétera. Su traslado a Broadway tuvo en el rol de Drácula a un desconocido actor húngaro cuya pronunciación del inglés era más oscura que sus intenciones. Se llamaba, se llamará siempre, Bela Lugosi. La Universal compró los derechos y se llevó a Lugosi a Hollywood. La productora quería como vampiro a Lon Chaney, el gran maestro del horror del cine silente. Pero Chaney contrajo cáncer de garganta y, literalmente, quedó mudo. Lugosi tomó su lugar (incluyendo su extraña voz, daba en el cine algo turbador y exótico y peligroso, seductor y cruel). En una palabra, fue el perfecto vampiro.


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Vamos por partes

Written by John Doe on martes, 10 de enero de 2012 at 6:50 a.m.

Por Mariana Enriquez (Fuente)
Desde el infierno, escribía en rojo Jack el Destripador durante el verano y el otoño de 1888, cuando aterraba el East End, el barrio más pobre de Londres. Es el asesino serial más famoso de todos los tiempos, y el más enigmático. Fue un adelantado a su época: para atraparlo hacían falta técnicas forenses entonces desconocidas y Scotland Yard abrió su primer departamento de huellas dactilares recién en 1901. El desorden de la investigación no puede atribuirse sólo a la falta de pericia de la policía. Jack era astuto hasta lo sobrenatural.
La única certeza en cuanto a El Destripador es que ejerce una fascinación morbosa para millones de personas. Toda la obsesión del siglo XX por el asesinato como una de las bellas artes lo tiene como único antecedente. El Destripador se movía aproximadamente en una milla cuadrada del East End, en los barrios de Whitechapel, Spitafields y la City. Mataba sólo los fines de semana, de madrugada. Sólo asesinó prostitutas; el East End contaba con unas 1200 mujeres que vivían de la prostitución. El número canónico es de seis crímenes; algunos expertos le atribuyen cinco, otros hasta diez. El nombre Jack el Destripador tiene origen en una carta recibida por la Central News Agency el 27 de septiembre de 1888, después del tercer crimen, firmada como “Jack The Ripper”. No se sabe cuántas cartas envió el supuesto asesino, muchas se han perdido o están en manos de coleccionistas; en su momento, la policía las consideró falsas, obra de un loco o de un bromista excitado por los artículos sensacionalistas que aparecían en los periódicos de la época. Pero una carta, la del 16 de octubre de 1888, es especialmente famosa: contenía el remitente infernal, antes de la firma aparecía la célebre despedida “Atrápenme si pueden”, y venía acompañada de medio riñón humano. “Le envío la mitad de un riñón que tomé de una mujer. La otra la freí y me la comí.”
Los testigos en el caso de Jack fueron escasos, y poco fiables. Se trataba de personas aterradas, con frecuencia alcoholizadas. Sus testimonios coinciden en que se trataba de un hombre bien educado –lo escucharon hablar–, de entre treinta y cinco y cuarenta años. Llevaba maletín. Quedó instalado en el imaginario popular que tenía conocimientos de anatomía, quizás un médico cirujano o un veterinario. Nadie lo vio de frente. Ni siquiera las víctimas: Jack el Destripador mataba por la espalda.

Los crímenes
1) Martha Trabam, 7 de agosto de 1888: tenía 39 años y, como todas las víctimas de Jack, era prostituta y alcohólica. Su cuerpo apareció en George Yard Buildings, con treinta y nueve puñaladas. Como todas las demás, no fue violada.
2) Mary Nichols, 31 de agosto: 42 años. Su cuerpo apareció en Buck’s Row (hoy Durward Street); tenía el cuello cortado hasta las vértebras, heridas abdominales que dejaban los intestinos expuestos y cortes transversales en los genitales. Sus órganos no fueron extirpados.
3) Annie Chapman, 8 de septiembre: 46 años. Esa noche la habían echado de un infame albergue para desposeídos porque no tenía dinero para pagarse una cama. Su cuerpo apareció en un patio mugriento de 29 Hanbruy Street con el cuello cortado tan eficazmente que la cabeza casi estaba desprendida del cuerpo. Tenía el abdomen abierto y sus intestinos extirpados se encontraban en el piso, encima de su hombro izquierdo. El asesino se quedó con sus anillos.
4) Elizabeth Stride, 29 de septiembre: 45 años. Fue la primera mujer asesinada durante la noche conocida como la del “doble evento”. Era de origen sueco, había sido bella y su cuerpo apareció en Dutfield’s Yard, Berner Street, sólo con la garganta cortada.
5) Catherine Eddows, 29 de septiembre: 43 años. Su cuerpo apareció en Mitre Square cuarenta y cinco minutos después de que fuera encontrado elde Elizabeth Stride. Jack la había abierto en canal, desde el esternón hasta los genitales; sus intestinos, una vez más, estaban ubicados en el suelo, sobre su hombro izquierdo. Tenía desgarrados los muslos y la vagina. El rostro estaba completamente desfigurado: los labios seccionados hasta cortar las encías, un tajo desde la nariz hasta la mandíbula izquierda que dejaba ver el hueso. El Destripador le extirpó el riñón izquierdo y la mitad del útero. La herida en la vagina se extendía hasta el recto. Después de asesinar a Catherine, El Destripador escribió con tiza sobre una pared de Goulston Street: “Los judíos son los hombres a quienes no se culpará de nada”, frase enigmática que quizá quiso extender un manto de sospecha sobre los judíos que vivían en el East End, o quizá sólo un insulto antisemita. O un anagrama, una referencia a misterios ocultistas. Es uno de los misterios que dejó El Destripador. La inscripción no fue fotografiada porque el oficial a cargo, Charles Warren, temía que, cuando fuera vista por los vecinos, se produjeran disturbios y hasta linchamientos. Así destruyó evidencia de enorme importancia. 
6) Mary Kelly, 9 de noviembre: la única víctima del Destripador joven y bella, una inmigrante irlandesa de 24 años, había sido una prostituta cara del West End años antes. Fue la víctima con la que más se encarnizó. La encontró el dueño del miserable cuarto que alquilaba cuando fue a reclamar su dinero. Su cuerpo estaba sobre la cama en una habitación de Miller’s Court. Boca arriba, El Destripador le cortó la carótida, desfiguró su rostro hasta dejarlo irreconocible y le abrió el cuerpo en canal. Los genitales eran una masa informe. Le amputó los pechos y colocó el hígado en un lado de la cama; dejó los intestinos sobre la mesa de luz. Le extirpó todos los órganos salvo el cerebro, y su pierna izquierda estaba tan despellejada que se veía el fémur. Se llevó su corazón.
¿Caso cerrado? 
Acaba de aparecer en la Argentina Retrato de un asesino. Jack el Destripador: caso cerrado, una investigación periodística de la escritora best seller norteamericana Patricia Cornwell, creadora del personaje Kay Scarpetta, la doctora forense que atrapa asesinos seriales. Cornwell, millonaria, se obsesionó con ganarles a todos los expertos y descubrir la verdadera identidad de Jack el Destripador. Considera a su investigación la resolución definitiva. Gastó 6 millones de dólares de su bolsillo en buscar información sobre su sospechoso. Mandó hacer costosísimos estudios de ADN, compró incluso el escritorio de su Jack. Pero, ¿es convincente? No tanto. En cualquier caso, las “pruebas” que aporta están lejos de ser concluyentes. Lo que Cornwell tiene entre manos es una hipótesis más, caprichosa, apasionante, pero endeble. La escritora le pone nombre a Jack el Destripador: se trataría del pintor Walter Sickert, uno de los más grandes artistas plásticos británicos junto a Turner y Bacon (y una influencia importantísima para este último). ¿Por qué Sickert? Cornwell ofrece algunas pistas importantes. 
Sickert tenía veintiocho años cuando sucedieron los crímenes. Era políglota, adicto a los periódicos sensacionalistas, escritor compulsivo, hombre de sociedad que se codeaba con Edgar Degas (de quien fue discípulo), André Gide, Aubrey Beardsley, Oscar Wilde, Henry James, Paul Monet y hasta Marcel Proust. Le gustaba disfrazarse y usar seudónimos. Sus lugares de trabajo eran por lo general antros secretos, y frecuentaba el East End para buscar prostitutas que le sirvieran como modelos; interesado en los bajos fondos y el music hall, no les temía a los barrios peligrosos de Londres y los recorría hasta el amanecer, en frenéticas caminatas. Hasta allí, Sickert sólo entra en la lista de sospechosos por ser un hombre de clase alta que visitaba en forma clandestina el barrio de los crímenes. Y un prepotente misógino que voceaba su desprecio por las mujeres. Pero Cornwell se atreve a sostener que Sickert perpetró crímenes sexuales (por lo general son de este tipo los que cometen los asesinos seriales) por un trauma de la niñez. Escribe: “Nació con una malformación de pene que lo obligó a someterse a una intervención quirúrgica a muy temprana edad y puede que la cirugía lo dejase desfigurado, si no mutilado. Cabe suponer que fuera incapaz de una erección y que su miembro no tuviese el tamaño suficiente para la penetración”. A partir de esto, sostiene que Sickert se vengaba de su malformación matando a las mujeres que ofrecían ese sexo del que él no podía disfrutar.
Terca, Cornwell cruzó cartas de Sickert con cartas que El Destripador envió a la policía y a los diarios. Cabe aclarar que la autora cree que las cartas, tomadas como fraudulentas, fueron escritas realmente por el asesino, una teoría que va en contra de lo que se considera cosa juzgada sobre esta correspondencia. El mejor resultado de pruebas genéticas lo obtuvo de la añeja saliva adherida al sello de una carta de El Destripador que contenía una secuencia de ADN mitocondrial bastante precisa. Esta misma secuencia pudo aislarse en otra carta de El Destripador y en dos del pintor Walter Sickert. Son las muestras de ADN más antiguas que se han analizado en un caso criminal. Pero estas secuencias pueden encontrarse, según otros expertos, en una persona entre mil, lo que deja un margen amplísimo. Cornwell cree que todas las cartas de El Destripador pudieron ser escritas por una misma persona porque un artista como Sickert podía desfigurar con facilidad su letra. Pero también ofrece una prueba más contundente, descubierta en el 2002: “La policía creía que El Destripador escribía con sangre. Pero lo que siempre se había tomado como sangre humana o animal resultó ser un pringoso barniz marrón, o quizás una mezcla de tintas; estas manchas, salpicaduras y chorretones de aspecto sanguinolento se hicieron con un pincel de pintor. El Destripador escribió en papel vitela y en papel con filigrana, pero la policía no se fijó en estas delicadas pinceladas ni en la calidad del papel, que se atribuyen a un bromista analfabeto o desequilibrado”. Además, tanto Jack como Sickert escribían sobre la misma marca de papel: A Prairie & Sons. 
De todos modos, Cornwell admite que sólo cuenta con “un discreto indicador de que las secuencias de ADN mitocondrial de Sickert y el supuesto Destripador proceden de la misma persona”. Que Sickert escribiera las cartas no implica que matara a nadie; sólo demuestra que era un perverso. Cornwell no pudo ir más lejos con los estudios de ADN porque el cuerpo de Walter Sickert fue incinerado, y no tuvo hijos. Un auténtico e intuitivo golpe maestro para los investigadores futuros, en caso de que el pintor fuera el asesino. Cornwell no cree, como la mayoría, que Jack fue necesariamente un médico: “No es preciso tiempo ni habilidad para destripar a una persona. No es necesario ser cirujano o patólogo forense para encontrar el útero, los ovarios y otros órganos internos. Además, incluso para un cirujano sería difícil operar en la oscuridad. Las lesiones que, por ejemplo, infligió al cuerpo de Catherine Eddows no requerían conocimientos de cirugía. Se limitó a cortar como un poseso”. Y al canónico número de seis crímenes, le agrega muchos más, sólo que fuera de Whitechapel: calcula que mató a quince personas más. 
De todos modos, lo mejor de Retrato de un asesino no es su solidez. Lo mejor son los impresionantes detalles acerca de la vida cotidiana en el East End. Y datos estremecedores, como el siguiente: “Las fotografías del depósito de cadáveres se tomaban con una cámara de madera grande que sólo enfocaba las imágenes de frente. Cuando la policía necesitaba plasmar la imagen de un cadáver debía ponerlo de pie o apoyarlo contra la pared, ya que era imposible girar el objetivo hacia abajo o hacia los lados. A veces se colgaba al cuerpo desnudo por la nuca de un gancho o un clavo”. Lo más importante es, sin duda, la reconstrucción de la vida de las prostitutas asesinadas, el homenaje a las víctimas, que siempre quedaron en un segundo plano, como piezas de ajedrez en el juego un tanto macabro de losexpertos: “Fue una vergüenza que algunos periódicos sugirieran que los crímenes de El Destripador eran una proclama socialista destinada a sacar a la luz los entresijos del sistema de clases y los oscuros secretos de la ciudad más grande del mundo. Sólo asesinó a prostitutas enfermas, miserables y prematuramente envejecidas. Las mató porque era fácil”.
Los sospechosos 
La teoría de Patricia Cornwell viene a sumarse a una larga lista de posibles Jack, que suma nombres cada década. Es notable, en la lista de sospechosos, el grado de prejuicio del imaginario colectivo: la orientación sexual fuera de la norma heterosexual, las prácticas de control de natalidad, los desequilibrios emocionales y el poder de la clase dominante son criterios casi excluyentes para determinar la identidad del esquivo asesino.

Teoría de la conspiración 
Es la más popular y una de las más endebles. Se cree que el príncipe Alberto, hijo del rey Eduardo VII, tuvo un casamiento secreto con una chica católica y pobre, Ann Mary Crook, que trabajaba en un negocio en Cleveland Street. Tuvieron una hija y vivían felices hasta que la reina Victoria se enteró de la indiscreción de su nieto y demandó que se pusiera fin a la situación. Alice no sólo era pobre sino católica, y se creía que un heredero al trono de esa religión podría causar una revolución, cuando no destrozar el Imperio. Quien se hizo cargo de silenciarlo todo fue Sir William Gull, el médico de la corona. En un raid a plena luz del día, el príncipe fue arrancado de su nido de amor y Ann fue llevada a un asilo para enfermos psiquiátricos, donde se cree que la lobotomizaron. La hija quedó a salvo con su nana Mary Kelly, una prostituta irlandesa muy bella, íntima amiga de Alice Crook. Ella entregó a la criatura a un convento, y se escondió en el East End. Pero pronto les contó todo a sus amigas, y ellas decidieron chantajear a la policía cuando necesitaban dinero para pagarles a sus proxenetas. Cuando el primer ministro Lord Salisbury se enteró, recurrió nuevamente a Gull. El médico elaboró un esquema complejo para silenciar a las mujeres, basado en rituales masónicos. Los crímenes serían mensajes sobre el poder y la fuerza de la masonería, y sobre el destino que les esperaba a quienes se les opusieran. Lo atractivo de la teoría de la conspiración es que es imposible probarla y, al mismo tiempo, que sea difícil de probar la convierte en creíble. La evidencia no existe porque la conspiración se encargó de destruirla. ¿No hay certificado de nacimiento del príncipe y Annie? Es porque lo destruyeron. ¿No hay evidencia de que Gull fuera masón? Lo ocultaron. Ésta es la teoría que publicó Stephen Knight en Jack The Ripper: The Final Solution (1978) y a la que adscriben la novela gráfica From Hell (Desde el infierno) de Alan Moore y la película del mismo nombre de los hermanos Hugues.

Montague John Druitt 
Fue el sospechoso número uno de la policía londinense, pero con muy poca evidencia. Experto en cricket, graduado del Winchester College, secretario y tesorero de la Blackheath Cricket, Gottball y Lawn Tennis Company en 1885, Druitt fue despedido de su puesto como maestro de escuela en Blackheath por problemas que sólo se pueden conjeturar; quizá un escándalo sexual. Su cuerpo fue descubierto en el Támesis el 31 de diciembre de 1888. Dejó una carta que decía: “Desde el viernes empecé a sentir que iba a volverme como mamá, y que lo mejor para mí era morir”. Su madre estaba recluida en un manicomio. Con su muerte, según la policía, se acabaron los crímenes. Pero, ¿por qué la sospecha? Todo se basa en un informe del inspector McNaghten en el que afirmaba que tenía casi la seguridad de que se trataría de Jack, y que lo sabía por la familia del deportista y maestro. Si el policía tenía más evidencia, no la dijo. Sólo agregaba que Druitt era hijo de un cirujano, y eso explicaría su modus operandi. El desdichado Druitt tiene una excelente coartada, no obstante: jugó varios partidos de cricket en agosto y septiembre de 1888, en Bournemouth y Dorset; ni siquiera estaba en Londres cuando asesinaron a las dos primeras víctimas.

Jill The Ripper 
Jack sería mujer y partera. Por eso podría moverse con facilidad a altas horas de la noche, mientras todo Londres buscaba a un hombre. Si había sangre en su ropa, sería sólo una consecuencia de su trabajo. Además tendría los conocimientos anatómicos necesarios. La Destripadora tiene nombre: Mary Pearcey, partera, que en 1890 apuñaló a la esposa de su amante y a su hijo; les abrió la garganta y los tiró a la calle. Fue condenada a morir en la horca ese mismo año. Sir Arthur Conan Doyle estaría de acuerdo: creía que Jack se disfrazaba de mujer para evadir a sus captores y ganarse la confianza de las mujeres.

Francis Tumblety 
Suma muchos puntos porque era estadounidense (por adopción, pero criado allí a fin de cuentas), patria de los asesinos seriales. Se trata de una de las hipótesis más sólidas, expuesta por Stewart Evans en el libro Jack The Ripper: First American Serial Killer (1993). Pasó su niñez en Nueva York y desde 1850 ejerció la medicina de forma ilegal. Fue arrestado varias veces por practicarles desastrosos abortos a prostitutas. Atravesó Estados Unidos disfrazado de militar, en un carromato blanco; cuando estalló la Guerra Civil, fue médico en el frente. Conocido misógino, los testimonios de sus conocidos afirman una y otra vez que se refería a las mujeres como “ganado”, y a los prostitutas en especial como “una plaga a ser exterminada”. Guardaba una colección de frascos con órganos humanos en conserva; la mayor parte, úteros. Tuvo que huir de su país cuando lo acusaron de participar en la conspiración para asesinar a Abraham Lincoln, un rumor que destrozó su reputación. Se fue a Inglaterra a fines de 1869. Allí comenzó a verse con Sir Henry Hall Caine, con quien habría tenido un romance. En noviembre de 1888 fue arrestado en Liverpool por asalto indecente a cuatro hombres, eufemismo por relaciones homosexuales. Siempre se lo tuvo como sospechoso de los crímenes de Whitechapel, y fue detenido por ellos, pero escapó a EE.UU. en diciembre de ese año. Lo siguieron, pero no pudieron encontrarlo. Murió en St. Louis, después de amasar una importante fortuna. Ni bien dejó Inglaterra, los crímenes en Whitechapel se detuvieron. 

Príncipe Alberto, 
duque de Clarence 

Conocido como Eddy, el hijo del rey Eduardo VII tuvo una vida corta y desdichada. Se cree que era retrasado mental; se sabe que estaba casi sordo. Quienes lo señalan como El Destripador sostienen que sólo un príncipe podría mantener tal grado de impunidad, y por supuesto la protección de la familia real. Según la sospecha, sufría de sífilis; la enfermedad en su último estadio lo habría vuelto loco, y lo llevó a cometer los crímenes. Su doctor era Sir William Gull, que después de la noche del doble crimen lo internó en un neuropsiquiátrico, pero el príncipe escapó y mató a Mary Kelly, tras lo cual fue encerrado nuevamente y murió de influenza en 1892, o bien de un “ablandamiento del cerebro” en un hospital de Sandringham, o bien fue asesinado con una sobredosis de morfina. Nunca pudo probarse que tuviera sífilis: no hay papeles que lo confirmen y las cartas del Dr. Gull fueron quemadas. Los archivos de la corona dejan sentado que Eddy ni siquiera estuvo en Londres durante los crímenes; habría pasado el verano y el otoño en Yorkshire y Escocia. Estateoría fue defendida por Frank Spiering en su libro Prince Jack. En 1978, Spiering le pidió a la reina Isabel II que dijera la verdad sobre Eddy, que abriera los archivos reales o se manifestara de alguna manera sobre el príncipe destripador. La soberana aún guarda silencio.





Drácula no debe volver de la tumba

Written by John Doe on lunes, 9 de enero de 2012 at 3:26 p.m.

Artículo de Mario Pérez Colman (revista El Mundo)
Bucarest. El domin­go último eligieron gobierno los rumanos y por ser día de votación han de haber resultado más inha­llables que nunca el vodka Drácula; el vino Vampiro, de subido color escarlata, y la palinca Vlad, bebida tradicional hecha por destilación de frutas fermentadas, que alcanza los 80º de graduación alcohólica. ¡El primer trago es como una tarascada en la garganta!
Cualquier otro día el forastero buscará inútilmente esas bebidas por los almacenes de Bucarest. Pero más tarde descubrirá, inesperadamente, que todas se venden en los free shops de Ostopeni, el aeropuerto internacional. No podrá hacer la compra quien pretenda pagar en dólares con un billete dañado, aunque fuere mínimamente en un borde. Será un mal trago partir sin poder llevarse unos licores tan pintorescos. Pero ni siquiera los hoteles internacionales, que son una novedad social e ideológica en un país que fue comunista, aceptan dólares más o menos averiados.
Cabe suponer que fue minuciosamente revisado el billete de un dólar que pagó cierto inversor extranjero por una fábrica estatal de maquinaria pesada, cuando empezaron hace 10 años las privatizaciones en la Rumania poscomunista. El comprador -que luego hizo negocio vendiendo a terceros el activo físico de su adquisición- había ofertado saldar la formidable deuda deficitaria de la empresa y pagar por añadidura aquel dólar. ¡Uno solo! En la emergencia, el gobierno aceptó. Ha de haber sido irresistible la tentación de examinar a fondo, ostensiblemente, aquel irrisorio y simbólico billete para exacerbar hasta el delirio la veta surrealista de la compraventa.
En su determinación de hacer de Rumania un país industrializado donde la ocupación fuese plena, el dictador comunista Nicolás Ceaucescu había instalado fábricas concebidas como pequeñas ciudades, cuyas dotaciones fácilmente se componían de 15.000 personas. Pero, al cabo, la tecnología se volvió obsoleta y la variada producción industrial fue perdiendo mercados externos. Hasta la refinación de petróleo proveniente de terceros países se enfrentó con serios problemas como consecuencia de la política mundial de Rusia. El pleno empleo rumano comenzó entonces a sostenerse a costa de un déficit progresivo de las empresas estatales.
Derrocado el comunismo, la economía liberal que sucedió a la economía dirigista fue sentando sus reales, pero quizá con demasiada lentitud en procura de que el proceso de transformación causara el menor perjuicio posible al pueblo rumano. Consecuentemente, la etapa de las privatizaciones llegó demorada y los grandes déficit acumulados hasta entonces determinaron ventas a precios irrisorios, como aquél de un dólar.
Volviendo sobre el pequeño drama aeroportuario de la compra frustrada de bebidas, éste acontece, como es natural, a la salida de Rumania, cuando el final feliz de una discusión por la validez de un billete es improbable.
Raro sería que a la entrada el forastero que visita el país por primera vez estuviera al tanto del horror local a los dólares polutos y supiese, además, de la existencia de aquellas bebidas que constituyen casi todo el escaso merchandising nacional del rumano más popular del orbe: Drácula o Vlad Drácula III o Vlad Tepes o Vlad el Empalador, como se quiera llamarlo.
Vulgarmente, el resto del mundo identifica a ese personaje histórico del siglo XV con el vampiro de la novela de Bram Stoker, el conde de ojos enramados, atractivo villano de numerosas películas, siempre sediento de sangre -en especial si mana de la yugular de una mujer bonita- y siempre macilento a causa de sus calavereadas de criatura nocturna, de moroi (muerto vivo) al que únicamente se puede matar con cualquiera de media docena de artimañas. La menos conocida consiste en aprovecharse de su compulsiva afición a las semillas de amapola, arrojándolas de a puñados a su paso para que la luz mortífera del día lo sorprenda empeñado en recogerlas y comérselas. El más célebre de los trucos para despachar a un moroi es el de la estaca de pino o de fresno, que debe ser clavada en su helado corazón de monstruo.
"Patrañas", dice un rumano, y agrega: "Vlad era quien clavaba estacas y no precisamente en el corazón". En efecto, Tepes, palabra que se pronuncia Chepesh y significa empalador, es el apodo más vulgar del Drácula histórico. Drácula es también un apelativo. Significa "hijo de Dracul". Y Dracul, que antaño significaba dragón y más tarde designó al diablo quizá por la relación iconográfica entre el diablo y el dragón, era, a la vez, un título honorífico.
El padre del Drácula histórico, Vlad Dracul -príncipe que murió apaleado como consecuencia de una conspiración boyarda- pertenecía a la orden del Dragón (Dracul), dedicada a combatir a los turcos otomanos. Su hijo, en quien está inspirado el vampiro de Stoker, heredó el título y el compromiso de la orden.
Pero el título de Drácula ya no correspondió a los hijos del controvertido héroe nacional rumano. Uno de ellos, también llamado Vlad como su padre y su abuelo, fue apodado Tepelus, diminutivo del Tepes paterno; es decir, se lo conoció como Vlad el Empaladorcito. La historia no aclara si el diminutivo obedecía al hecho de que el hijo empalaba menos que el padre -el Drácula histórico empaló a decenas de miles de sus enemigos- o sencillamente a su condición de astilla de aquel terrible palo, lo cual parece más plausible.
Si bien las atrocidades del Drácula verdadero eran moneda corriente en la justicia del siglo XV, la discrecionalidad y la prodigalidad con que él las perpetró lo situaron a la cabeza de los hombres crueles de su época. No solo mandó empalar; en ocasiones ordenó hervir a sus enemigos y mutilar a las mujeres que avivaban su sensible cólera.
El terror ha de haber sido la herramienta que el Drácula histórico encontró más idónea -y afín con sus inclinaciones- para implantar desde Valaquia, su principado, una autoridad nacional centralizada como la que ejercían los sultanes, sus enemigos naturales en la guerra librada por el Occidente cristiano contra el Oriente musulmán. Ese centralismo le daba al Reino Otomano una apreciable ventaja operativa sobre las potencias cristianas, organizadas con menos éxito sobre la base del feudalismo y del vasallaje.
El Drácula histórico había entendido bien cuál era entonces el talón de Aquiles de Occidente, y pretendía corregir esa debilidad en un país que, bajo su mando, fue a veces una frontera ambigua entre el cristianismo y el islamismo, pero, esencialmente y a fin de cuentas, la punta de lanza que Occidente oponía al avance musulmán. Los rumanos de hoy sugieren que podrían volver a cumplir ese mismo servicio.
Mucho mortifica a los rumanos que afuera se tome al Drácula histórico por un vampiro. Algunos ven que esa identificación peca de liviandad tanto como la que afectaba a toda la nación cuando su comunismo era tenido por el más crudo de Europa. Empeñados en poner las cosas que atañen al Drácula histórico y al comunismo rumano en los términos que consideran verdaderos, señalan que ese Drácula no era un "chupasangre de opereta romántica", sino un voivoda (señor de la guerra) y un patriota nacionalista. Y por otro lado, argumentan que si Ceaucescu fue el cruel autócrata que tuvo bien merecido el paredón en Navidad (la de 1989), también supo ser un comunista amigo de Occidente. ¿Acaso no declaró en 1966 que el futuro de su país estaría determinado por el interés nacional y por una total independencia? ¿No honró en numerosas ocasiones lo declarado? ¿No se opuso a la invasión de Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia? ¿No mandó ejecutar al general Ion Serb por pasar información militar rumana a Rusia? ¿No consiguió que Estados Unidos le diese a Rumania el status de nación más favorecida en el intercambio comercial? ¿No criticó duramente la intervención soviética en Afganistán? ¿No fue condecorado por Isabel II de Inglaterra...?
Ceaucescu se encargó, además, de enjugar las sanguinolentas manos del Drácula histórico en 1978, durante una charla con periodistas norteamericanos en Washington. Describió al Empalador como "fiero guerrero de la libertad, y dirigente bueno y tolerante con su pueblo". ¡Demasiado maquillaje!
Ese mismo año, Ceaucescu cumplió 60 y fue comparado con el Drácula histórico en algunos discursos encomiásticos. Tales comparaciones bien podían considerarse peligrosamente zalameras.
En esos años, también el periodismo -al que ahora se le critica sotto voce no tener una deontología para el uso de su novedosa libertad- cantó loas al Empalador. Pero ya derrumbados a tiros el tirano y su régimen comunista, los rumanos arrumbaron la figura histórica de Drácula. No obstante, la levantan y agitan si acaso precisan oponerla a la otra, a la literaria del besador hematófago imaginado por el irlandés Stoker.
La curiosidad de los extranjeros por el Drácula de la ficción se les antoja a los rumanos algo así como un intento banal de abrir el féretro de un vampiro para echarle un vistazo... a Rumania. Les resulta difícil digerir el hecho de que la figura de la ficción novelesca y cinematográfica sea vulgarmente considerada lo más interesante de un país que ha dado al mundo al dramaturgo Eugene Ionesco, al filósofo de las religiones Mircea Elíade, al renovador de la escultórica moderna Constantin Brancusi, al poeta nacional Mijail Eminescu, a Nadia Comaneci, ya en el terreno de las proezas físicas, y aun a la moldava María Cantacucena -después Madame Puvis de Chavannes-, cuyo bello rostro inspiró el de la imagen de la Protectora de París, Santa Genoveva, si es verdad lo que afirma en uno de sus libros otra rumana célebre, la princesa Bibesco.
Frustra a los rumanos que el brillo de tales nombres resulte opacado por la fama mundial y popular de un mítico vampiro. Las abominaciones del Drácula novelesco serían percibidas por ellos como una especie de embarazosa alegoría de la Rumania roja de Ceaucescu, de inoportuna memoria cuando quieren verse aceptados por la Comunidad Europea, conquista que prevén para 2007. En ese empeño intentan arrojar una última y definitiva palada a la fosa donde han puesto su pasado nazi y su pasado comunista.
De su experiencia comunista, a menudo dicen los rumanos que, "a fin de cuentas, nos fue impuesta por la ocupación rusa" como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De su pasado nazi, arranca un episodio histórico que se diría marcado por la estirpe draculiana.
A poco de ser distinguido con la Orden del Dragón por Segismundo, emperador del Sacro Imperio Romano, Vlad Dracul, príncipe de Valaquia, duque de Transilvania, de Almas y de Fagaras, y padre del Empalador que cautivó la imaginación de Bram Stoker, perpetró su primera bellaquería política: firmó una alianza con el sultán Murad II, que a la sazón había aplastado a serbios y a búlgaros, calculaba un golpe definitivo contra los griegos y parecía hallarse a un paso de roer el hueso representado por los húngaros. Dracul no quiso estar con los vencidos y dio una oportuna prueba de simpatía a los otomanos, tomando prisionero a un regente de Hungría, Juan Hunyadi, cuando éste pretendía hallar refugio junto a él para escapar de las huestes del sultán que acababan de vencerlo en la batalla de Warna. Su hijo, el Drácula histórico, nacido hacia 1431 en Sighisoara, ciudad transilvana fortificada donde se conserva su casa natal, habría de ser a su turno prisionero del rey húngaro Matías Corvino -hijo de Hunyadi- durante la friolera de 12 años, a causa de haber conspirado en perjuicio de Hungría con el sultán Mehmed II y también, probablemente, por haber actuado contra el monopolio comercial de los influyentes sajones de Transilvania, una región que estuvo 1000 años en poder de Hungría hasta que los rumanos -quienes la consideran ancestralmente propia- consiguieron por fin obtenerla tras la Primera Guerra Mundial.
El Drácula histórico cambió de bando en repetidas ocasiones, según necesitara resistir las presiones húngaras con ayuda de los turcos o las presiones turcas con ayuda de los húngaros, unas y otras demasiado fuertes para que su país las soportara sin necesidad de saltar alternativamente de una lealtad geopolítica a otra. Bandazos como aquellos protagonizados por el Drácula histórico y su padre, también los ha habido en el presente siglo. Rumania se alineó con la Alemania de Hitler en contra de los aliados y, poco más tarde, aunque tal vez con afinidad aun menos auténtica, combatió a los alemanes nazis codo a codo con los comunistas rusos.
El Drácula histórico no sólo cambió de bando en más de una oportunidad (a veces por razones de Estado y otras por cuestiones más bien venales), sino que también cometió apostasía. Nació en la fe cristiana ortodoxa -la fe de Rumania-, se convirtió al islamismo durante una larga estada bajo la férula de Murad II, de quien fue rehén para garantizar la fidelidad de su padre a los otomanos y, ¡qué remedio!, también se vio en la necesidad política de abrazar la fe católica en el acto de abrazar conyugalmente a una hermana de Matías Corvino, el mismo rey húngaro que lo mantuvo largamente preso. Esa unión matrimonial, que no fue la única legal entre algunas otras ilegales, le significó recobrar el trono principesco de Valaquia, circunstancialmente perdido en una de las tantas vueltas y revueltas de su vida.
El Drácula histórico tampoco se limitó a blandir la espada contra húngaros, alemanes y turcos. Cuando su poder fue disputado por los boyardos valacos, no se privó de arrojarse junto con los turcos sobre sus propios compatriotas, doblegándolos a sangre y fuego, y tomando a saco sus bienes. En ocasiones como ésa, a su orden se formaban bosques de estacas donde ululaban los empalados, en tanto los incendios coloreaban apropiadamente el espectáculo.
En resumidas cuentas, aquel Drácula no les resulta a los rumanos mucho más presentable que el Drácula novelesco, y dan la impresión de preferir un discreto olvido para los dos. Dígaseles que el Drácula héroe de su historia nacional, campeón de la cristiandad en la lucha contra el turco otomano, merecería siquiera un retrato en cualquiera de los billetes del leu, la moneda del país. Contestarán que otros personajes históricos, mucho más importantes que el Empalador, no lo tienen tampoco.
Al pie del castillo Bran, que responde aproximadamente a la descripción que Bram Stoker hace de la morada del vampiro y donde el Drácula auténtico fue alguna vez huésped del regente Juan Hunyadi, se venden variadas artesanías rumanas, y, entre éstas, muñecos y tallas que representan al Empalador. Son objetos grotescos y cómicos, razón por la cual es posible suponer que hay en su hechura un toque despectivo.
De todos modos, no es mucho lo que pueden hacer los rumanos a fin de abrogar la representación nacional con que se inviste inopinadamente el vampiro de Stoker. Como si la criatura literaria hubiese terminado por tomar posesión de la figura histórica, el país lleva, quiera que no, una pátina de su misterio novelesco. Se advierte en el aura enigmática de los gitanos -servidores de Drácula en la novela- que recorren Rumania en astrosos carromatos cuya forma sugiere la de un tosco ataúd . También se nota en los bosques umbríos donde abundan el sanguinario oso pardo y los grandes murciélagos que los campesinos temen porque su mordida puede contagiar la rabia. Y hay bastante de esa misma pátina en la llamativa belleza de las mujeres rumanas, mórbidas al estilo de las actrices que acompañan en su entretenida bóveda a Christopher Lee, el Drácula de las terroríficas películas del sello Hammer. Las rumanas tienen, en efecto, aire de vampiresas, pero las adorna, por añadidura, el simpático atractivo de no estar vampirizadas.
"Las francesas -filosofa de sobremesa un rumano que admira los frutos de Francia como todos los rumanos- no son nada del otro mundo, pero saben vestirse tan bien que consiguen verse encantadoras. ¡Si las nuestras pudieran arreglarse así...!" La pátina de misterio se extiende aun más. Por las noches, la elegante y romántica Bucarest aúlla a la luna llena con la voz de medio millón de perros cimarrones, sombra de los lobos que el Drácula novelesco domina a su antojo y a los cuales el Drácula histórico se parece por temperamento. Son flacos canes sin amo, que vagan en absoluta libertad por calles y paseos, y suelen seguir silenciosamente a los caminantes. Parecen ofrecerles su compañía, pedirles la adopción; pero a veces han mordido, y, en alguna ocasión, matado. "Ande con un paraguas o un palo en la mano, y no se le acercarán", aconsejan los bucarestinos al forastero. También le recomiendan dar "una voz fuerte, enérgica, un grito de amenaza", expediente que los repelería.
La gente ampara de toda acción violenta a esos perros vagabundos y puede verse que se apiada de ellos cuanto puede: uno de sólo tres patas duerme -en horario de vampiro- bajo el último sol de la tarde; la cuarta extremidad le ha sido amputada limpiamente, a la altura del codo, sin duda por alguien con pericia quirúrgica. No hay explicación del todo satisfactoria acerca del origen de la perrada de Bucarest, pero una, parcial aunque insoslayable, sería el empobrecimiento general operado a partir de la caída del tiránico régimen de Ceaucescu, que llevó a la gente del común a desprenderse de sus perros porque significaban otra boca que alimentar. La mayoría de los rumanos gana algo menos que el equivalente a 100 dólares mensuales. Con esa cantidad no se puede hacer gran cosa en un medio donde el desempleo es del 12 por ciento y la inflación, el año último, del 54,8 por ciento.
Durante el comunismo hubo sueldos para todo el mundo, aunque la contraprestación fuera de dudosa utilidad. Si bien distaban de ser espléndidos, aquéllos eran sueldos seguros y se sumaban varios en cada familia. En la actualidad se observa un remedo bastante misterioso de la pasada situación de pleno empleo donde cobraban todos, no sólo el que trabajaba, sino también el que holgaba en su trabajo porque era un supernumerario. En efecto, es normal que si se llama al pintor, al plomero, al gasista, el convocado llegue en compañía de media docena de personas dedicadas a deambular por la casa sin propósito evidente, mientras que el patrón del oficio es el único de la troupe que hace el trabajo.
En ciertas estructuras gubernamentales, cuyo tamaño estaba justificado en la época comunista, se ha preferido sostener el nivel de empleo a ultranza. Uno de esos casos es el de los servicios de inteligencia, un resorte del Estado que parece haber sufrido un incalculable perjuicio estructural.
Cuando se desmoronó el régimen de Ceaucescu, la infiltración desde terceros países por las fronteras rumanas, entonces repentinamente expeditas, habría sido tan fácil como enorme el consecuente daño a la seguridad nacional: quienes aprovecharon aquellas circunstancias para penetrar en Rumania, no salieron de allí sin antes haber armado prolijamente sus nidos de espías.
La resistencia de Ceaucescu a la perestroika y al glasnost, cuya práctica le reclamó inútilmente Gorbachov, resultó fatídica. Hoy, puestos a la tarea de integrarse con Occidente, con méritos que incluyen la triplicación de las reservas en divisas del Banco Central y la disminución de la deuda externa -deben sólo 8000 millones de dólares-, llevándola a un 24 por ciento del PBI, los rumanos protestan que no tienen nada que ocultar a los ojos del mundo democrático. Algunos aseguran que, de cualquier manera, serían imposibles los ocultamientos debido al colapso del contraespionaje.
Se estima que el Drácula histórico también tuvo a su servicio una maquinaria de espionaje bien aceitada que, al fallarle una sola vez, le causó un daño definitivo. A manos del sultán Mehmed II -artífice militar de la caída de Constantinopla-, llegó en 1477 la cabeza del desinformado Empalador, precariamente conservada en miel dentro de una botija. Durante una batalla contra los turcos librada ese año, el Drácula histórico habría sido asesinado a traición por sicarios de los boyardos valacos.
Aquél y éstos se adeudaron mútuamente numerosas cuentas. Pero las del voivoda fueron mucho más abultadas: para vengar el fatal apaleamiento de su padre y la muerte por enterramiento de su hermano favorito, Mircea, había empalado o condenado a morir cumpliendo trabajos forzados a cuanto boyardo quiso inculpar. Aquellos a los que hizo sus esclavos, murieron en la empresa de construir para él un castillo en Transilvania, sobre la orilla más escarpada del río Arges, empleando en la obra los restos de otro castillo, el de Poenari, levantado a su turno sobre las ruinas de la antigua fortaleza de Decidava.< Del castillo de Drácula nada queda, excepto esas referencias que pueden serle de utilidad a un viajero. Y en cuanto a los restos del castellano -es decir, lo que restó de Drácula sin cabeza-, fueron sepultados en la iglesia del convento insular de Snagov, bajo un piso de losas sobre el cual pasan los monjes infinidad de veces al día. Existe la creencia de que el ir y venir de hombres santos sobre una sepultura consigue finalmente desembarazar de sus faltas, por espantosas que fueren, al pecador sepultado. "El Empalador no será perdonado hasta que las sandalias de los monjes hayan convertido en polvo las losas de la tumba", opina un rumano, igual que otros muchos de este siglo. "Pero Alá es misericordioso", dirían, acaso, los turcos otomanos del siglo XV, que tuvieron, en ocasiones, al Empalador por aliado. Y los cristianos de esa misma época, aun con mayor razón que los musulmanes, harían también otra protesta de esperanza en la infinita misericordia divina, porque, en definitiva, ellos contaban a Drácula entre sus campeones de la fe.






Suck (2009)

Written by John Doe on at 2:57 p.m.

Hoy vi esta película canadiense que algunos ya denominan de culto (yo no voy tan lejos). La verdad es que  estoy cansado de tantas películas de vampiros que cuentan más o menos lo mismo. ¿Por qué la vi entonces? Por Jessica Paré, una de las protagonistas. Me encantó la actriz - desconocida para mí hasta ese momento - como la futura esposa de Don Draper en Mad Men y me interesó verla en otro papel.
La trama es muy simple (nada nuevo por ahí), demasiado enfocada en el protagonista/director y guionista de la película que además compuso las peores canciones del film y ¡encima las canta! (supongo que se cree  Woody Allen). Una banda de poca monta trata de sobrevivir tocando en bares (me trajo a la memoria las veces que fui a escuchar bandas de amigos a impenetrables sucuchos porteños). El encuentro con un vampiro y la conversión de la cantante (Jessica Paré) cambian todas las cosas... empezando con que la banda se vuelve exitosa.
Lo malo: cierta falta de dinamismo en el guión, los lentes de contacto truchísimos que tienen los vampiros, algunas canciones del grupo y una escena de montaje que parece haber sido hecha por un montajista manco. Las citas a Bram Stoker's Dracula (de Coppola) no quedan bien. Hay homenajes que es mejor no hacer.
Lo bueno: El resto de la música.
- los chistes: el "hip hop japonés", la pajita en el cuello para beber la sangre, la sugerencia "¡prueba a la groupie!" (cuando los vampiros están sorbiéndole la sangre a una fan), el manager, Hugo-Renfield, el coche fúnebre...

"VAMPIRES EAT JONAS BROTHERS!"
- La incorporación de músicos famosos en papeles secundarios:
   Alice Cooper como un diabólico barman.
   Iggy Pop (The Stooges) como contrapunto del anterior.
   Henry Rollins (Black Flag) como el conductor de radio.
   Dimitri Coats (Burning Brides), el vampiro Queeny (en alusión a la "reina" de los condenados)
   Moby (compositor) como un músico que terminará descuartizado.
- Malcolm McDowell, el Van Helsing de la ocasión. Lo mejor es que realizaron un flashback editando imágenes de una vieja película suya (O Lucky Man! de 1973). No aporta mucho a la trama pero está muy bien hecho.

"Suck" es una buena película para pasar el rato, especialmente en días de calor como hoy. La pueden descargar de otra entrada mía: aquí

You raised a vampire

Written by John Doe on at 11:41 a.m.

"The Moog" es una banda húngara de indie rock.




Oh, I've got to be strong
I've got to be tough
To stand the arrows of your pride
And the fears that you hide
I am the loneliest when you are around
But I need to survive
I need to survive
So I choose the lies
So/And you can't see my love wrapped in shame
So you can't see that you are to blame
You Raised A Vampire!

Wish this dawn was just mine
The sun couldn't find and stab her oh so quietly
Soon blind soldiers will come
And run through me
In the name of life and fury
But I need to survive
I need to survive
So I choose the nights
Where all the doubtful souls dance for me
Where I'm the leader in this bodeful spree

You Raised A Vampire!

Por la ruta de Drácula

Written by John Doe on domingo, 8 de enero de 2012 at 4:02 p.m.

Por Laura García (Clarín, 5-3-00)
En este mundo no debe existir nadie más conocedor de los avatares de un viaje que aquel joven abogado inglés que en 1897 partió desde su Londres previsible y segura hacia la enigmática Transilvania. Su destino era el Paso de Borgo y, más allá, el castillo de un conde solitario. Jonathan Harker se llamaba el viajero y, hasta ese momento, no era más que un personaje ideado por el escritor irlandés Bram Stoker para su novela Drácula.
Aquella travesía y el encuentro de Harker con el vampiro dieron comienzo a uno de los grandes mitos contemporáneos. Dracula trascendió las páginas de la novela y ganó su lugar en el cine, en teatro y en nuevas versiones literarias. Luego ocurrió lo inevitable: el público quiso conocer el castillo del conde y muchos se lanzaron a buscarlo siguiendo la hoja de ruta que Stoker había trazado en su novela. Para mayor precisión, algunos emularon al propio escritor, que se había documentado en la biblioteca del Museo Británico antes de darle forma a su criatura y sin jamás haber pisado Transilvania, esa región maravillosa de Rumania enmarcada por los montes Cárpatos cuyo mágico paisaje es de por sí un must del viajero curioso.
A partir de lo años 60 cuando Rumania se abrió al turismo internacional, empezaron nuevas búsquedas. Para ese momento, Drácula ya era un nombre legendario en el mundo occidental, pero los rumanos seguían sin conocer la historia del vampiro que bebía la sangre de sus víctimas, a las que atraía con un poder hipnótico que combinaba erotismo y espanto. Sólo un pequeño grupo de guías de turismo e investigadores del folclore conocían esa versión de la historia, ya que la novela fue traducida al rumano recién en 1992.

¿Un héroe nacional?
“En Rumania crecimos viéndolo como ejemplo de orden y disciplina. Fue un héroe nacional, porque repelió las invasiones turcas”, dice Gabriela Muresan, una profesora nacida en Transilvania que vive en la Argentina desde 1990 y ahora está a cargo de los cursos de idioma rumano en la Universidad de Buenos Aires.
Vampiro y héroe nacional. ¿En qué quedamos? Ocurre que Bram Stoker basó su novela en un personaje real de la historia rumana. Inspirado en otra de vampiros -Carmilla, del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu-, originariamente ubicó su historia en Estiria, Austria, y pensó titular su libro The Undead (Los no muertos). El nombre del conde era, simplemente, Wampyr. Pero luego se enteró de la existencia de los llamados panfletos negros, escritos por mercaderes transilvanos que narraban las atrocidades cometidas por el príncipe de Valaquia Vlad Dracula, que había vivido entre 1431 y 1476. Como la descripción del personaje -también llamado Vlad Tepes, el Empalador, debido al tormento que aplicaba a sus víctimas- se ajustaba al personaje que tenía en mente, decidió conferirle inmortalidad para traerlo de nuevo a la vida. Y así la pura invención literaria se mezcló con la historia de un país que hasta entonces nada sabía de vampiros.
A pesar de los propios rumanos - muchos de los cuales se ofenden por la deformación que sufrió la figura de su prócer-, el imaginario occidental concibió a Transilvania como un mundo irreal, demoníaco, acechado por dragones y murciélagos. Pero lejos de generar temor, el cruce de ficción y realidad se tornó irresisible para los turistas. Pero muchos de les que se acercan con el solo propósito de seguir las huellas de Drácula descubren finalmente que la provincia es bellísima, tan atractiva en sí misma que no requiere la excusa de una fábula para ser disfrutada.
En las.últimas décadas, los rumanos la consideraron una región de avanzada, receptora de los aires del "oeste” que soplaban desde Austria y llegaban a través de Hungría. Más allá del punto de vista local, Transilvania es la región más romántica y pintoresca de Rumania. Su propio nombre -deriva del latín y significa “más allá del bosque”- sugiere paisajes de picos montañosos, valles arbolados y arroyos. Rodeada por el gran arco que forman los Cárpatos, tiene parques nacionales, áreas protegidas, glaciares, iglesias de madera, aldeas aisladas y una excelente producción artesanal de vinos. Es decir, un producto concreto y excelente para el turismo.
Sin embargo, los visitantes siguen obsesionados con el castillo habitado por el hombre alto de tez amarillenta, bigote blanco y dientes filosos. Todo por obra de Stoker. Y allá van a la caza de emociones fuertes y de encuentros con el mismísimo diablo. Una vez allí, el mito cede ante la realidad y algunos se decepcionan. No es para menos: una cosa es conocer los lugares asociados con Vlad Tepes, el personaje real, y otra muy distinta es pretender toparse con Nosferatu en persona.

A comer con Drácula
Todos los circuitos sobre Drácula empiezan en la antigua corte de Bucarest, la capital rumana, donde se conservan ruinas del palacio que funcionó en el siglo XV durante el dominio de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia. Pero lo mejor del viaje empieza al atravesar las llanuras del Danubio en dirección a los Cárpatos.
La primera escala es el castillo de Bran, conocido como el ‘falso castillo de Drácula'- cuyo único propósito -según los guías- es distraer a los turistas para que no lleguen a los genuinos donamos del Conde. Igual vale pena conocer esta fortaleza construida en 1378, aunque no esté relacionada con el personaje de la novela ni con Vlad Tepes. Al menos tiene su valor histórico: en la década del 20 fue transformada en residencia de verano de la familia real rumana y recién fue abierta al público en la era comunista. Es, además, la imagen típica en las postales de Transilvania.

Se sigue luego a Brasov y a Sighisoara, dos ciudades medievales perfectamente conservadas en medio de un paisaje de montaña. Sighisoara es uno de los puntos más bellos de Rumania, ya que conserva intactas once torres de sus murallas originales, calles empedradas, casas burguesas del siglo XVI, una iglesia gótica de 1345 -la Bergkirche- y hasta un reloj de 1648 que todavía marca la hora.
Para los seguidores de Drácula es una escala fundamental, porque en la parte alta de la ciudad está la casa donde en 1431 nació Vlad Tepes, hoy convertida en restaurante.
Otros puntos del circuito son el monasterio de Snagov -donde la leyenda ubica la tumba de Vlad Tepes- y Targoviste, la antigua capital de Valaquia, donde una estatua recuerda que Drácula vivió aquí. En realidad, los tours son una buena guía para conocer este rincón del antiguo imperio austrohúngaro que, a diferencia de Viena, Praga y Budapest, todavía no recibe un turismo masivo.
Pero no hay sólo influencias austríacas en Rumania. De las antiguas, la más duradera es la de los romanos: de ellos los rumanos heredaron su idioma, que deriva del latín. Después, siguieron mil años de invasiones esporádicas y de agresión turca, que fue resistida por nobles como Vlad Tepes. Hoy en cambio, los rasgos más visibles son los que dejaron más de cuatro décadas de comunismo, que culminó con la revolución de 1989 y la muerte del dictador Ceaucescu.

Cazadores de vampiros
Un legado de lo más diverso, pero de vampiros, ni rastros. “La historia del vampirismo no es nuestra, pero si la gente quiere ir a buscar eso a Transilvania no la rechazamos”, advierte el consejero de la Embajada rumana en Buenos Aires, Ion  Mirica. Es que Rumania no se agota en Drácula. Los pilares del turismo -que además tiene la ventaja de ser accesible al bolsillo- son los Cárpatos, el delta del Danubio, las playas del mar Negro y Bucarest. El castillo tan buscado es sólo uno entre cientos de fortalezas impactantes y monasterios repletos de tesoros artísticos, como el de Bucovina, del siglo XVI.
Para calmar la ansiedad de los que sólo van tras los pasos del rey de las tinieblas, los operadores de turismo ofrecen algunas actividades relacionadas con él o que, al menos, remiten a la novela. Por ejemplo, la escala en el hotel Corona de Oro, en Bistritz, donde Jonathan Harker paró por  recomendación del propio conde en su camino al castillo. Ahí, desde ya, el menú que más sale es el mismo que probó el abogado: trozos de carne, con una guarnición de panceta, cebollas y paprika. Desde el hotel de Bistritz empieza el tramo decisivo del circuito, el mismo que emprendió Harker en dirección al Paso de Borgo para llegar al castillo de Drácula. En el camino, donde hay tan pocas casas que cada una tiene su propio cementerio, conviene recordar lo que el abogado anotó en su diario, al comienzo de la novela: “En ningún atlas pude hallar la menor indicación sobre el lugar donde se alzaba el castillo del conde Drácula, porque lo cierto es que tampoco existía un mapa detallado de aquella zona”. Harker finalmente encontró el lugar, pero los turistas se quedarán con las ganas. Al menos, la vista del paso de montaña es inolvidable. Por lo demás, habrá que apelar a la fantasía, porque la verdadera fortaleza de Tepes, hoy en ruinas, está en otra parte.
“Todo lo que podemos imaginar existe.” La frase podría proceder de un diálogo platónico, pero es en realidad el lema de la Sociedad Transilvana de Drácula, una entidad creada en 1991 con el fin de guiar a los que buscan el castillo. De acuerdo con el ente, el folclore de los rumanos no contiene vampiros y su rol lo cumplen los strigoi, fantasmas que sólo atacan a los que quiebran las leyes de una comunidad.
Pero tanto la Sociedad como el gobierno saben bien que el mito ahora genera negocios. Aunque los rumanos reivindiquen a su héroe nacional en desmedro del vampiro, no ignoran que los turistas pagan hoteles, excursiones y comidas, y compran cristalería transilvana, joyas, relojes, vinos e indumentaria con la “D” del dragón.
Sí, la imaginación todo lo puede. Pero si se la ayuda con hechos, mejor. Aunque en pocos lugares del mundo los inviernos son tan crudos como en Transilvania, para evocar al Conde habrá que tomar valor y hacer en esos meses el recorrido que Stoker trazó para su abogado inglés. Los árboles desnudos y la bruma que cubre los valles serán propicios para ponerse a tono con la historia. Luego, a falta de castillo, habrá que elegir una posada en un paraje bien agreste, porque es allí y no en la ciudad donde a los lobos les gusta aullar.
Una vez cruzado el umbral de las tinieblas invernales de los Cárpatos, sólo queda esperar una noche de luna llena. Rumania pone el paisaje. Los ajos detrás de la puerta y el crucifijo de madera corren por cuenta de uno.



TIPS
Cuándo viajar. Los mejores meses para visitar Transilvania son los de la primavera y el verano (marzo a setiembre). Hay que tener en cuenta que en los Cárpatos la temperatura media anual es de 2 grados C.
Dónde alojarse. Hay alojamiento de distintas categorías, pero los de mayor nivel se concentran en Bucarest. Salvo que se viaje con espíritu aventurero, conviene hacer reservas antes de llegar y averiguar las comodidades que ofrece el lugar.
Circuitos. La Sociedad Drácula organiza un tour que incluye seis pruebas de caballería. A quienes las pasan se les otorga la Orden de los Caballeros Transilvanos. Y si tiene suerte quizá hasta le ofrezcan el cargo de embajador de la entidad en la Argentina. 
Idioma. El Idioma oficial es el rumano, que deriva del latín. También se habla alemán, inglés y francés.
Documentación. La visa de turismo, que permite una estadía máxima de 60 días, se tramita en la Embajada de Rumania.
Dónde informarse. En Internet hay centenares de sitios dedicados al conde Drácula y a Transilvania. Sociedad Drácula, 47 -Primaverii blvd., teléfono (401) 231-4022, fax (401) 679-5742, e-mail cdt@art.ro. En Buenos Aires, Embajada de Rumania, Arroyo 962/970, teléfono 4326 5888, fax 4322


Monasterio donde está enterrado Drácula
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La creación de Drácula (3 parte)

Written by John Doe on at 12:05 p.m.

Ultima parte del artículo de Bill Warren.
«El período de finales de siglo es el amanecer de la tecnología. Es la época en que se inventaron el telégrafo, el cine, el dictáfono, y otros muchos aparatos, y pensé que sería interesante rodar la película al estilo de finales de siglo -dice el director-. Mi hijo Román siempre ha sido un gran fan de la magia, y cuando empecé a trabajar con él descubrimos que al comienzo el cine era una especio de juguete mágico porque se consideraba parte de la industria de la ilusión.
»En ciertas escenas llegamos a usar la vieja cámara Pathé accionada a mano. Intentamos resolver todos los efectos especiales tal y como se habrían hecho en aquella época desde las dobles exposiciones hasta los espejos pasando por toda la gama de efectos ingenuos, y ni tan siquiera se nos ocurrió adentrarnos en el campo de los modernos efectos especiales generados mediante ordenador.»
Alison Savitch, el supervisor de efectos especiales, pasó de la alta tecnología de Terminator 2: Judgment Day a Bram Stoker' s Dracula y dio el salto de los métodos más modernos de efectos especiales a los «efectos ingenuos» deseados por Coppola.
«Empecé a colaborar en el proyecto cinco semanas antes de. que finalizara el rodaje - explica Savitch-, Francis adoptó el enfoque de emplear lodos los viejos efectos especiales que pudieran sernos útiles, y esos maravillosos efectos especiales ingenuos no son nada caros: espejos, colocar la cámara detrás de teloneras [cortinas de muselina muy delgada sobre las que se proyectan imágenes] en las que hay anotaciones de diarios... ese tipo de cosas. Quería sacarles el máximo provecho posible, no tal y como se habría hecho en una producción de bajo presupuesto sino utilizando la información que poseemos hoy para mejorar los efectos especiales más ingenuos.»
Coppola no considera que la película necesite efectos especiales excesivamente espectaculares o impresionantes.
«Las películas son una ilusión —dice—. Si la historia funciona y si el público entra en ella, quizá acabe dándose cuenta de que los efectos especiales de esta película son distintos a los de otras. En el fondo, todo se reduce a que la historia  funcione, todo se convierte en un plus añadido, incluyendo los efectos especiales.  Obviamente sigo creyendo que cuando van al cine los espectadores quieren ver algo nuevo, y espero no equivocarme.»
La novela de Stoker está escrita en lo que se conoce como «estilo epistolar» y toda la acción es narrada mediante entradas en diarios, periódicos, cartas, artículos y otras fuentes similares. Eso no sólo dificultó el que Hart la adaptara, sino que presentaba un auténtico desafío a Coppola. Salvo en unas breves secuencias del Dracula de la Hammer esas cartas, diarios, etc, jamás habían aparecido en ninguna película basada en la novela de Stoker, y el director quería incluirlas.
«Hay que reconocer que Francis encontró formas muy elegantes y altamente cinematográficas de incluir las entradas en el diario-se entusiasma Hart-. Por ejemplo, un tren atraviesa los Cárpatos viajando por encima del diario de llarker, y el cuaderno de bitácora del Dcmctcr [el barco que lleva a Drácula hasta Inglaterra] es proyectado sobre las velas.»

Y Coppola no sólo utilizó la tecnología de finales del siglo XIX (un personaje mecanografía sus cartas), sino que llega a sugerir que el mismísimo Drácula se siente atraído hacia el mundo moderno porque le interesan sus innovaciones técnicas. Por ejemplo, en el guión Drácula se encontraba con Mina en las calles de Londres e iban al cine juntos. Habia dos razones que justificaban la escena: ayudaba a describir la aparición de la nueva tecnología (Drácula representaba el puente entre el mundo antiguo y el mundo moderno), y también estaban los motivos presupuestarios.
«No podíamos permitirnos el lujo de construir lodo el zoo de Londres -explica Hart-, y Francis quería que Drácula estuviera al corriente de los últimos adelantos científicos, como si su mente se encontrara años por delante de su época, por lo que deseaba que Drácula fuera al cine. La escena entre él y Mina es realmente conmovedora.»
Las películas llevaban muy poco tiempo siendo proyectadas en locales especiales (antes eran vistas en máquinas accionadas a mano), y los espectadores se impresionaban ante cualquier cosa que apareciese en la pantalla.
«Hemos utilizado un "tren fantasma”, un aparato usado para proyectar negativo en los primeros tiempos del cine -dice Savitch-, También hemos utilizado metraje antiguo en el que aparece la reina Victoria, y unos cuantos trucos con espejos.»
El guión original de Hart incluía una escena en la que Drácula se convertía en lobo, pero Coppola acabó decidiendo incluir unas cuantas transformaciones más -una niebla verde, una llama azul y una extraña criatura parecida a un murciélago-, en parte por las innovaciones que le ofreció el maquillador Greg Cannom.
«Una de las peores discusiones que tuvimos empezó porque Francis no paraba de preguntarme si no podíamos convertirle en murciélago -explica Hart-. Yo no paraba de repetirle que si rodábamos una escena en la que un murcielaguito saliera por una ventana el público se moriría de risa, y un día me dijo: "De acuerdo, ¿y si fuera un murciélago muy grande?” Acabamos creando un bicho al que bautizamos como “el murciélago sigiloso", y Francis concibió una nueva faceta tic Drácula que se parece mucho a un alma atrapada. No es humano y no es un murciélago, sino algo a medio camino entre una cosa y otra. No sólo es horrible, si no que resulta patético y digno de compasión: es como ver la maldición bajo la que vive Drácula. Es una escena asombrosa, y me sigue haciendo sentir deseos de llorar cada vez que la veo.»

«Savitch siempre estaba ofreciéndome  ideas y variaciones sobre lo que teníamos, y estas acababan convirtiéndose en planes detallados y listos para utilizar añade - Coppola -. La novela dejaba bien claro que Drácula podía adoptar varias formas. En el guión original aparte de Drácula estaba el lobo y una especie de monstruo lobuno, pero el murciélago gigante y otras formas son fruto de la creatividad de los maquilladores y de su capacidad para conseguir efectos creibles.»
Savitch no había trabajado con Coppola anteriormente, y quedó muy impresionado. «Sabe dar forma a las escenas -dice-. No se limita a trabajar con los actores, y utiliza todos los elementos como si fuesen arcilla para realzar la secuencia al máximo tanto si es una proyección muy sutil en la pared del fondo como las escenas que se desarrollan en los aposentos de las novias, donde empleó grandes cantidades de proyecciones y decorados muy extraños. Hay partes de la película muy, muy estilizadas -sigue explicando-, pero ver algo hecho con un enfoque distinto resulta tan original y refrescante y le da un aspecto tan poco corriente que no puedes evitar el que te fascine. Francis es uno de los pocos directores que no teme al color. Ya sabe, la típica protesta de que algo no debería ser así, el ciclo no tiene que ser anaranjado o del color que sea... eso no le asusta. La película es Drácula en toda su pureza, pero con la maravillosa visión estilizada de Francis Ford Coppola afirmando que valía la pena hacer otro Drácula. Es una forma muy pura de sensualidad mezclada con terror que acaba creando algo así como una película de Drácula para puristas.»
Coppola está de acuerdo con esa definición de la película.
«Cuando era pequeño, la novela me atraía porque me asustaba, pero toda la historia se origina en la sexualidad y el fenómeno ciútico -explica-. Creo que el mito del vampiro establece una comunicación directa con esa fascinación latente que hay dentro de todos nosotros.
»Ya he dicho que creo que los espectadores van al cine porque quieren ver algo nuevo, y cuando te enfrentas a un clásico como Drácula intentas aportarle algo personal, un poco de tu propia visión. Quería hacer algo que se saliera de lo corriente. Lo que verán es el libro tal y como era para Francis cuando lo leía en voz alta a esos niños de ocho años. Francis el ex estudiante de artes dramáticas filmando Drácula... eso es lo que hemos estado haciendo.


La creación de Drácula (2 parte)

Written by John Doe on at 10:20 a.m.

Segunda parte del artículo de Bill Warren.
...Coppola examinó y descartó muchas ideas sobre la película. Al principio quería hacerla a pequeña escala usando telones proyectados en vez de decorados, y había otros conceptos argumentales muy imaginativos pero que quizá habrían resul­tado un poco excesivos para el espectador promedio. Steranko revela que Coppola pensó en rodar partes de la película en 3-D y que acabó descartando la idea. Una vez terminado el guión y aprobados los diseños de Ishioka y los otros artistas Steranko preparó storyboards muy completos para toda la película. Los storyboards no sólo estuvieron a disposición de lodos los que trabajaban en el proyecto durante cada día del rodaje, sino que Coppola llegó a rodarlos.
«Llegó a crear todo un lar­gometraje de animación con voz, música y banda sonora basándose en las imágenes de los sloryboards -dice Steranko-, y eso le permitió decidir cómo sería la película antes de empezar el rodaje.»
Coppola siempre había tenido la intención de utilizar un reparto lo más joven posi­ble con la única excepción del actor que interpretaría a Van Helsing, el personaje que más ha cambiado en la transición de la novela a la película. En el libro de Stoker Van Helsing es un anciano educado y afable que habla con un ridículo acento holandés; en la película es un intelectual que ha visto el lado oscuro de la vida y ha escogido la luz. Coppola quedó encantado cuando Anthony Hopkins aceptó interpretar el papel, y a Hopkins le encantó que se lo ofrecieran.
Naturalmente, el papel de Mina fue adjudicado a Ryder, quien ya llevaba algún tiempo buscando un personaje que le permitiera alejarse de los papeles adolescentes que llevaba interpretando desde su primera película, Lucas.
«Winona acababa de cumplir veintiún años-explica Coppo­la-, por lo que había pasado de ser una adolescente a ser una mujer joven. La película es una historia de amor con escenas muy apasionadas, y le ofrecía la ocasión de demostrar que no sólo podía interpretar a una mujer victoriana, sino también a una enamorada. Winona se ha esforzado al máximo y ha conseguido una gran interpretación.»
Jonathan Harker, el personaje cuyo viaje al castillo de Drácula pone en marcha la cadena de acontecimientos, fue confiado a Keanu Reeves. Lucy, la amiga de Mina y la primera víctima de Drácula en Inglaterra, es interpretada por Sadie Frost, un descubrimiento de Coppola que debuta en el cine norteamericano con este papel. Los pretendientes de Lucy, tres jóvenes que han compartido varias aventuras, son el doctor Seward, el director de un asilo para lunáticos interpretado por Richard E. Grant (Warlock); Arthur Holmwood, un noble interpretado por Cary Elwes (The Princess Bride) y Quincey Morris, un vaquero tejano interpretado por Bill Campbell (Rocketeer).
El loco Renfield, un personaje tan exuberante y aparatoso como importante en la acción, es interpretado por el actor, músico y cantante Tom Waits. «Fue una gran experiencia-dice Waits-, Lo pasé en grande, y acabó teniéndome, miedo a mí mismo. Pude gritar en rumano, recibir duchas con manguera en ese asilo tenebroso... Fue fascinante, y muy difícil de explicar.»
Las tres novias de Drácula que intentan seducir a Harker en el castillo del Conde son interpretadas por la actriz, italiana Monica Belluci, la modelo israelí Michaela Bercu y una autén­tica transilvana, Florina Kendrick, quien se encargó de enseñar a las otras novias -y al mismísimo Drácula-, los diá­logos en rumano que Coppola quería que pronunciaran.
Dar con el actor que inter­pretaría a Drácula resultó bas­tante difícil, y entre los consi­derados estuvieron Daniel Day-Lewis y Jeremy Irons, ambos galardonados con el Oscar de la Academia. Acto­res que Coppola creía habrían sido perfectos para el papel no estaban disponibles, como suele ocurrir; otros se acerca­ban bastame a la imagen de Drácula que se había formado, pero no lo suficiente.  «Cuando me he metido en un lío y no encuentro a nadie que encaje perfectamente con los requisitos fijados tiendo a buscar el actor más brillante que haya disponible -dice el director-. Cuando rodamos The Godfather (El padrino) empezamos con italianos de sesenta anos que pudieran ser el Padrino, pero no había nadie convincente,' así que me dije “Contratemos al mejor actor del mundo, contratemos a Laurence Olivier o a Marlon Brando’’, y con Drácula he usado el mismo método.» ", Y acabó escogiendo a Gary Oldman (JFK), una elección un tanto sorprendente, ya que Oldman no es el prototipo de apostura y corpulencia masculina que se suele asociar con el papel,-.<«Lo que me gustaba de Gary eran sus recursos técnicos de gran actor y el que fuese capaz de vérselas con todas las facetas de Drácula -explica el direc­tor-, Básicamente le escogí por sus dotes interpretativas.»

Coppola no sólo es un firme partidario de los ensayos cuanto más prolongados mejor, sino que llega al extre­mo de hacer vivir durante una temporada al reparto en el lugar donde se rodará para que los actores se conozcan entre sí y puedan ir desarrollando sus personajes mediante la improvi­sación continuada; y el reparto pasó algún tiempo en el rancho del norte de California propiedad de Coppola, lo que Ryder asegura ha sido una de las mejores experiencias de su vida.Una de las razones para esta preparación tan concienzuda era que Coppola cree que eso permite que los actores vayan creando el pasado de sus personajes. Coppola explica su método de trabajo haciendo una comparación entre las perso­nas de carne y hueso y los personajes cinematográficos.



«Recuerdas que conociste a alguien hace diez años o que estabas enamorado de esa chica... la gente tiene recuerdos-dice el director-, pero los actores se enfrentan a los personajes sin tener ningún recuerdo, y por eso utilizo la improvisación para conseguir algo que casi podría llamarse "programación del actor". A veces les hago improvisar una escena en la que dos personajes se conocen a pesar de que no esté incluida en el guión. Las personas siempre llevan consigo un montón de equipaje emocional del que no suelen ser conscientes -sigue explicando-; pero cuando ocurre algo inesperado todo eso sale a la luz, y ésa es la razón de que prepare a los actores mediante improvisaciones y juegos teatrales y les proporcione el recurso de todos esos ejercicios que refuerzan la memoria. Cuando llegue el momento de rodar el guión, si todo ha ido bien eso les permitirá obtener una interpretación mucho más rica, y los actores serán mucho niás parecidos a personas de carne y hueso que reaccionan dejándose guiar por sus instintos.»
Coppola también utilizó una de las técnicas más empleadas por los directores de los tiempos.del cine mudo: la música en el plató para que los actores comprendan mejor la época en que se desarrolla la historia. El director no pudo contar con los servicios de Vittorio Storaro, su cámara habitual, pero quedó muy satisfecho de Michael Ballhaus, quien acabó asumiendo las tarcas de director de fotografía. Ballhaus apoyó entusiásticamente el enfoque experimental deseado por Coppola, y descubrió que trabajar con el vídeo de alta definición era tan interesante como útil. Ballhaus había trabajado en varias ocasiones con Rainer eWerner Fassbinder en su Alemania natal; más recientemente se ha encargado de la fotografía en cinco películas de Martin Scorsese, incluyendo Age of Innocence, que está a punto de estrenarse y donde también trabaja Ryder. Otros títulos famosos de su historial son Dirty Rotten Scoundrels (Un par de seductores), Working Girl (Armas de mujer) y Los fabulosos Baker Boys, por la que fue nominado al Oscar.
Naturalmente una película como Bram Stoker's Dracula exigía un asocio visual muy cuidado, pero cuando Coppola retrasó el reloj para contar su historia victoriana también escogió un enfoque retro para los efectos especiales.(...)
                                       

El primer crimen mediático

Written by John Doe on viernes, 6 de enero de 2012 at 2:07 p.m.

Por Carles Geli 
Un niño de tres años degollado en una mansión rural cerrada. Una docena de personas que pasaron la noche en su interior, cada una con sus motivos para cometer el crimen. El príncipe de los detectives de Scotland Yard, al frente del caso. La tan encorsetada sociedad victoriana, escandalizada. La prensa, canallesca como nunca hasta entonces. Charles Dickens, Wilkie Collins y Henry James, haciendo sus cábalas. Y, claro, una resolución con demasiadas dudas. En resumen: el primer crimen mediático que conmovió al mundo anglosajón.
Esas son las coordenadas del asesinato que se produjo el 29 de junio de 1860 en la casa georgiana de la familia Kent, tres plantas y 19 habitaciones que dominaban la colina de Road, a ocho kilómetros de Trowbridge, laboratorio de la Inglaterra que galopaba: 11.000 habitantes que gozaban de una estación de tren que había llegado hacía poco. Brotaban las incipientes clases medias, como cambiaban y crecían las fábricas que ahora se movían por máquinas de vapor. De fábricas entendía Samuel Kent, que se dedicaba a inspeccionarlas, lo que no le granjeó muchas amistades.
En casa, sin embargo, reinaba la paz: la niñera, Elizabeth Cough dormía con los dos pequeños; Saville y Eveline, de 3 y 20 meses, en una habitación a escasos metros de la del matrimonio Kent, que lo hacía con su hija mayor, María Amelia, de cinco años. En el piso de arriba, junto a la criada y la cocinera, estaban los cuatro hijos del primer enlace del señor Kent, Mary Ann y Elizabeth, de 29 y 28 años, que dormían juntas, y Constance, de 16, y William, de 14, que tenían habitaciones propias.
Tras levantarse de madrugada ese 29 de junio para abrir al deshollinador, la niñera se percató de que Saville no estaba en su cuna: se observaba aún su hueco marcado en el colchón; su madre le debió de oír llorar por la noche, como otras veces, y se lo llevó a su habitación. Pero pocas horas después se comprobó que el niño había desaparecido. No estaba en ninguna de las tres plantas. La criada encontró uno de los inmensos ventanales traseros de la casa entreabierto. Se inició la búsqueda por el inmenso jardín. Nada. Uno de los trabajadores lo halló: el niño estaba dentro de las letrinas junto al muro limítrofe de la mansión, con el cuello desgarrado de punta a punta y una cuchillada en las costillas. Su manta estaba en el suelo.
La policía y el tribunal local, tras interrogar a los criados, trabajadores y, muy levemente, a los hijos, estaban desorientados: no encontraban nada. “Considero, señores, que es el asesinato más extraordinario y misterioso jamás cometido, por lo menos, que yo sepa”, admitió el forense. Las autoridades se agarraron a su única corazonada: no podía ser que la niñera no hubiese oído nada estando en la habitación; además, había dicho más de una vez que el niño era un mimado y que lo contaba todo a su madre. Se contradijo al asegurar que se había percatado desde el primer momento de la ausencia de la manta, para después negarlo. No le ayudaba Samuel Kent: se complicó también con el tema de la manta y dejó encerrados en la cocina, con vagos pretextos, a dos policías enviados al poco a registrar la casa. Hipótesis: la niñera tenía un romance con el señor, el niño los vio y el hombre y ella lo asesinaron. También jugaba en contra el historial del padre: la actual señora Kent había sido la anterior institutriz de la casa, con la que mantuvo relaciones en vida de su primera esposa.
La detenida fue, claro, la señorita Gough. Se contabilizaron ocho periodistas en la declaración. Lo nunca visto. La falta de pruebas tras los interrogatorios provocó la intervención del Morning Post, diario nacional que lanzó a las dos semanas el grito de alarma: “Se ha cometido un crimen cuyo misterio, complejidad y crueldad no tienen parangón en nuestra historia criminal. La seguridad de todas las familias y lo sagrado de los hogares ingleses exigen que no se conceda descanso a este caso hasta que se haya despejado la última sombra de su oscuro misterio con la luz de la incuestionable verdad”. El artículo fue reproducido por The Times. El Somerset and Wilts Journal puso la frutilla: “Que el mejor detective del país se haga cargo”.
El poder de la prensa se dejó sentir y el gobierno envió quizás a su mejor hombre: Jonathan Whicher. Pelo castaño, 1,72 de estatura, 45 años, piel pálida, ojos azules, parco en palabras, gran capacidad deductiva. Whicher estaba llamado a ser la estrella de los ocho primeros oficiales de la nueva policía metropolitana, la de Scotland Yard, creada para controlar el incremento de crímenes, facilitado por las muchedumbres anónimas que iban agolpándose en el pujante Londres que acababa de construir el Big Ben y la Victoria Station. Whicher venía precedido de su fama de brillante sabueso tras resolver sonados robos, como el de un cuadro de Leonardo Da Vinci al conde de Suffolk. Su fama le llevó a ser el primer detective inglés descrito en una publicación: fue en 1850, cuando el ayudante de Dickens lo vio en plena acción en un hotel y lo describió en la revista del escritor, Household Words. Dickens mismo lo había tratado, interesado como estaba por esos nuevos héroes de la modernidad a los que, junto a Poe y Collins, dedicaba colecciones de cuentos en ediciones baratas de tapa blanda y revistas donde se planteaban misterios. Whicher sería el primer gran modelo de detective literario.
Tenas, intuitivo y deductivo como pocos, lo tenía claro: el asesinato de Road Hill tenía que haber sido cometido por alguien de dentro de la casa. ¿Pero quién? Primero pensó en Constance: aunque había sido enviado con 15 días de retraso, el inspector sabía de la actitud fría de la niña tras conocerse el crimen, y de sus celos por el pequeño Saville, como había confesado a las compañeras de escuela a las que interrogó. Además, era la única que, junto con William, tenía habitación propia; eso sin contar los supuestos ataques de locura que se le atribuían como herencia de su madre, así como el episodio protagonizado cuatro años antes cuando huyó de casa con su hermano, tras cortarse el pelo y tirar su ropa de chica... en la letrina donde fue hallado su hermano asesinado.
Constance fue detenida, pero, en sus informes a sus superiores, Whicher pedía ayuda para atar bien sus sospechas. El caso se desbordaba: en una auténtica marabunta, una treintena de periodistas siguió las diligencias, que reproducían íntegramente. Era el signo de los tiempos: si en 1855 se publicaban en Gran Bretaña casi 700 diarios, sólo cinco años después su número era ya de 1100, como cuantifica Kate Summerscale en el meticuloso El asesinato de Road Hill, algo así como lo que Truman Capote hizo en A sangre fría en 1965.
El caso que tenía que encumbrar al detective se le convirtió en un boomerang: todo tipo de gente enviaba cartas a Scotland Yard o a los diarios lanzando sus teorías u ofreciéndose para medir cráneos, analizar la última imagen en la retina del niño o dar con el culpable a partir del sonambulismo. Todo lector y todo diario tenían su culpable. Hasta Dickens desarrolló su versión de la teoría del adulterio, como le explicó por carta a su colega Collins: “El señor Kent tiene una aventura con la niñera, el pobre niño despierta en la cuna y se incorpora, contempla movimientos gozosos. La niñera lo estrangula ahí mismo. El señor Kent hace cortes en el cuerpo, para confundir a los que efectúen el descubrimiento, y se ocupa del mismo”. Turistas que acuden a la casa a ver el lugar del crimen; aristócratas que escriben a Constance para que visite sus salones. Y frente a ese vendaval, Whicher seguía sin hallar el probable camisón manchado de sangre que debía de llevar la chica en el momento del asesinato.
El investigador era el epicentro de un terremoto sociológico: el tipo de crimen horrendo que no hacía ni 20 años la sociedad inglesa miraba cómo ocurría en los arrabales de Londres estallaba ahora en pleno comedor de la burguesía. Las investigaciones de la prensa y de los detectives (de clase social inferior) se consideraban intrusiones intolerables en la vida privada victoriana. Whicher, el arquetípico héroe detectivesco, asociado a la ciencia, era también el paradigma del espía. Había acusado a una niña, seguramente desequilibrada, sin pruebas. El cayó en desgracia (no se le asignó ningún caso significativo más) y la chica quedó libre.
La familia Kent abandonó Road Hill tras subastar los bienes (la gente pagaba más por sus camas u otros objetos morbosos). Constance fue internada en un colegio. Empezaron a editarse los primeros libros y folletines sobre el crimen, y Whicher acabó en 1864 solicitando la jubilación. Un año después, Constance confesó ante un juez su culpabilidad. El móvil: la venganza contra su madrastra por ocupar el lugar de su madre. Hizo hincapié en que estaba bien cuerda, que se había desecho del camisón ensangrentado (tal como Whicher conjeturó) y que lo hizo sola. Ante las dudas del caso, se le conmutó la pena de muerte por 20 años de reclusión.
Cuando salió de la cárcel, el 18 de julio de 1885, Constance se fue a Australia. Tiempo después se supo que ahí vivía su querido hermano William, ahora biólogo. Ella se hizo enfermera y vivió 100 años. Whicher había muerto hacía ya mucho, en 1881, olvidado y con una imagen que hace pensar que las características que Sherlock Holmes luciría como investigador no fueron escogidas casualmente por Arthur Conan Doyle.
Acá pueden descargar la película The Suspicious Mr Whicher, basada en este caso real. 

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John Doe

Blogger. Ex estudiante de antropología de la Universidad de Buenos Aires. Mis "héroes" son James Frazer,Mircea Eliade, Joseph Campbell y Vladimir Propp.

 
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